No soy feminista, soy femenina

Aunado a los debates imposibles como el religioso, el futbolístico o el político, el tema de la feminidad y el feminismo siempre despierta pasiones encontradas y casi nunca termina en acuerdos. En este texto, y desde el ámbito de su cotidianidad y experiencia, María Teresa Priego discurre sobre su propia vivencia en este ámbito para esclarecer el significado y los logros del feminismo en contraposición a los prejuicios que predominan en torno a él.

 

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Por
María Teresa Priego

 

Me desbrujula esa frase. Por los alrededores del 8 de marzo, una la escucha, como si fuera mantra. ¿Qué querrá decir? ¿De qué amenazas imaginarias salva? La he escuchado sin que nadie pregunte, ni haya impuesto pertenencias, o militancias, sin que nadie haya puesto en duda ni la combinación de cromosomas, ni los niveles hormonales de aquella que habla. Nadie está obligada a sentirse o reconocerse como feminista.

La primera parte del enunciado es clara: no coincide con las causas a partir de las cuales se construyen convicciones y pertenencias en los diferentes y diferenciados, territorios del feminismo. ¿Por qué coincidiría?

La segunda parte, «soy femenina», me desconcierta, intenta negarle al feminismo sus vastedades (polifacéticas, polimorfas, polivalentes y políglotas), sus anhelos, su capacidad analítica, sus palabras, su escritura, sus toneladas de textos desde tantas disciplinas, su activismo, sus talentos, y sus logros, y lo convierte en una especie de caricatura tristona, minusculita. Un movimiento rudimentario, y descerebrado. Una espantapájaras/os.

¿Qué podría haber de más descerebrado y cuchiforme que un movimiento que supusiera que la diferencia sexual, y sus maneras de traducirse en la cotidianidad, podrían pensarse como: «Las mujeres somos hombres en potencia», «Avancemos (vengativas) en busca de nuestra virilidad extraviada»? Lo patológicas que tendríamos que ser. Y sacrificiales. Completamente faltas de imaginación y autoencantamiento. Ajenas a las bondades de nuestros cuerpos. Los feminismos son vastos, nadie tiene que identificarse; sí sería noble, y como de barnizadita cultural, dado que es el siglo XXI (y ya hasta votamos), no estereotipar de más.

«Yo no soy feminista, porque soy femenina», que nos dice. ¿Qué será eso que amenaza su feminidad, como si no fuera suya de ella? Cruza una pierna, cruzo una pierna. Me muestra sus uñitas, muestro las mías. Seguro ya comparamos copas (de las de cristal), las mujeres somos grandes ladinas. «A qué te refieres», que le digo, dulcita yo, respetuosa de la diversidá. Soy una hipócrita, es una técnica de supervivencia que aprendí con las monjitas. En realidad, cada vez que escucho esa frase, tengo ganas de responder bellaquerías: «Ah, ¡Cosita, inefable y alabastrina!». O cantar bolerillo revelador: «Vencida, quedaste tú en la vida, por no tener cariño, que te diera ilusión. Perdida, porque al fango rodaste, después que destrozaron, tu virtud y tu honor», nada más para señalar –con párvula boca– que gracias a algunitas militantes del pasado, cambiaron los tiempos.

La frase implicaría que el feminismo es el espacio de las fálicas (palabra fea, pero rotunda) si no fuera porque la frase misma es falocrática-aspiracional. Si me pusiera barriobajera: «No soy feminista, porque soy femenina» es frase de terrateniente súper fálica. Porque ¿cómo se apropia Una de «el continente oscuro de la feminidad», de todititas –diversas y pluralísimas– y se abroga el derecho a expedir visados y pertenencias? ¿No es un acto muy machín? ¿Qué es ser «femenina»? ¿En qué época? ¿Cultura? ¿Medio? ¿Hay certificado de garantía?

Aterricé en el feminismo porque me sentía cuchita, heredaba una cantidad de recetas y frases hechas que vivía como camisa de fuerza, deseaba entender nuevas formas de amar. Quería ir a la universidad. Me quedaban claros datos duros sospechosamente distorsionados: ¿Cómo podía ser el deseo sexual un vicio masculino, si yo me sentía «enviciada» desde mi cuerpo femenino? ¿Ser madre era una elección tan sacrificial? ¿Por qué tantos adultos se casaban, vivían juntos, tenían hijos, y se dedicaban a contar chistes misóginos y androfóbicos los unos frente a los otros? Y cada «bando» celebraba con tremendas carcajadas «la derrota» del otro. ¿De veras el amor consistía en ser rehenes? No me gustaron, ni el machismo, ni el hembrismo.

¿Cómo una mujer podía decir: «el estado perfecto de la mujer es la viudez»? ¿Por qué una tenía que elegir entre ser inteligente y ser bonita? ¿Por qué mis hermanos iban los sábados a aprender a trabajar, y a mí me dejaban dormida? ¿Era un privilegio, o un desahucio? Nada particularmente violento o tremendo me llevó al feminismo, lo que sí es el caso de muchísimas compañeras. Me pareció que había, hay, tendría que haber, tantas maneras de vivir la feminidad, como mujeres existen. Me pareció que si algo «amenazaba» mi feminidad, eran los estereotipos de la feminidad. Porque cómo me quedaba a decirme: «Yo no soy libre, porque soy “femenina”».

 

 

 

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María Teresa Priego es  licenciada en Letras por la Universidad de Monterrey y Maestra en Estudios de lo Femenino Por la Universidad de París 8. Integrante del equipo fundador del Instituto Simone de Beauvoir. Liderazgo y formación. Integrante del comité editorial de la revista Debate Feminista. Autora del libro de cuentos Tiempos oscuros. Ha participado en antologías de cuento y ensayo de Cal y Arena, Alfaguara, Planeta y El Colegio de México. Ha publicado en La Jornada, Milenio Diario, Revista Milenio, El independiente, Diario Monitor y El Universal, así como en las revistas Nexos y Debate feminista. Bloggera de El Universal: «Un tranvía llamado deseo».

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