Hernán

mascaras en callePor: Juanjo Fernández Torres
El pueblo iba perdiendo el color terracota que le contagiaban los campos recién cultivados a su alrededor, iba dejando atrás el sepia de sus recuerdos. La transmutación visual ocurría a medida que lograba atisbar los tejados por entre las ramas de los árboles que pueblan la altura de los humanos en el día y la imaginación de los más amilanados por las noches. Las casitas, pequeñas aún, se balanceaban al unísono con su andar pausado por la ausencia de ciudad. Hernán no pudo dejar de recordar algunas cacerías de pájaros con sus amigos armados de resorteras y todos los largos viajes de caza con su padre armado de escopetas.

 

Nueve años después de haber emigrado, volvía a recorrer el camino a la casa de sus padres. Las vías de acceso a distritos andinos no habían variado mucho de los sesentas a los ochentas y eso precisamente le hizo sentir que había retornado desde que empezó a recorrer a pie el camino de herradura que partía después de cruzar el río principal de la capital de la provincia. Había logrado hacerse de un puesto de asistente en una empresa de auditoria en la gran ciudad. Su dedicación y capacidad de concentración le habían permitido recorrer el currículo sugerido de la facultad de contabilidad de la Universidad Nacional San Marcos al pie de la letra, una aula tras otra con la perseverancia que demostró tener desde sus tres primeros berreos de nacimiento idénticos en volumen y duración, ni una nota de más ni una de menos. Todo el currículo sugerido, excepto los últimos ciclos de estudio.

 

Lo único que había cambiado desde que salió fue el espacio que se le antojó inmensamente vacío de la camioneta que su padre decidió vender para que él pudiera hacer el último año de facultad en la Universidad Privada de Lima, de siempre una universidad exclusiva y cara. Ahí conocería al hijo del dueño de su primer trabajo, a la que sería su esposa de sociedad, al que sería su primer socio empresarial, y a otros muchos más que le ayudarían en su avance por la vida. El espacio vacío en la casa de su padre fue una inversión que le había permitido no solo saber cómo volver a llenarlo sino que también lo había convertido en compañero de promoción de facultad de varios individuos que ya habían empezado a abrirle puertas. Era cuestión de tiempo que él, Hernán, volvería a llenar ese espacio vacío de camionetas, de mansiones, de viajes de placer. Era cuestión de crearle una madeja a los hilos sueltos del valle cocalero del otro lado de los cerros tutelares. Había nacido para las finanzas y siempre le gustaron los caminos rodeados de precipicios, sólo era cuestión de uno más uno es tres.

 

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