Oswieçim, con la cámara y el silencio al hombro

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Foto y texto Mónica Grimal

A mí me gusta más llamar a este lugar por su nombre en la lengua polaca, Oswieçim. Aunque tal vez ese topónimo no diga nada a muchos. Pero es que su nombre en alemán dice demasiado y nada bueno: Auschwitz.

Al entrar en este terrible lugar de la historia, tardé bastante en tirar fotos. En cuanto se entra al recinto de lo que queda del campo de exterminio, cualquiera se estremece y se queda en silencio. En la mente empiezan a venir las imágenes vistas en el cine. Las ruinas de los barracones empiezan a cobrar vida, o muerte, personificada en rostros rapados y cadavéricos. Los restos de los hornos crematorios vuelven a echar un humo apestoso. Las torres de vigilancia que quedan en pie vuelven a amenazar con metralletas.

Todo en silencio, los turistas caminan compungidos y callados. Tenía la duda de convertir la visita en un recorrido turístico más mirando el sitio a través del visor y perderme todo lo que transmite. Poco a poco me liberé de la mala energía que irradia esa explanada dantesca y me decidí a disparar con la cámara. Al igual que no se ha destruido completamente ese campo de la barbarie, y con su presencia se evita el olvido de que tanta maldad es posible. Yo decidí disparar, repito con la cámara, para no olvidarme de esa visita, posiblemente uno de los lugares que más me han impactado. De hecho, tras salir de allí durante unas horas, seguí conmocionada por lo que evocan las alambradas, los raíles del ferrocarril que se adentra en el campo o los escombros de las cámaras de gas. Y cada vez que vuelvo ver esas fotos, me acuerdo del lugar, de ese silencio perturbador que tanto debería enseñarnos.

 

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