Las opciones

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Por José Antonio Ricondo

Andan los tiempos revueltos. Lo parece. Pero no están más agitados que en los tres últimos años, y este momento es una sucesión de esos tres años. Existe cierto miedo en gente que recuerda tiempos pasados y cuyo resultado fue el que fue. En otros, únicamente porque temen que su mísero salario se reduzca aún más o incluso lo pierdan. En los demás, porque su vida fácil puede mermar y estar insegura. Y, sin embargo, qué hemos construido en esta democracia para que cualquier cambio pueda hacer temblar su estado. ¿Tan inmaduros somos políticamente que creemos que es mejor tapar las inmundicias y el desgaste colosal de las instituciones? Lo que sucede ahora es que aquella confianza que depositamos en nuestros gobernantes ha caído. Y aún hay quienes responsabilizan de ello a la ciudadanía.

Los ciudadanos están muy encabronados. El bloqueo de la educación, la dependencia, la sanidad, las pensiones, la justicia…; los agravios comparativos que esta última tiene con los políticos respecto a cualquier ciudadano o el paro son suficiente lodo como para ignorar de dónde viene. No ha habido voces significativas entre la clase política ante la corrupción ni políticas que hayan indagado en esa lacra. Los gobernantes han perdido el juicio con su silencio, tampoco les ha obligado la nobleza porque no la tienen. ¡Cómo no va a estar el patio revuelto! ¿Qué opción más tienen los paganos? Lo contrario hubiera sido lo anormal.

 

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Y los que están para hacer la vida menos desastrosa a los demás, y a quienes hemos depositado nuestra confianza para que gestionen nuestro trabajo y nuestros dineros, siguen con el paso cambiado, satanizando a quienes se revuelven. Saben que la ciudadanía conoce cómo está la situación, que se percata de que no hay mimbres para un cesto mayor y de que no hay trabajo ni dineros que menear. Miran para otro lado, haciendo como que hacen; como siempre, enredando. Nadie entiende que el segundo principal problema que hay en España, según el Barómetro de mayo 2014 del CIS, sean la corrupción y el fraude, y que la Justicia en general y el fisco en particular no hagan desaparecer ese problema. Parece que nadie sabe bien qué está pasando. Y mientras se abre un nuevo contexto, la altura de miras está sorprendida y en caos. Es su opción.

Los ciudadanos se sienten choteados cuando los políticos o la Corona mienten, dando sensación de inseguridad. El anuncio del rey en la última Navidad es que estaba “determinado para continuar” y en menos de treinta días le revela lo contrario a su hijo. Más tarde, hace tres meses, se les pone al corriente de esta decisión solo a los dos líderes de los partidos mayoritarios. ¿Y los demás? Francamente, esta forma de actuar deja entrever una minoría de edad de los demás representantes del Parlamento. Este oscurantismo y este trato a los demás grupos hacen que, por ejemplo, la popularidad de la monarquía se encuentre en sus peores momentos desde hace tres años, aunque peor se hallan el Parlamento, sindicatos, partidos, Iglesia y Gobierno. Ahora es cuando se debe tener talla y no tratar a los ciudadanos como menores de edad. ¿Qué opciones pueden elegir los ciudadanos?

Más allá del dilema monarquía-republica, me resisto a que se solape la transparencia, a que los políticos sigan con supuestos decimonónicos, a que se sientan nuestros representantes solo con el 45% de participación en las urnas, a que no sepan qué hacer ante los que verdaderamente dirigen -los poderes que cercenan la libertad de expresión, o la banca-, a que no tengan la cintura suficiente para hacer más democracia, y finalmente a que sigan haciendo méritos para que se les tome a chiste y que dejarnos estupefactos sea lo normal. Su inercia y yoísmo les hace estar a disposición de intereses opuestos al interés de los representados y al que beneficia a todos los ciudadanos. Por eso, cuanto más persista esta situación no serán de recibo los ataques a las opciones que exhibe buena parte de la ciudadanía, sobre todo cuando los análisis de los que sobrepasan los cincuenta y sesenta años están caducos.

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida” (Miguel de Cervantes Saavedra).

Ahora parece que estamos inmersos en un nuevo palo en la rueda de la crisis que nos han ocasionado. La sucesión o que pase la jefatura del Estado por las urnas no pueden hacer olvidar el paro, la corrupción y el fraude en el país. No puede hacer mermar la batalla diaria por la libertad y por la honradez. Es nuestra burbuja de aire. Sin ella, todo lo demás no puede estar bien construido. Seguro que con los sustantivos de Cervantes no habríamos caído en la situación en que nos encontramos.

Ahora, ¿qué opciones nos han dejado los partidos mayoritarios? Los jóvenes y los partidos emergentes sí han sentido la hondura de la ira que han desatado las cercenaduras del Gobierno y los resultados de la avasalladora y gratuita vejación que han asignado a la generalidad de la población.

 

 

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