Sueños de Ribera en Madrid

Texto: Antonio Costa

Fotos: Consuelo de Arco

 

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   En la primera mitad del siglo XVIII el arquitecto Pedro de Ribera llenó Madrid de edificios exaltados y febriles, continuando la desmesura del Barroco. Lo protegía el marqués de Vadillo, aunque al rey Felipe V no le gustaba mucho. El marqués de Vadillo se empeñó en embellecer Madrid y la llenó de faroles y monumentos públicos y nombró unilateralmente jefe de monumentos y fuentes a Pedro de Ribera. Este nació en Lavapiés, hijo de un carpintero, fue discípulo de Churriguera y luego ayudante de Ardemans, el arquitecto real. Con sus estípites (columnas piramidales) articulados, sus óculos atrevidos, sus cornisas salientes y rotas, su decoración desmedida, sus piedras simulando cortinajes movidos como los de Bernini, algún detalle oriental, llenó Madrid de inquietud, de dinamismo y de garra. Como si quisiera agitar a los madrileños con sus sueños.

   En 1716 construyó la ermita de la Virgen del Puerto (patrona de Plasencia), junto al río, porque el Marqués de Vadillo era muy devoto de ella. Allanó el terreno para hacer romerías. Puso dos torres con chapiteles en la fachada. Levantó la cúpula central sobre un octógono con un chapitel disparado. Por dentro puso balcones y sujetó la nave sobre pilastras audaces. Al final trazó el sepulcro del Marqués de Vadillo. Con su gracia ligera junto al río parece una casa de cuento de hadas que fuera a salir volando o un refugio gracioso para la Virgen de los viajeros.

     En 1718 empezó a realizar el puente de Toledo (las riadas se llevaron los anteriores). El que llevaría de Madrid a la antigua ciudad imperial, a los recuerdos de grandeza y de intensidad. Y es una de las maravillas soñadas que tenemos en Madrid. Ahora que han convertido el río en un sistema de estanques teatrales se refleja por las noches en las aguas como un puente expresionista o delirante. Es un puente para estar más que para transitar. La vida se convierte en una ensoñación sobre el agua. Los pilares muy salientes sujetan balcones circulares. En los extremos hay templetes que solemnizan la entrada. En dos arcos están San Isidro y Santa Maria de la Cabeza mirándose entre ángeles, volutas, estípites hinchados, columnillas articuladas. En las esquinas con diseños lobulados. Y los chapiteles pequeños con bolas trazan sombras Todo sugiere el movimiento, la agitación del sueño, el hervor de las noches. Es un espacio para tener inspiraciones, para escapar de la vulgaridad, para reencontrarse. Para creer que uno está en el teatro de Lope de Vega.

     Más tarde levantó la torre izquierda de la iglesia de Montserrat, en la calle San Bernardo. En esa iglesia de estilo jesuita y herreriano insufló fantasía, exageración y desmesura. A la torre le puso cuatro fachadas con dinteles que suben y bajan, en medio de estípites progresivos y ventanales sujetos con conchas. En lo alto colocó una cebolla inspirada en las pagodas chinas con un chapitel afilado y encima la bola del mundo. Como si clavara el mundo con la flecha de su audacia. Pocos se quedan mirando esa torre pero es un sueño increíble en mitad de Madrid y yo me quedaba pasmado montones de veces cuando llegaba de noche desde el barrio del Conde Duque por la calle estrecha. Es como si viajáramos en el tiempo y en el espacio, como si el arquitecto nos llevara a otros países en una calesa invisible.

   En 1722 empezó la iglesia de San Cayetano en la calle Embajadores. Unos arcos que sujetan ventanas locas y un óculo extraordinario dan acceso a un nártex espacioso. Las piedras se mezclan con el enlucido, los arcos se rompen, se coronan con trozos de entablamento, se flanquean con estípites vagabundos. Dentro cuatro pilares grandiosos con varios capiteles sujetan una cúpula grandiosa sobre pechinas. Las cornisas se mueven como si estuvieran vivas, las ménsulas sujetan figuras en el aire, la luz inunda pasmosa todo el recinto. Y al final lo colocaron a él mismo en una tumba. A unos metros del lugar donde nació.

   Por la misma época diseñó el Hospicio de San Fernando, hoy Museo Municipal, en el metro Tribunal. Y le puso una fachada como si fuera un retablo. Toda su arquitectura es bastante escultórica, pero ahí llegó casi al límite, incluso imitó más bien la pintura usando la piedra. Llevando al máximo el agilizar el material, el hacer que parezca vivo, con el dinamismo imparable del sueño, como si los martillos fueran pinceles. Todo supera sus bordes, parece que fuera a volar. Un arco que tiembla, en medio de estípites grandiosos y escalonados, da paso a una balconada sobre dinteles que se mueven donde nos mira elegante San Fernando. En lo más alto un arco deshecho en trozos, curvas que suben bajo el cielo, como si nos arrebataran a todos. En las esquinas unas colchas de piedra parece que fueran de tela, se pliegan y se cuelgan con exuberancia, como las que puso Bernini en el Baldaquino de San Pedro de Roma. Si con eso no se movían y exaltaban todos los observadores es que los ciudadanos estaban muertos. Y aún ahora es una visión que nos sacude cuando salimos del metro.

   Detrás del museo, en una placita encerrada con una valla, está la Fuente de la Fama. Debajo de todo está una gran voluta con curvas y contracurvas que encierra los sueños del agua. Delfines como volutas sujetan la construcción , ángeles se colocan bajo tejadillos como frutas, jarrones de la abundancia llenan los huecos, otras volutas encima terminan en chapiteles. Y arriba el ángel de la fama pregona las excelencias del arte. Y es curioso que esa Fama ahora no la escucha nadie, está escondida detrás del museo, y nadie hace caso del ángel. La gente está mas pendiente de los programas basura de la televisión y de los cotilleos banales a través de los teléfonos móviles con aplicaciones tecnológicas que pasan de moda en dos días. Y todo ese movimiento, y toda esa agitación, que concibió un gran artista están olvidados. Pero nos están gritando en silencio por todo Madrid, nos están regalando sueños en una capital secretamente llena de sabores.

     Y todavía llenó más de fiebres todo Madrid Pedro de Ribera. El palacete de los Vargas, en la Casa de Campo, con su locura de tacos bajo la cornisa que inunda de sombras. El palacio de Miraflores, en la carrera de san Jerónimo, con su profusión de balcones enmarcados por alfices traviesos. El Palacio del marqués de Perales, en la calle Magdalena, donde ahora están los archivos de la Filmoteca Nacional, con el arco escarzano que se mueve fuera de todos los cánones, los trozos de entablamento que chorrean flores como si lloviera. El palacio de Torrecilla, en la calle de Alcalá, con sus estípites flotantes y las ménsulas locas que sujetan el balcón. El palacio de Santoña, ahora la Cámara de Comercio, cerca de la plaza de santa Ana. O ese jirón suelto que ahora forma parte de un edificio de Caja Madrid (de manera solitaria, como en un cuadro de Chirico) , que era la portada de la Capilla del Monte de Piedad, donde acumuló sus arcos rotos, sus cornisas salientes, sus arcos de trayectoria extraña, sus estípites por piezas, su óculo como una mirada inquieta. Y en lo alto una campanita como para avisar de secretos frágiles. Escuchemos esa campanita en medio del tumulto y la velocidad de Madrid.

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