Gin Fizz

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Por Guillermo Sierra

Más acerca de situaciones nimias. Nimio significa algo como que no pasa nada, sin importancia ninguna. No tuve claro qué significaba esa palabra hasta hace no demasiado tiempo,  como me pasó pensando en que las famosas cataratas yankees eran las “Cataratas del Niagra” y en los ángulos “obustos”, en lugar de obtusos, cuando era más jovenzuelo. La más reciente, de hace unos años, fue “simuntáneamete”. Toda mi vida escribiéndolo mal. El corrector del ordenador se está empeñando en no dejarme escribir. Todo esto, por otro lado, también son nimiedades.

Iba a hablar de otra cosa. De una tarde de sábado en la que estaba solo en un caserón de campo, que me prestaron mis tíos maternos para que tuviese un sitio donde escribir y estudiar, me propuse pasar unos días a la usanza, bajo libre adaptación, de Hans Castorp en el sanatorio de Berghof*, que esto es: tranquilo, solo, comiéndome mis demonios con papas para que así nos hiciésemos íntimos y, si no se iban a ir, que al menos no diesen mucho por culo.

A base de no hacer nada más que leer, comer, beber y no hacer nada de nuevo. Así duré unas horas, que no llegaron  un día, y a las ocho de la tarde me preparé un gin tonic en vaso de tubo de cristal -oh, sin enebro y sin vasos de plástico, mágico término medio-, y me dispuse a bebérmelo solo y muy despacio, mientras escuchaba un disco de Calamaro muy sentido, introspectivo y reflexivo. Bien.

Así me senté en una butaca, delante de la ventana fría y fui bebiendo absolutamente quieto mientras escuchaba que el “fizzzz” de la tónica seguía sonando en su trayecto, como guiando a la ginebra. (Quería escribir “periplo” pero me ha parecido excesivo) por mi aparato digestivo, y luego seguía correteando inquieto entre las neuronas duras de mi cabeza. Dándose golpes entre ellas, como mareado, y espaciándolas, relajándolas de toda la semana de trabajo. Una medida muy previsora lo de beber solo, ya que apacigua las ganas irreprimibles que todos sentimos a veces, y con riesgo mínimo. Ya dijo Kerouac, que aunque no se hizo demasiado caso a sí, de beber sabía un rato, que nunca se debe uno emborrachar fuera de casa.

En esa guisa estaba, y con ese cosquilleo en el encéfalo me fijé, absolutamente quieto, – no moví un puto músculo en la hora que estuve allí sentado, con la botella de Beefeater en la mesa de madera oscura, llena de marcas de vasos, y la de tónica metida en una nevera de playa azul al lado de la butaca- en como la tarde se iba cayendo, se iba resbalando despacio hacia el suelo. Era como un mantel que se desliza de una mesa muy pulida, y lo hace tan despacio que da lástima interrumpir su movimiento, y así lo dejo siempre caer pensando en recogerlo luego. Cosa que; o hago, o quizás no. La tarde, como digo, se resbalaba sin que nadie la cogiese, y lo hacía amarilla, helado de vainilla. Hacía levante ese día y supongo que las presiones atmosféricas o vaya usted a saber qué, provocaban ese color. Se iba degradando poco a poco, con la caída de esa bola naranja y vibrante que es el Sol. (Adjetivos literarios, se pueden ignorar).

Alcancé a ver también el vuelo de una gaviota, por una esquina de la ventana. La primera vez pensé que sería, por la influencia del fuerte viento de levante, un vuelo de trayectoria elíptica, de estas que pasan sólo una vez y se pierden luego sabe dios dónde. Pero luego volvió a aparecer, volando incómoda y empujada por las cambiantes rachas de viento, haciendo movimientos poco suaves; realmente disgustada o así aprecié. Francamente me dio algo de lástima y procuré no volver a mirar a su zona de la ventana. La trayectoria, pensé, se podría ajustar mejor por una elipse.

Lo que me pareció más fascinante de mi muy fascinante tarde fue el estar tan tan quieto durante tanto tiempo. Se me posó una mosca en el desnudo dedo gordo del pie, y se estuvo allí un rato, frotándose las patitas y esas cosas que hacen ellas -las moscas-. Luego se fue, y me pareció, el conjunto de la gaviota, la mosca, el gin y el salón y yo, como lo más civilizado que había visto en años.

El gin fizz se llama así por el soniquete de la soda, realmente. Todo ese mundo que fue esa tarde me recuerda ahora a Gatsby, y a la tapa rosa de mi ejemplar de su novela. Que habría de ser el color de algún traje del mismo caballero, sin duda alguna. Qué lástima me inspiró siempre Gatsby.

 

*Lo de hacer referencia a Castorp es sólo con la intención limpia de que lean el libro -La Montaña Mágica- y los disfruten ojalá más de lo que lo hice yo; que es difícil, creo.

 

 

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