¿De qué están hechas las relaciones?

Por Francisco Traver Torras

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Sabemos bastante bien y tenemos argumentos y nomenclaturas suficientes para nombrarnos a nosotros mismos y a nuestra subjetividad, todos tenemos al menos ciertas intuiciones para saber cómo somos, y por supuesto tenemos mucha más facilidad para nombrar cómo es nuestro amigo, nuestro compañero o nuestro enemigo. El otro es accesible en gran parte gracias a las etiquetas de las que disponemos para nombrarlo.

Así, ese otro es egocéntrico, tímido, celoso, envidioso, paciente, extravagante, confuso, orgulloso, exagerado, etc.

Existe toda una gama de adjetivos dispuestos hacia el individuo y existen también las ciencias sociales para dar cuenta de los fenómenos que se cuecen en la sociedad o la cultura. Pocas veces caemos en la cuenta de que esas palabras son demasiado abstractas y alejadas del individuo para que tengan algún efecto sobre su comprensión.

Así solemos decir que ciertos fenómenos son sociales mientras otros son biológicos -o concedemos que todos son biopsicosociales-, decimos que el suicidio, la violencia o la anorexia mental son entidades que no pueden explicarse tan sólo con argumentos biológicos o psicológicos. Apelamos entonces a “lo social”, así de una manera abstracta sin aclarar demasiado a qué nos referimos.

Suponemos que en la génesis de estos fenómenos los factores sociales (sin nombrar cuales) tienen tanto o más peso que los factores psico-biológicos con los que se encuentran enredados como un carrete de hilo de pescar desplegado. Por ejemplo, en el abuso de drogas damos más importancia el barrio en que un adolescente se desenvuelve que la supuesta constitución adictógena, si es que tal cosa existe.

En la epidemia de trastornos alimentarios de nuestras sociedades nos damos por satisfechos al decir que las sociedades interfieren en los deseos de delgadez de las adolescentes a partir de sus propios modelos de belleza sugeridos fundamentalmente a través de los medios. Así, decimos que la “busqueda de la delgadez” por parte de esas muchachas es un efecto secundario de la exposición a imágenes superdelgadas en los medios o bien que la delgadez es un valor social con prestigio y que recluta un enorme grupo de seguidoras.

Y no caemos en la cuenta de que “lo social” es tratado de una forma bastante lineal, sin tener en cuenta la complejidad y sin abordar el paradigma que guía sus manifestaciones: el pensamiento sistémico. Seguimos representándonos “lo social” de una forma bastante primitiva sin abordar la cuestión de fondo que son estas dos verdades criticas:

1) las relaciones que mantienen los elementos entre si y sobre todo

2) la toma de decisiones descentralizadas

como sucede en las bandadas de pájaros, los cardúmenes de peces o en los panales de abejas. Un fenómeno que se conoce como inteligencia colectiva o “el espíritu de la colmena”.

El problema es que no sabemos nombrar esos tenues hilos que construyen las relaciones y ni siquiera tenemos una jerga adecuada para ello. Nos faltan las palabras.

Haga usted la prueba e intente describir cómo es la relación que mantiene usted con su pareja,¿qué diría, de qué esta hecha? ¿qué clase de metáforas urdiría para construir un relato creíble? ¿Puede usted presentarme a esa señora que se llama Relación?

Eso es lo que hacen Cristakis y Fowler en este libro Conectados que preside este post. Una indagación sobre las leyes que regulan estos vínculos que las personas establecen con otras y una investigación interesante sobre los fenómenos de las redes sociales y sus fundamentos matemáticos y comunicacionales: una trama invisible, un intangible que proporciona caminos para “el contagio” no solamente de gérmenes, sino también de ideas, creencias, felicidad o desdicha y por supuesto también patologías y conductas contagiosas o inexplicables como el suicidio. Esas patologías sociales a las que más arriba me refería.

Las relaciones que mejor conocemos son la relación madre-hijo y las relaciones de pareja. Las relaciones diádicas. Es conocido desde hace mucho tiempo que en una pareja existen canales secretos por donde discurren los “contagios”, así sabemos que las preocupaciones del uno recaen sobre el otro y sabemos también que la enfermedad de uno de sus miembros repercute en el otro. Es bien conocido el hecho de que cuando un hombre queda viudo se expone (aumenta su probabilidad de) morir en los siguientes dos años, no así las mujeres. De donde podemos deducir que la calidad o los materiales con los que construyen las relaciones los hombres y las mujeres es bastante diferente. también sabemos que existe un canal de comunicación emocional entre niños y madres que se encuentra ausente en el padre.

Pero Cristakis y Fowler no están demasiado interesados en las díadas y su investigación ha ido más allá: en las redes extensas esas que construimos con amigos, conocidos, vecinos, familia, parejas, y compañeros de trabajo y que para ellos puede cuantificarse en unas 100 personas.

