Memorias de un viaje a Haití

 

Dean Nelson, reportero del New York Times, nos cuenta su experiencia en su visita a esta isla tropical.

 

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Compartimo un artículo del periodista Dean Nelson en New York Times, acerca de un viaje que hizo a Haití, uno de los lugares más hermosos que ha llegado a visitar. Durante su visita, él no pudo dejar de preguntarse si esos sitios podrían algún día ser realmente promovidos como destinos turísticos, ya que encandilan sólo con verlos en fotografías:

Es difícil saber con exactitud cuántas cascadas hay del lado de la montaña en una remota esquina ubicada al sur de Haití. Desde mi vista panorámica sobre una pendiente cercana, conté  al menos una docena, y eso fue a finales del estiaje del año pasado. Me contaron que las temporadas de lluvia ponen a la cascada en la cascada Pichon.

A cierta distancia parece imposible llegar a las cascadas. Durante el camino hacia allá, en un Toyota Land Cruiser, parecía realmente imposible. Viajamos durante siete horas desde Puerto Príncipe, y probablemente tan solo dos de ellas fueron sobre pavimento. El resto fue atravesando grava suelta, cauces secos, llanuras inundadas, pendientes pronunciadas. Incluso una parte de la supuesta carretera era realmente un acantilado.

La última mitad, de aproximadamente kilómetro y medio, parecía intransitable por lo empinado de la montaña, la laxitud del terreno, la brusquedad de las curvas, la ausencia de muros de contención para evitar salir volando por el aire. No estaba del todo convencido de que el coche pudiera lograrlo. Pero el conductor no dudó cuando encendió el motor a baja velocidad.  Derrapamos, nos desviamos esperando llegar a nuestro destino en la cima de la montaña, pasando por una pequeña iglesia con cientos de niños uniformados en horario de clase, tanto dentro como afuera del inmueble; conduciendo por un campo plano lo suficientemente grande para un juego de futbol (el cual fue eterno), y finalmente hasta el pico, donde Baby Doc Duvalier se paró un día en la década de los 70 y observó a las cascadas, declarando que eran uno de los destinos turísticos más asombrosos de Haití. Seguramente él llegó ahí en helicóptero.

Sólo en esta ocasión estoy de acuerdo con el dictador. Las cascadas son espectaculares.

Las cascadas se alimentan del agua de un río subterráneo en la parte superior de la montaña, y estallan cada pocos metros, como muchos grifos cuando se disparan al estar abiertos. Atravesamos las cascadas, teniendo cuidado para abrirles camino tanto a la vaca que trotaba para descender la montaña como al niño de alrededor 10 años que llegó a aparecer. Al fondo de las cataratas, hay un exuberante valle que se convierte en un lago.

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[…]Un hombre de negocios muy astuto, tratando de llevar a cabo el sueño del señor Duvalier , construyó el hotel Deruisseau de un piso en una meseta justo enfrente de las cascadas. Me quedé ahí, aunque realmente lo llamaría más “un lugar para dormir” que un hotel: La habitación tiene una cama, una mesilla de noche, un foco en el techo, todo detrás de una puerta que realmente no protege la estancia. Hay una ducha en un baño común, pero no cualquier ducha: es sólo una pipa que vierte agua fría, como si fuera una de las pequeñas cascadas (el agua caliente es realmente un lujo). La electricidad del generador se apaga a las 22h00.  Y mientras estaba acostado en la cama, lo único que podía escuchar era el ruido de las cascadas: el mejor ruido blanco que jamás podrás escuchar. Cuando desperté, desayuné fideos, lechuga y papas Doritos (extra queso), preparados por personas locales que sirven la comida en una pequeña área comunitaria (losa de cemento y techo de metal), a unos 15 metros del hotel. Y justo debajo de ahí, hay una pequeña comunidad que perdió a cinco personas poer el cólera algunos días antes de que yo llegara. Un par de pollos recién desplumados estaban puestos dentro de una cubeta en un rincón del dormitorio. Cena.

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Las personas que también se encontraban ahí no eran turistas, sino doctores y enfermeros haitianos, quienes construyeron una clínica cerca de ahí (justo en frente del valle de las cascadas) con la ayuda de unos voluntarios estadounidenses, después de que se dio a conocer del inadecuado cuidado de la salud en esa zona. Esta impresionante atracción sigue siendo un secreto bien guardado era impresionante en sí mismo.

[…] Descendimos la montaña y emprendimos hacia otra dirección; entramos a la Ruta Nacional 4, un “camino” que inicia en el límite entre Haití y República Dominicana. Después de dos horas de caminos triturados y un terreno rompe-cuellos, llegamos finalmente a pavimento firme, o al menos grava sucia, hasta alcanzar la ciudad costera de Belle Anse, con una población de 51000 habitantes.

