Siete Atenas en Atenas

Por Antonio Costa
Fotografía: Consuelo de Arco

 

La gente solo piensa en la Atenas clásica. Y es precisamente la que menos existe. Por Atenas, como por toda Grecia, pasaron muchas culturas y etapas diferentes a lo largo de miles de años. Está la Atenas clásica, pero también la romana, la bizantina, la turca, la de los nacionalistas románticos, la de la posguerra, la de los pijos actuales. Ya decía Robert Kaplan que Atenas era en gran medida un lugar balcánico y oriental (aunque él daba una connotación negativa a esas palabras). Incluso en la época griega no solo está la época clásica sino la época helenística con su sincretismo y sus locuras, en Grecia no solo vivió Fidias sino también los autores de la Venus agachada o el Torso de Belvedere. Podemos atravesar la piel de la ciudad en siete capas.

 

1. Atenas griega. Subimos a la Acrópolis, miramos la ciudad desde arriba. A mí no me gusta el Partenón, con su rigidez dórica, con su estilo militar y austero, con su aspecto cuadriculado y cenceño. Aunque me fijo en un caballo en la esquina de un frontón, de los que no llevaron a Londres, y me atrae esa fogosidad solitaria. Atenea y Neptuno concursaron por ser patrones de Atenas y ganó Atenea con su intelectualismo cerebral, pero tal vez el corazón de la ciudad está más en el caballo proceloso de Neptuno. Prefiero el Erecteion con su flexibilidad, su variedad, su adaptación al terreno, sus distintos niveles, sus cariátides movidas de paños mojados. Podríamos subir como los personajes de una novela de Seferis siete noches a la acrópolis y discutir sobre las contradicciones apasionadas de Grecia. Y en el Cementerio del Cerámico podemos ver algunas estelas que quedan donde muertos intensos se despiden de vivos desolados. O presenciar en el Museo Arqueológico las tallas de Escopas ( la diosa de Tegea que añora con ojos hundidos y furiosos algo inasequible ) que más que a la serenidad clásica o la moderación tópica se acercan a Robert Graves con su diosa delirante o a Dylan Thomas con sus visiones insaciables.

2. Atenas romana. Miremos los monumentos que levantó el emperador Adriano. La Biblioteca de Adriano, al lado de la plaza Monastiraki, con sus columnas enormes y audaces de dinteles salientes, un homenaje al espíritu de Grecia, al ideal de belleza y de exaltación. El templo de Zeus Olímpico, esas columnas altísimas con capiteles corintios, que se levantan solitarias sobre un parque, esos homenajes nostálgicos de Adriano a lo olímpico, a lo divino, a lo extraordinario. O miremos en el Museo Arqueológico ese busto de Antinoo, en que el amante del emperador expresa su misteriosa nostalgia, su ansiedad inefable, ese buscar no se sabe qué que anuncia las pasiones del Romanticismo. Yo diría que para mí la mejor Atenas fue la que soñó Adriano, aunque me fusilaría el profesor de griego de mi instituto.

3. Atenas turca. El imperio turco aplastó brutalmente a muchos pueblos, casi eliminó a los armenios, perpetró unas matanzas de griegos que estremecieron a toda Europa y sacaron de su indiferencia al negligente lord Byron, machacaron a los búlgaros. Pero inevitablemente dejaron cosas donde estuvieron, uno no puede negar la Historia, y aparte del café turco podemos ver por ejemplo la mezquita Tsisdarakis (ahora el Museo de Arte Popular Griego) en Monastiraki, con la macizo y prepotente suavizado por las elegantes columnas, algunas tomadas del templo de Zeus, que evocan un poco los refinamientos del harén del palacio de Estambul, por ejemplo, o los monumentos al cuerpo y a la amistad que son los baños turcos en tantos sitios.

4. Atenas bizantina. Yo me caí en el Areópago y me lastimé en las piernas y me dio bastante mal rollo ( y hasta temí que fuera algún aviso oculto). En esa gran roca al pie de la Acrópolis San Pablo les habló a los griegos filósofos de un Dios Desconocido. Luego ese Dios se hizo demasiado conocido y cuadriculado y lo administraron los teólogos y los obispos y se convirtió en un Dios del Estado en el Imperio Bizantino. Sin embargo la cultura bizantina tiene esa sensualidad exquisita que busca Luis Antonio de Villena en “El viaje a Bizancio” ( “el vértigo infinito de los labios,/ el peligro que acecha tras las curvas”) o esa sabiduría apasionada que buscaba Yeats en “Navegando hacia Bizancio” (“Oh sabios que estáis en el fuego sagrado de Dios/ y en el dorado mosaico de un muro/ llevadme a la ilusión de la Eternidad”). En la plaza Mitropoleos, al lado de la catedral petulante del siglo XIX, se puede ver la pequeña iglesia Panagia Gorgoepikoos, del siglo XII. Hay que bajar unos escalones como si se pasara a otra dimensión y la iglesia le da un tono íntimo a la plaza y dentro una Virgen sabia saluda con amistad a su Hijo y en una esquina unos animales no se saben si pelean o hacen un 69 apasionado. Porque a despecho de Sócrates y como quería Nietzsche todo en la historia griega es pasión.