Las relaciones de amistad están también bastante estudiadas. Así sabemos que si ponemos a dos estudiantes en una misma habitación, y uno es mas estudioso que el otro, al final el menos estudioso lo será más (habrá siempre una regresión a la media). Sabemos que si mis amigos fuman, la probabilidad de que yo fume es superior a la que tendría con otras amistades, etc. Unos influyen sobre otros con solo esa proximidad física que llamamos amistad.

La novedad que introducen Cristakis y Fowler es que estas influencias no están limitadas a estos efectos bien conocidos de “mimetización” o “sugestibilidad” de conductas sino que van más allá y alcanzan a fenómenos como el suicidio, el voto político, la obesidad o la felicidad.

Y aun: que la influencia no procede sólo de nuestros amigos (en primer grado) sino que nos puede alcanzar incluso desde un tercer grado de amistad (los amigos de amigos de nuestros amigos) y que esta influencia es independiente de si les conocemos o no. Es por eso que recomiendan a la gente que quiere adelgazar no tanto que se pongan a dieta sino que cambien de amigos, un consejo inteligente que podríamos dar (y damos) a los que consumen cigarrillos o drogas, con poco éxito.

Describen un fenómeno que titulan: la difusión hiperdiádica, para explicar estos mecanismo misteriosos de contagio entre personas que no se conocen. Un concepto por cierto bastante calcado del que proponía Erick Erickson para explicar “la difusión de la identidad” de ciertos pacientes como los border-line.

Más que saber cómo estamos hechos lo que interesa es cómo estamos conectados, con qué materiales, intensidades y coloridos.

 

1.- Cada persona (nodo) construye su propia red social. Con la excepción de la familia que nos viene dada de serie o los amigos con los que nos relacionamos que son los que son, en función de compartir nuestro entorno y edad, cada persona construye una red con pocos o muchos amigos y /o conocidos. Lo interesante de esta idea es que una red no se construye de arriba abajo, por imposición, sino que es una construcción desde la base.

2.-Cada persona ocupa un lugar en esa red y no todos los lugares son iguales. Los que ocupan el centro tienen más amigos y más conexiones, mientras que los “periféricos” tienen menos amigos y menos conexiones. Aparecen como arrinconados en cualquier situación de red, apenas participan de la vida colectiva pero tienen una ventaja sobre los que ocupan posiciones centrales: en caso de una epidemia, al tener menos conexiones corren menos riesgos. la centralidad tiene sus ventajas y sus desventajas. Por otra parte la posición de centralidad (liderazgo) no consiste solo en tener muchos amigos sino en que esos amigos -a su vez- sean amigos entre sí. Se trata de la transitividad que teje una urdimbre protectora frente a los personajes centrales.

3.- Cada red tiene su historia y guarda memoria de sí misma, de tal modo que si se deshace se vuelve a recomponer, como la cola amputada de una lagartija, volviendo a recuperar las condiciones iniciales.

4.- Dado que cada nodo de esa red es una persona (que es a su vez un sistema vivo), las redes nacen, se transforman y cambian, se modifican con el tiempo. Es decir no son estáticas, bien sea porque existe la posibilidad de divorciarse (en el caso de nuestros padres), las personas se mueren, abandonan la red o desaparecen o simplemente cambian de red. Todo lo cual añade complejidad a la complejidad. E incertidumbre.

5.-Cada persona mantiene con sus enlaces (amigos ) un tipo de vínculo distinto en intensidad y calidad: dependencia, cariño, sexo, asistencia mutua, intereses, relaciones pedagógicas o de ayuda, crianza o asistencia, cooperación, envidia, culto personal, compasión, rivalidad, etc. Casi cualquier emoción interpersonal puede estar involucrada con cada uno de esos “amigos” más próximos (unos 100 en el libro), 100 que son 1000 en el segundo grado y 10000 en el tercero.

Esas 10000 personas pueden llegar hasta usted con una de esas emociones tóxicas que circulan por los enlaces de los nodos o quizá con algún tipo de ayuda benevolente. Cristakis y Fowler suponen que la frecuencia de suicidios por ejemplo se multiplica por 3 si usted es una adolescente que mantiene una relación de dependencia o admiración frente a una amiga que se ha suicidado.

 

En conclusión: la mayor parte de los dilemas humanos no son psicológicos, no están en mí o en  él/ella, sino en la relación que se ha construido. No busques cambiar al otro, ni bucees demasiado en ti mismo para encontrar una solución al dilema, simplemente identifica la relación y escarba en ella para saber si te sigue interesando del mismo modo que cuando la construiste y si no es así asegúrate de saber cómo quieres que sea tu red, comenzando por lo más sencillo, cómo quieres que sea esa díada que llamamos pareja, esa otra con tu amigo/a íntimo/a, esa díada con tu padre o madre y esa díada con tu mejor compañero/a del trabajo o de estudios. Explora qué te llega a través de esos canales de comunicación y si te vale la pena seguir conectados.

Las relaciones son trazos discontinuos de información, pero no estoy seguro de haber agotado el tema.

 

 

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