La galbana

El maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad.
(Charles Chaplin)

 

 Por José Antonio Ricondo

Isabel Uriarte alucinó cuando algo parecía sujetarla a la cama en el momento de sonar, como hacía todas las mañanas y durante varios años, su compañero el despertador. La noche anterior no se le pudo pasar por la cabeza el cambio que iba a sufrir al despertar. Todo le seguía siendo familiar, menos el bloqueo de la rutina cotidiana de darse la vuelta, sentarse en la cama, desperezarse un poco, y trastabillarse una vez puestas las zapatillas que la conducirían al baño. No podía levantarse.

Introvertida era un rato, lo que  hizo serle más fácil ir construyendo, a pesar del pánico, un itinerario, un método para salir de esa abulia. En hora y media, en su colegio habría con toda seguridad bisbiseos entre los más cercanos a ella cuestionando su falta de aviso por llegar más tarde o por no llegar; el jefe de estudios, nervioso, porque siempre había dejado claro y había agradecido la deferencia de avisar para que ni un solo minuto estuviesen los alumnos solos.

Era una norma no escrita que se solía respetar. Además, Isabel nunca faltaba. No era necesario un argumento para esta historia, ni vehemencia ni aspaviento alguno. Sí parecía serlo para Isabel, que pensaba que le iba a cambiar su vida radicalmente, qué iban a pensar sus amistades y los demás, porque lo ocurrido en esos primeros momentos, con el vértigo de la velocidad a la que iba su cabeza sí era real.

El escenario venía a ser el mismo que cuando se siente la diversidad en el paseo por una larga avenida. Físicamente parece toda igual, y no lo es. Más todavía y sin intención alguna de fijarse mucho, la diversidad humana, la gente que pasa, es realmente multiforme y plural. Lo mismo le pasaba a Isabel. En sus iniciales pensamientos hubo de dejar de lado las rutinas de todos los días, de cada mañana. Ahora recordaba cuando años atrás, en sus comienzos, la anécdota de aquella niña avispada que llegaba a casa en una tarde soleada de primavera. La niña no calzaba más que seis años, y al pasar cargando su inmensa mochila a la espalda, por delante de aquellos contertulios mayores sentados en el poyo, junto a una pared de lo que hacía de plaza en aquel precioso pueblo campurriano, estos la preguntaron:

-Pero, ¿qué cargada vas?

-Eso digo yo –contestó ella, resoplando-, tanto estudiar, tanto estudiar, para luego tener que morirse…

Aún resonaban en su cabeza las risas que provocó semejante filosofía infantil. No le era difícil porque esa anécdota la solía recordar a menudo. Siempre haciendo lo mismo, las mismas cadencias, parecidos guiones…, y el ritmo del tiempo con su galope. Lo había intentado todo, era una profesional y amaba su oficio de maestra, pero parecía seguir todo igual. Así lo veía ella. Por su manera de ser le era difícil hablar y compartir lo que ella veía, los sinsabores por la incomprensión de algunos padres a la vocación en su magisterio, la incomunicación de la consejería tantas veces lejana a la realidad de cada colegio y dando órdenes a diestro y siniestro. Acababan los cursos, comenzaban otros, sin parecer cambiar nada la rueca hilandera con su infinitud.

 

En 'blogearte.com'En ‘blogearte.com’

 

También ella comenzaba -cosa que no recordaba la última vez en que se puso a ello- a tejer una conversación en su corazón, dada la imposibilidad de hacer otra cosa rutinaria como todos los días. Se dispuso sin quererlo a ser una trotacalles de cada circunvolución de su cerebro. Le ayudó a alejarse, del pánico primero y del miedo como defensa después, entrecruzar cada relación y relato de cuanto la apretaba y bloqueaba. Los comentaba para sí, pues sola seguía en la habitación, incluso la hacía pensar. Ella misma se dio cuenta que de vez en vez sonreía al verse protagonista de muchos encuentros e historias que se le habían escapado siempre y tontamente por los horarios indestructibles de la vida. Dos lágrimas le brotaron al verse importante en su vida, como ante la brusquedad ambiental viéndose constreñida y mal consigo misma por no haber sido capaz de reaccionar ante ella, ante la furia latente escondida tras las paredes o bajo el firme sobre el que pisaban sus pies al caminar.

Isabel comenzó a sentirse distinta a los demás, con cierto descuello pero también sencillamente solitaria y con sensación de fracaso. Así fluía el nuevo ritmo mental de Isabel. Había llegado sin saberlo, sin proponérselo, a un estado de quietud, de oteo, de paz, de balance de los casi veinte años desde que empezó a ejercer su profesión con sus noches y sus días de sol. Ahora y anteriormente no le acosaba el aturdido y disolvente paroxismo de la vida real. Con el dorso de una mano se sacudió las gotas indiscretas que se paseaban por sus mejillas y se juró que nunca iba a seguir estando triste, que nunca más iba a hacerse daño con sus conflictos hondos, que no deseaba ser actora principal en la monótona película de la vida, en esta tramoya donde todo es aparente y a toda prisa, sin tiempo para ser.

 

'Tiempos modernos', Charles Chaplin Tiempos modernos, Charles Chaplin

 

 

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