Split, el palacio tomado por el pueblo


 

Por Armando Cerra

Cuando uno viaja a Split, previamente se lee alguna que otra guía o navega por internet buscando post y artículos de viajeros que han estado por allá. Encuentra que como principal reclamo de esta ciudad de la costa dálmata croata es imprescindible visitar el Palacio de Diocleciano.

Un palacio descomunal que supera los 30.000 metros cuadrados de superficie y que fue mandado construir por este emperador en los años finales del siglo III y los primeros del IV. Un palacio que le habría de servir de refugio al final de su reinado, y que en las décadas posteriores fue ocupado por los emperadores siguientes.

No es de extrañar que aquella construcción fuera del gusto de sus sucesores. En primer lugar por la magnificencia que debió tener, ya que Diocleciano no reparó en gastos ni en boato, ni dudó en traer para su decoración obras de arte de Roma, Grecia e incluso Egipto. Pero sobre todo, porque el palacio contaba con el encanto de su emplazamiento, mirando hacia las transparentes y mansas aguas del Adriático, sin duda, ayer y hoy, uno de los rincones más bellos de toda la costa mediterránea.

 

 

Al leer esas informaciones sobre la historia del edificio se podría pensar que es un vestigio arqueológico más, un conjunto monumental de piedras más o menos bien conservadas pese al paso de los siglos y de ocupantes más o menos cultos, más o menos refinados, y más o menos belicosos (estamos hablando de los Balcanes, unas tierras jalonadas por conflictos a lo largo de toda su historia, pasada y presente).

Sin embargo, al desembarcar en Split, uno se dirige inmediatamente a descubrir ese magnífico palacio. Es entonces cuando descubre que es un lugar único, diferente. Se atraviesan las altas murallas de la ciudad antigua y se camina por el empedrado por las calles, y resulta que ya se está en el palacio. No hay que buscar mobiliario de época, ni tapices, ni adornos, ni grandes lámparas colgando de altísimos techos. Aquí el único techo es el cielo.

Lo que se halla son rótulos de los muchos bares repartidos por las calles, expositores de postales en las tiendas de recuerdos, ropas tendidas en ventanas históricas, niños que han transformado dos esbeltas columnas en portería para jugar al fútbol, enormes sillares perfectamente escuadrados hace siglos reconvertidos en improvisados bancos para los turistas, y sobre todo se ve a la gente que vive y trabaja en palacio.

 

 

Porque la pomposa construcción que ideó Diocleciano hace tiempo que perdió su tono aristocrático y exclusivo. Ahora es un espacio público y popular, es el propio casco viejo de la ciudad. Allí viven unas 3.000 personas en viviendas que han ido ocupando las estancias palaciegas, y lo que fueron los pasillos y patios residenciales, hoy son calles y plazas.

De pronto se ve un capitel labrado en cualquier ventana, o una inscripción epigráfica a la vuelta de la esquina, o a lo lejos se ve el frontón de entrada a una antigua sala de audiencias, e incluso por avatares de la historia muy cerca de lo que fue un templo dedicado al todopoderoso dios romano Júpiter se halla la actual catedral católica de San Dominius. Algo que tal vez no le habría gustado al emperador Diocleciano, quién pasó gran parte de su reinado impulsando la persecución a los cristianos.

 

 

Y seguramente no le hubiera gustado que su magna construcción hoy estuviera ocupada por el pueblo llano, que allí disfruta de las ruinas imperiales y se busca la vida trabajando para el cada vez más incipiente turismo. Pero el resultado de ese gran complejo arquitectónico es de lo más sugerente, invita a la contemplación y a la reflexión. Porque a diferencia de la gran mayoría de palacios que los plebeyos visitaremos en nuestra vida, éste es un palacio animado, actual, activo, repleto de vida.

 

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