La plaza de la ciudad es rústica, con toques que le juzgan de moderno (después de las cascadas): calles pavimentadas, electricidad, tiendas, restaurantes, edificios de oficinas con baños funcionando y agua fluyendo, una estación de radio y una clínica médica con un área adyacente para el tratamiento del cólera. Los hombres y las mujeres que conocí eran jóvenes, educados, con una visión empresarial y energética. Aunque, al caminar algunos metros más, el camino desaparece y los viajeros regresan en tiempo. Entonces las casas se convierten en una combinación de madera, bloques de hormigón, cemento  y estaño. Todo eso es vulnerable en la temporada de lluvias, una vez que el agua fluye desde las montañas de los alrededores hasta la costa. Pero eso también es reminiscente al Hawai de la década de los treinta. Había acantilados, botes pesqueros, una playa, una laguna, incluso con la escena cliché de los pescadores tejiendo redes debajo de un grupo de palmeras.

Belle Anse reencarna las contradicciones que puedes encontrar en Haití. La belleza natural de las playas te deja pasmado al pasar. También lo hace la pobreza. Y el potencial.

De acuerdo con el alcalde de la ciudad, Pierre Mercidieu, la mayoría de los turistas son de la isla cercana, llamada Guadalupe. “Su comunidad es menos turística y menos desarrollada que la isla, entonces la gente viene aquí por la simplicidad”, dijo.

[…] El último mes, el Sr. Mercidieu conoció a una docena de líderes gubernamentales de las regiones de alrededor, llamadas comunas, con el fin de crear una estrategia para mancomunar tanto sus recursos como su influencia política, y así desarrollar el área. Uno de sus asuntos a tratar era la carretera.

Sin embargo, por el momento se quedan más como sueños que como planes sólidos. El Sr. Mercidieu nos invitó a comer y a mostrarnos pescado fresco recién atrapado en una nevera cerca de ahí. “En otra ocasión”, prometí, y era en serio. Pero tanto mi intérprete como yo teníamos que irnos a visitar unas cuantas clínicas. Conducimos del interior de esa área a una comunidad que, traducido del criollo, quiere decir: “Gato Chamuscado”. Ahí comimos arroz y frijoles que cocinó una mujer afuera de la puerta de una clínica. Pasamos la noche en la casa de un amigo del intérprete, quien era de una comunidad llamada “Bleck”. La casa no tenía cristal ni algo que cubriera la ventana, así que en vez de escuchar el ruido de la casada, escuchaba los insectos en la habitación y gallos cacareando afuera. A eso de las 5 am, los motociclistas empezaron el día. Bleck es un pueblo agradable, pero no lo publicitaría como un lugar para relajarse.

 

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Al regresar al Puerto Principe al día siguiente, me sentía como una muñeca que mueve la cabeza a todos lados (¡la carretera!). Sentí un momento de tensión entre el conductor y el intérprete. El tráfico se había incrementado y el movimiento fue a marcha lenta. Miles de personas estaban en la calle, caminando de casa a la escuela, del trabajo al mercado. En los últimos días experimentamos las inseguras condiciones de conducción, los dos que se sentaban en frente se alteraron; pero ahora, estaban en silencio. Veía cómo sus venas se hinchaban, sus cabezas escaneaban todo el lugar de derecha a izquierda, como si estuvieran viendo un juego de ping-pong. En un cruce, había coches, camiones, “tap-tap” (taxis del lugar), peatones y motociclistas: todos apretados en un nudo que parecía que sólo podía ser disuelto por un Big-Bang. Apenas escuché al intérprete susurrar severamente, “Allez, allez”. El conductor bajó la velocidad abruptamente, se salió de su carril y atormentó con pitidos a niños; condujo a alta velocidad en la acera y entonces regresó a una calle principal donde el tráfico por fin se movía otra vez. La manera en que lo hizo sin matar a nadie (incluyéndonos) fue impresionante.

El intérprete, otra vez calmado, se volvió hacia  mí. “Ese cruce es un área prohibida para la mayoría de los vehículos por muchos secuestros”, dijo. “No me gustó cómo me sentí en ese momento.”

Haití es uno de sus tipos de encrucijada, donde el pasado y el presente colindan. Pero más allá, mucho más allá, del embotellamiento, que era realmente muy difícil de atravesar, hay algo. Quizá no es el pasado ni el presente. Quizá no es el futuro. Y creo haber visto que el camino llegaba hacia esa dirección.

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