Imagina que eres infeliz


El escritor francés David Foenkinos, celebrado por la novela La delicadeza (2009) y largamente premiado, se propuso novelar la vida de John Lennon contada en primera persona por el mismo John.

 

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Por Javier Chiabrando/ Télam

Para eso utiliza el recurso no demasiado ingenioso (quizá lo único que se le puede reclamar a Foenkinos) de transcribir improbables sesiones ante un sicólogo, donde Lennon deja fluir el relato de sus pesares, tanto los evidentes como los secretos. El resultado es una novela dolorosa y casi siempre deslumbrante donde, aún bajo la plena certeza de que no es Lennon el que cuenta su vida, asistimos a la desnudez del hombre que admiramos y queremos (“soy tan famoso que mi vida pertenece a todos”).

La veintena de sesiones se dan entre la espera por el nacimiento de su hijo Sean, y los cinco años posteriores, cuando lejos de la locura de la beatlemanía, Lennon pasa el tiempo meditando y cocinando su propio pan. Es la época de la separación de catorce meses de Yoko Ono, de las colaboraciones con Bowie, Dylan, Elton John, de Imagine y de la reconciliación con Paul McCartney. La inteligencia de Foenkinos se da en la elección de la estructura del libro, una sutil combinación de hechos reales comprobables, fáciles de detectar en biografías del grupo, o que persisten en la memoria de muchos de nosotros, alternada con confesiones novedosas que terminan por mostrarnos a un hombre herido desde pequeño por la ausencia primero y la pérdida después de la madre, y por no contar con la cercanía de un padre fantasmal, un marinero (y no uno que peleaba contra piratas como soñaba él, sino un camarero de barcos), que cuando reaparece definitivamente es para declarar en los diarios que su hijo millonario lo tiene sumergido en la pobreza, y para anunciar poco después la salida de un disco propio llamado “That´s my life”, justo en el momento en que The Beatles estaba por lanzar Rubber Soul que incluía el tema biográfico de Lennon “In my life”. Pero el dolor es incluso anterior a la desaparición de sus padres y a la obligada convivencia con la estoica tía Mimí, mujer a la que los amantes de la música le debemos tanto.

Lennon en la versión de Foenkinos cree que su dolor nace de la frustración de haber obligado a que sus padres, cantantes amateurs, se hayan visto obligados a dejar de cantar por culpa de su nacimiento. Es el nacimiento como una muerte. Y de fondo, una guerra mundial. O saber que tenía una hermana nacida de una relación ocasional de la madre, a la que luego buscó sin suerte. “Todo el mundo quería ser mi hermana, hasta hombres”, dice Lennon, ignorando que su hermana nunca se dio a conocer para no herir los sentimientos de sus padres adoptivos. Pérdidas y pérdidas. Una vida de pérdidas, de dolores que este hombre que cambió el siglo XX logra neutralizar en parte al formar The Beatles.

“El cimiento del grupo es mi soledad. Mi necesidad de convivir con ellos para sobrevivir”, confiesa. A partir de allí, la historia más conocida: la fama, la locura colectiva, las omnipresentes drogas, los pocos años que cambiarían el mundo de la música pop, y del mundo todo, que una mañana se despertaba tarareando la sencilla y bailable Love Me Do, y poco después presenciaría con la boca abierta las innovaciones que aún hacen escuela del Sargento Pepper. Algunos pocos años, media docena de discos y el mundo patas para arriba. El tránsito sin anestesia de un mundo gris a un mundo de infinitos colores.

Un mundo que se desperezaba buscando sacarse de encima una gran cantidad de prácticas castradoras, que iban de la ropa al pelo, a la práctica del amor y del sexo, a la educación de los hijos. Los años que duró el contrato con el hacedor de este fenómeno, Brian Epstein, del amor nunca declarado hacia Lennon y su misteriosa muerte. Los años que transformaron a simples chicos proletarios en íconos eternos, adorados hasta el fanatismo de desearles la muerte, como sucedió con Lennon. “No tengo ninguna idea del camino a tomar para acceder a mi corazón”, le dice Lennon a su sicólogo, y se compara con el cristalino Paul, capaz de vivir bajo el mismo entusiasmo de siempre, como si aún estuviera en los ´50, mientras que “yo morí y renací mil veces”, dice. Y de pronto llega la mujer más odiada, Yoko Ono, a la que Lennon define como “el fin de mi anestesia”.

53ff4a688c715_260x411Lennon encuentra un equilibrio porque ella toma el mando de su vida y él se lo agradece. Ella, en el Lennon de Foenkinos, es “la mujer más hombre del mundo”. Y Lennon se abandona a su control como no pudo abandonarse al control de sus padres porque no habían estado lo suficientemente cerca ni durante el tiempo indispensable. Es el fin de las “mujeres que vivían a la sombra de nuestro ego”, de las groupies que se amontonaban en los pasillos de los hoteles y a las que los custodios le daban la ropa de los músicos para planchar, lo que ellas hacían con gusto, incluso con adoración, las groupies sin nombre que se metían en sus camas y nada pedían más que poder contar que habían dormido con un Beatle.

Es imposible ir paso a paso por esta vida, porque cada día es una etapa deslumbrante. Queda el listado de las búsquedas interiores: las drogas, la meditación, los gurúes, el viaje a India, la terapia del grito primal, la práctica de fumar marihuana a la que los introdujo Dylan, el encuentro con Elvis, hosco porque la “decadencia de Elvis somos nosotros”, dice John, ser más grande que Jesús, ser perseguido por el FBI, por la administración de Nixon, la larga lucha legal para poder ser norteamericano, el dolor de no haber podido ser un verdadero padre para Julian (“Hey Jude”, le cantaría Paul), el placer de salir a caminar por las calles de Nueva York con Sean como el más sencillo de los hombres. Luego la muerte. Un pobre hombre llamado Mark David Chapman, el más invisible de sus fans, el último de la fila, el que desafina sus canciones, el que lo espera a la salida de la casa, el que le pide un autógrafo, y se esconde en las sombras para esperar el regreso y matarlo de cuatro tiros como se intenta matar algo demasiado bello porque no se puede poseer. Mark David Chapman, el que le da la razón a Lennon cuando dice: “hay muchos cadáveres entre las melodías”.

 

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