VAGANDO POR EL VILLAGE DE NUEVA YORK

Por Antonio Costa

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   Recuerdo cuando vagaba por Greenvich Village, donde vivieron todos los artistas y los bohemios. Cuando iba por Washington Square y veía a un tipo arrastrando un carro de la compra de un supermercado llevando sus pertenencias y miraba a unos medio hippies tocando unas guitarras y contemplaba a los niños jugar en mitad de una fuente. Y me ponía en mitad del Arco y miraba hacia las ventanas porque a una de ellas se acercaba llena de incertidumbre “La heredera” de Henry James. Y lamentaba no estar cuando Marcel Duchamp declaró sobre el Arco la República Independiente de Washington Square   o durante el Desfile de la Marihuana del primero de mayo. Me acordaba en Le Figaro de que allí desplegó Keroauc el desenfreno lingüístico de “Los subterráneos” perpetrando en la lengua inglesa como decía Henry Miller algo de lo que tardaría en recobrarse. Me metía en el café Reggio y me acordaba de escenas de la película “Shaft” de Gordon Parks y trataba de imaginarme cuando Djuna Barnes después de haber escrito “El bosque de la noche” le daba vueltas a sus locuras de París mientras escapaba de las cartas ansiosas que le escribía Anais Nin antes de retirarse al callejón cercano donde envejecía.

   E iba hacia el río Hudson y pasaba por las Twin Peaks de madera donde Miles Davis se confesaba a su trompeta   y seguía la calle Hudson hasta llegar a la taberna White Horse donde Dylan Thomas se levantó una noche y dijo : “Creo que he batido un record, me he tomado 19 whiskies” y se fue a morir al Chelsea Hotel. Estaba allí al atardecer recordando sus poemas visionarios que querían traer un nuevo Apocalipsis y convocar   profetas que nos arrancaran de nuestras raíces y soltar dioses celtas desmelenados por las avenidas y sacudirnos y decirnos que la muerte jamás triunfará y aconsejarnos que no entremos en ella de buenas maneras. Me acordaba de cuando Sean Penn recitaba el poema en una película de gángsters cuyo titulo no recuerdo y resultaba escalofriante escucharlo en aquel contexto.

   Y me metía en un cine un poco cutre de películas de arte y ensayo y a la segunda vez los empleados me recibían como si ya me conociera de años me decían: “ Hey man, you visit us again” y en mitad de la película sonaban los trenes del metro y hacían temblar la sala y uno parecía que estaba en medio de otra película y se sentía un poco inseguro como se está en medio de las películas. Y luego entraba en cualquier figón y tomaba un plato sencillo con una copa de vino y me escaqueaba antes de que me pidieran mas dinero diciendo que el servicio no estaba incluido o cosas por el estilo, porque yo era un bohemio que tenía el dinero justo pero   quería pasear con los fantasmas de tantos tipos creadores.

   Me iba unas horas al hotel Carlton Arms que tenía todas las paredes pintadas en todos los pisos e incluso en mi habitación me miraban en las paredes gatos y mujeres y en las mesas había cuadernos donde habían dejado cartas extrañas y dibujos y había un encargado puertorriqueño que me daba consejos en español y había otro irlandés cuya novia era muy guapa y un día me ofreció unas cervezas y cuando yo le alabé a la chica me dijo que dependía de las cervezas que uno tuviera encima y entonces casi lo desafío y no paraba de tomar cervezas.

   Cogía hacia el East Village y me metía en Alphabet City donde las calles tienen nombres de letras y mi mirada vagaba entre las tiendas de ropa usada, los locales de puertas ahumadas, las paredes con pinturas, los pequeños jardines comunitarios, las escaleras verdes. Iba por la calle Saint Marks con las tiendas en las bodegas, con los colores caóticos, con los hotelitos secretos, con las tiendas de comics, con los árboles sombreando las escaleras, con sus neones artesanales. Quería santificar mis pasos poniéndolos donde los había puesto Allen Ginsberg y quise poner mi cuerpo en la puerta del CBGB (que años después cerró agobiado de deudas despedido por un concierto de Patti Smith) aunque fuera de día para que se me pegara algo del aura de los conciertos legendarios que se celebraron allí. Yo no quería la América de los especuladores y los guardianes del mundo sino la de los creadores desgarrados que sacaron las entrañas y reventaron los lenguajes, y me exaltaba que Jack Kerouac se hubiera emborrachado por aquellos andurriales.