5. En el siglo XIX unos albañiles de las Cicladas levantaron al pie de la Acrópolis el barrio de Anafiotika y allí no van los turistas y por eso se conserva auténtico y uno se pierde por laberintos de escaleras, por callejones que llevan a sorpresas de parras, por tertulias de viejecitos al borde de precipicios mirando el monte Likavitos, por tabernas escondidos entre enredaderas, por pasillos entre calles encaladas de colores. Sus creadores llevaron allí la fantasía y la libertad y la levedad de las islas y parece que ese barrio fuera del tiempo flotara por encima del mar en un sueño. También evoca la Atenas un poco salvaje y aventurera que representan los bandidos de “El rey de las montañas” de Edmond About. Para mí es lo más inolvidable de Atenas y Consuelo y yo siempre hablamos de Anafiotika y queremos regresar a la Anafiotika para olvidarnos de todo y movernos como figuras cretenses.

6. Nunca podremos olvidar lo que aparece en “Zorba el griego” de Cacoyannis con el rostro de Anthony Quinn o en “Nunca en domingo” de Jules Dassin con el rostro de Melina Mercuri interpretando a esa prostituta procelosa que supera con su vitalismo los conceptos del cerebrito norteamericano que pretende moldearla. Queremos esa Atenas de expresividad, de gracia, de tragedia mítica, de contacto con los dioses de la tierra y del destino, que late en la canción “Los niños del Pireo”. Y entonces pasamos la calle Adriano con su industria de artefactos para turistas (como se parecen los turistas en todas partes) y todavía quedan algunos rincones sugerentes y no comercializados y llegamos al bar “Melina” en su ángulo tapado por buganvillas y pedimos dos cervezas y miramos a Melina con toda su fuerza en las fotos en blanco y negro y está llena de vitalidad melancólica y nosotros somos tan fantasmales como ella y en las repisas hay lámparas, portafotos, abanicos, flores, carteles que la recuerdan . Y pensamos en una Atenas que vivió apasionadamente en sus venas (como cuenta en “Nací griega”) y que todavía queda aquí en esta fragancia silenciosa donde confluyen las películas, las visiones, los amores, las luchas. Oh cuanto la amamos en esta Atenas crujiente y nos gustaría conocerla en carne y hueso y nos consume la simpatía trágica por ella, que parece que vive en nosotros como una Medea o una Electra o una Pitonisa de celuloide.

7. Pero al final es el fracaso. Cogemos un tren de cercanías al Pireo porque queremos captar un poco el espíritu de Zorba y de Melina. Ya sé que es absurdo buscar las películas en la realidad, que las películas son tan fantasmales como las ideas de Platón, pero nos gustaría pillar un poco de sabor, un rastro de personalidad. Una mujer nos dice: por ahí se va al Pireo y nosotros decimos: ah, Melina Mercuri. Pero no vemos más que montones de pubs internacionales de pijería y de diseño, los mismos almohadones violetas para snobs con músicas confortables, las mismas chorradas de los diseñadores que se creen tan listos porque no ponen nada de sangre en sus paridas, cada centímetro está explotado, donde estará aquel espacio en que Melina se arrojaba al mar desde un barco ante la mirada de todos los pescadores, y los locales tienen cogido todo el espacio, no hay manera de tocar con los dedos el agua, el mar se ha convertido también en un diseño, solo en la zona de yates uno puede escuchar algo el agua mezquinamente. Qué diría el comisario Jaritos de las novelas de Petros Markaris que protestaba contra las autopistas que asesinaban barrios enteros o contra los especuladores que se llevan las tabernas de siempre. Y nos tenemos que quedar tan melancólicos como el comisario Jaritos. Y es que tal vez la mejor Atenas es la que está en las películas, aquella en la que vivía Aulo Gelio cuando escribía “Noches áticas”, aquella en que pensaba Adriano cuando le escribía cartas a Plutarco.

 

 

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