Paralizados sin sintonía

Por José Antonio Ricondo

Como tantas veces y en diferentes lugares a lo largo de la historia, no puede nadie explicarse el sacrificio de una minoría para cambiar el estado de la sociedad, el apaleamiento silencioso de la población y la pérdida de los derechos conseguidos con la lucha de los que nos precedieron y el olvido de su propio martirio en ella. No deja de ser un misterio. Los primeros son los que mueven la pesada rueda para evitar que nos expolien lo obtenido en las luchas de generaciones anteriores y van dejando la piel exponiéndose en cada manifestación, perdiendo algunos sus ojos, sus testículos y su libertad, aunque nunca su dignidad.

La gran mayoría de la población -aun maltratada por el peso del poder y el empeoramiento de su situación, por los agravios comparativos judiciales con respecto a los delitos de los poderosos, y por la pérdida radical de su derecho al trabajo y a una vida digna- calla, no hace nada por cambiar nada. Como si no fuera con nosotros, como si nuestra gran capacidad para olvidar, para huir de lo que pasa, nos preside un sentimiento de distonía, una deformidad o una falsificación de nuestro tono fisiológico, que nos hace seguir desubicados, paralizados.

 

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Diego-Madrazo, regeneracionista, cirujano y pedagogo pasiego, no pudo callarse y denunció la apatía que imperaba en la ciudadanía que le tocó vivir con estas palabras escritas en su Prólogo a las Conferencias dadas en el Ateneo de Madrid, en 1920:

«Somos un burro machacado a palos. Cobardes, bajamos la cabeza y levantamos la trasera más por dolor que en legítima defensa. Los rebaños y serán lo que quieran los pastores: roerán la corteza o triscarán en verdes praderas (…). La civilización española de los siglos XIV y XV alumbró al mundo. En cambio, la del XX es la más humilde de todas las europeas (…). Mucha fue la ignorancia y mayor la malicia. Lo de haber querido concertar la democracia con los Borbones fue una utopía. Bastó desmoralizarla para que se rindiese. La lealtad brilló por su ausencia. Son dos soberanías incompatibles. El espíritu de la Constitución se nubló con la selección de los ministros (…) (Enrique D. Madrazo (s.f. ¿1933?). Introducción a las obras dramáticas. Conferencias dadas en el Ateneo de Madrid. Madrid: Imp. de G. Hernández y Galo Sáez).»

¿Tememos que censuren libros? Peor sería que no hubiese razón alguna para tener que censurarlos, dada la poca afición que existe hacia la lectura. ¿Desconfiamos de que los poderes nos estén privando de información? Estamos inundados de información, tanta que nos vemos acortados, domados y adormilados en el desinterés, en la quietud y en la inercia individualista. La verdad es que se nos arrincona y encubre la verdad y, a cambio, tenemos verdades superfluas y anodinas que nos distraen.

 

unnamedImagen de Heriberto Paredes Coronel

 

¿Qué misterio es esa interminable voracidad de olvido y entretenimiento del ser humano? Todos estamos distraídos con la tecnología y socializados en red, y al tiempo estamos controlados y vigilados globalmente. Si por una parte los gobiernos privatizan con fondos públicos todo lo público, por otra no hay nada privado en la red. Como siempre, será la calle, la ciudadanía, la que infundirá y dictará los cambios en este conflicto por un Internet libre.

Y las superpotencias y los dueños de la guerra juegan a la guerra, un juego que les da considerables dividendos y que nunca mueren en él. Lo hacen otros por ellos. Y las diversas poblaciones que sí sufren la guerra quedan arruinadas. Son convidados de piedra en un juego que no han elegido. Se truncan las mejores generaciones de jóvenes que van a guerras que no son las suyas. Con lo que cuesta criar y educar a los hijos, muchos padres en las zonas de conflicto se preguntan llorando por la facilidad existente en destruir esas jóvenes vidas.

Si a finales del siglo XVIII, el mundo parecía algo en realización, una realidad que se estaba cimentando, ahora el vértigo en los cambios de la información y la comunicación no despeja a dónde podemos llegar en ese tan manido estado del bienestar, si esos cambios pueden ser el catalizador de una sociedad  no más sino mejor comunicada y mejor informada. Parece existir un divorcio, con difícil solución de arreglo, entre lo que los dirigentes plantean -si es que alguna vez plantean algo coherente para la población- y la contestación de la calle que cada vez exige un mundo más humano, más educado.

Las contradicciones del sistema hacen que hayamos asistido a un mundo progresivamente más neurótico. No podía ser de otra manera viviendo en un planeta incontrolado y, nunca mejor dicho, trastornado. La sociedad, después de tantos estudios, de tanta literatura al caso, es un factor de riesgo. A pesar de habernos dado un sistema menos malo, el de la democracia, también nos damos continuamente unos dirigentes, los cuales no se ven obligados a comprender la trama en la que han de comportarse o conducirse y mucho menos a entender su función como una tarea real, segura y por el interés de la comunidad.

 

‘Feo Mundo Inmundo’, Luis Eduardo Aute

 

 

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