Sin la ética estamos perdidos

Por Alonso Barán

En nuestra sociedad, ni los políticos, ni los financieros, ni los líderes comunitarios, hacen gala de poseer unos valores morales por los que guíen sus actos más allá de lo que les dictan sus propios intereses egoístas. El problema de esta situación es que, al igual que en una pirámide, los amoralidad de las supuestas “elites” se transmite desde la cúspide hasta las bases sociales. Y en estas bases hay muchas actividades que tocan temas espinosos y cuyos agentes implicados no deben guiarse por sus propias fuerzas egocéntricas.

 

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Los nuevos candidatos a convertirse en objeto de la filosofía son las biotecnologías, la actividad económica, los medios de comunicación, el consumo, etc. La realidad social en sociedades pluralistas (en las que en su seno conviven diversos códigos morales) insta no sólo a los éticos, también a gobiernos, expertos y ciudadanos a buscar orientaciones comunes que tejerán las éticas aplicadas que abordarán las cuestiones morales de una realidad social que demanda respuestas multidisciplinares.

Una de las razones por las que nacen las éticas aplicadas fue la necesidad de confianza. Nacen para elevar el ánimo de nuestras sociedades, para moralizarlas. Por ejemplo el Código de Nüremberg nació como consecuencia de las prácticas de médicos nazis o la ética de empresa nació como consecuencia de escándalos como Watergate.

Las éticas aplicadas sirven para detectar, en los distintos ámbitos de la vida social principios éticos y valores que se modulan de forma distinta en cada ámbito. Cada una de ellas constituye la ética de una actividad social.

Por otra parte, que esa actividad se desarrolle en una sociedad que ha alcanzado el nivel post convencional en el desarrollo moral le obliga a perseguir sus bienes internos respetando un marco deontológico que se expresa en la ética cívica de la sociedad. Y, precisamente, el hecho de que la ética cívica reconozca que los seres humanos tienen un valor interno es el que ofrece un criterio para valorar las consecuencias de las decisiones.

Por tanto, las éticas aplicadas constituyen la modulación de la ética cívica en las distintas esferas de la vida social y la ética cívica constituye la base ética común, por lo que las éticas aplicadas laicas derivan su capacidad normativa de principios universalizables como la dignidad de la persona o la defensa de la autonomía individual.

Al tener en cuenta una dimensión más práctica, aparentemente desaparece la Ética o la Moral para diluirse en un baile de muchas éticas y en la que cada esfera social cuente con una ética a su medida.

Pero las éticas aplicadas no olvidan la ambición universalista que acompaña a la filosofía moral, ya que se refieren a problemas sociales. La reflexión radica en la separación de la dimensión pública-cívica que tienen las éticas aplicadas, pese a que muchos de los problemas que abordan deben abandonarse a la libertad de elección de los individuos, por la que cada cual busca su bien, más que concernir a decisiones públicas que deberían ser aceptadas por todos.

sociedad

La cuestión de fondo que deriva de la distinción entre una esfera pública y otra privada es hasta qué punto las elecciones privadas pueden acabar obstaculizando el objetivo de la justicia y la vida en común.

Así las éticas aplicadas tienen que moverse en unos ámbitos que se resisten a ser intervenidos porque pertenecen al mundo privado, pero por otro lado no parece que un “liberalismo moral” ayude a que la sociedad sea más justa. Y precisamente es esa dialéctica entre lo general y lo singular la que han de establecer las éticas aplicadas.

En este sentido, el concepto de autonomía ética es nuclear. La concepción de la moral kantiana coincide aquí perfectamente con los requisitos de la democracia, desplegar la serie de deberes que, como humanidad, tenemos la obligación de asumir. Deberes que han de ajustarse a las pautas del imperativo categórico: no hagas nada que no sea universalizable y respeta siempre la dignidad del ser humano.

Ojalá los líderes políticos y los financieros se guiasen por una ética aplicada a su actividad profesional. Parece algo razonable, ¿verdad?

 

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