La muerte de Leopoldo Panero, por Jorge Alemán

Leopoldo Panero está muerto. Difícil saber qué sentir porque desde que lo conocí en 1976 él propuso un relación fuera de todo afecto posible y así lo acepté.

 

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Pero no puedo olvidar a mi primer interlocutor sobre Lacan en España, a nuestro encuentro con Henry Lefebre y con Guattari, a cuando me llevó a ver del Desencanto y me preguntó si era una película deleuziana y su risa diabólica cuando le dije que solo veía a Edipo, al respeto que sintió por mi cuando le hice saber que siempre lo consideraría como un loco, a una noche de cuchillos en mi casa de Bourdieu donde las cosas estuvieron cerca de terminar muy mal, de Felicidad en la calle Ibiza con un conejo de peluche gigante que Leopoldo por razones simbólicas le hacía sostener en sus brazos a las tres de la mañana , y él desnudo quemando libros en las hornallas de la cocina, de sus deseos de practicar el ezquizoanálisis, de aquella conferencia donde sacó una caja de fósforos del bolsillo y gritó: esto es el objeto a! De cuando Adolfo Suárez hablaba por televisión y él mirando fijamente me dijo: es un ordinario. De las Santas que lo cuidaban, de las palizas que se hacía dar por desconocidos en la calle, del terror que despertaba su locura en la tertulia de Agustin Garcia Calvo, del humor gélido de Felicidad en los intentos de Leopoldo con las pastillas, de Michi el Gran Gatsby y Leopoldo Artaud,del drugstore de Fuencarral a las 5 de la mañana pidiendo dinero prestado , y de Leopoldo gritándome que no pregunte por quien ladran los perros del Amo porque ladran por él.

 

 

[Télam]

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