   Subía a la calle 7 con la Tercera Avenida y entraba en el Mac Sorley con suelos de serrín y periódicos del siglo XIX y huesos de los deseos colgando del techo donde bebían los personajes de Sergio Leone y desbarraba Hunter Thompson el de “Miedo y asco en Las Vegas” y donde e.e.cummings tomaba cerveza en un poema ( “yo estaba sentado en el Mac Sorleys,/ afuera estaba Nueva York y nevaba bellamente”) y pedí que alguien me sacara una foto en aquel lugar de piratas y salí con la jarra levantada en lo alto disfrutando yo solo de toda la apertura loca de aquel antro como si estuviera en el mar de las épocas y de las singladuras . Y creí que yo también pasaría a la historia secundaria de América con aquella pinta gigante escuchando gaitas irlandesas y atravesando todas las vivencias secretas que todavía danzaban fantasmales en el barrio bohemio de Nueva York.

   Y en Astor Place le daba vueltas al cubo que se sostiene en un vértice como un símbolo de todo lo inquieto y lo lleno de vida o como una caja grapada escondiendo secretos que flotan y miraba las arquerías oscuras del Coppers Union que fue una de las primeras escuelas como si le cayeran un montón de cortinas rojas a unos miles de críos y admiraba la entrada verde del metro que recreaba una de las primeras estaciones como si todavía al bajar a los sótanos uno entrara en un pabellón ligero que lo llevara a otra parte y festejaba las actuaciones callejeras y miraba a los patinadores y a los anarquistas y a los andobas que parecían personajes del “Trópico de Capricornio” de Henry Miller que paseaban sus figuras chorreantes en mitad de las columnatas griegas como si allí cupieran todas las evocaciones.

   Y un poco al norte admiraba Grace Church con sus gabletes y sus balcones azules cerrados y su gótico americano que recordaba el “Gótico Americano” de Gran Wood y todo lo que se esconde tras esas miradas tan serias del matrimonio tradicional y me hacia ver que en aquella ciudad también estaba el gótico con su locura y su misterio y su apelación a las partes mas oscuras y su entusiasmo a través de los siglos y su llamada al inconsciente que nos exalta. La iglesia gética era tan gótica como los viajes de Jack Kerouac o como los poemas visionarios de Dylan Thomas o como los conciertos mas rompedores de los sesenta. Y en Saint Marks in the Bowery pensaba cómo hablaría de su Profeta Jalil Gibran y evocaba como soltaría sus imágenes Amy Lowell y con Carl Sandburg me exaltaban las tormentas y los boxeadores de Chicago y dentro de la antigua iglesia me parecía estar viendo a Sam Sephard que traía a Nueva York el verdadero oeste y sus sombreros silenciosos y creía que podía ver a Isadora Duncan rompiendo todos los cánones del arte académico para bailar casi desnuda con una túnica griega . Me paseaba ante las dos esculturas de Solom Borglun , la Aspiración y la Inspiración que mostraban el ritmo de la vida que nadie puede acabar y que no ha parado nunca por el Village de Nueva York. Me gustaba estar en el barrio de lo informal y de la ruptura donde nacían tantas sorpresas y donde estar vivo todavía podía significar tantas cosas.

   Y entonces me iba un poco más al norte, a la calle 23, y allí llegaba al Chelsea Hotel, y miraba las placas de escritores bajo la marquesina y entraba en el vestíbulo y miraba más placas y fotos de escritores y me sentía abrumado y me daba vértigo pensar en tantas vidas vertiginosas que se desarrollaron allí y evocaba como Leonard Cohen se apretujaba las sábanas con Janis Joplin y como Arthur Miller hablaría de los viajantes traicionados bajo los pechos de Marilyn Monroe y como Kerouac planeaba agujerear América con los recorridos de “On the road” y como Thomas Wolfe (el genuino, el de los años 30 , no el pijo con cara de triunfador grasiento de Wall Street llamado Tom Wolfe) hablaba de tiempos como ríos y de ángeles chocantes que nos miran y como Dylan Thomas agonizaba en medio de los vapores del whiskie y de los dioses de gales y de los santos convulsos y como Leonard Cohen desgarraba el aire con sus melancolías lluviosas y su romanticismo arruinado diciendo: “Te recuerdo claramente en el Chelsea Hotel,/   hablabas tan segura y tan dulcemente,/ mamándomela sobre una cama deshecha,/ mientras en la calle te esperaba la limusina, /Te arreglaste un poco y dijiste: No importa,/ Somos feos pero tenemos la música”.

ANTONIO COSTA GÓMEZ

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