VISIONES DE TIMES SQUARE

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Por Antonio Costa

 

Todo son imágenes danzando, parpadeando frenéticas, letras y figuras que se mueven sin parar, cristales que lo reflejan todo por todas partes, luces y más luces que se amplifican unas a otras, el anuncio de Coca Cola, la marca de unos juguetes, unas caras que ríen, el nombre de una máquina fotográfica, el recuerdo de un reloj de pulsera, el fotograma de una película, una figura que salta en toda una fachada, la antorcha de unos seguros, todo se levanta hacia lo alto apabullante.

Allen Ginsberg se encontraba aquí en los años cuarenta con yonquis y ladrones, Henry Miller quiso sacar su polla al aire, José María Fonollosa miraba salir a las chicas guapas de los cines, yo llego a la plaza y me pierdo en los cristales , en las luces que cambian por todas partes, en las apariencias obsesivas que me rodean, yo también soy un ectoplasma melancólico y exaltado, y noto mi carne amenazada por mil desmentidos, y tal vez por eso la siento más intensamente, y me siento de la misma sustancia de todos los que pasan.

Un reloj enorme marca la hora para los pájaros, porque nadie más puede verla ahí arriba, las palomas pasean silenciosas en el suelo alucinado, dos farolas esbeltas todavía no se han encendido, un tipo de camiseta blanca camina hacia mí cualquier día de cualquier año, las rejas enmarcan las flores, sobre el suelo que ruge de trenes del metro enloquecidos e historias ignoradas.

Al atardecer Broadway parece que lleva al infinito, hacia el sur, hasta Argentina, hasta la Patagonia tal vez, es una de las arterias más líricas del mundo, donde bullen las fantasías y los teatros, en ella se han marcado todos los diálogos y todas las canciones, infinidad de carteles muestran rostros contraídos y bocas abiertas y vestidos de satén y personajes que no saben cómo resolver sus conflictos.

Al otro día el sol vuelve locos los cubos y los carteles, hay una alegoría de los cristales y de las líneas rectas, los dramas se anuncian detrás de las marquesinas, los jóvenes florecen en los anuncios, una bella melancolía luce en su esplendor, o una eternidad caduca, y todos los productos nos acosan, y todos los colores nos asaltan.

Las farolas resultan grotescas durante el día, son como espectros, uno no las ve, desaparecen en la ostentación de la tarde, pero son furiosamente bellas a pesar de su ausencia.

Pedro Gimferrer aguardaba en los sesenta a una chica de labios pintados en un día de lluvia en Times Square, porque sabía que esa chica era tan fugaz y tan problemáticamente apasionada como sus poemas, porque sabía que esta plaza de maquillajes chirriantes era tan dramática como nuestros sueños eléctricos.

Una chica con un minishort rojo toca una guitarra, con los pechos apenas tapados con estrellitas, en mitad de la calle atareada apenas la escuchan , su cabello es rubio pajizo y su cara enrojecida, lleva un sombrero con la bandera yanqui, se puede ver en eso un patriotismo pesado, pero es al revés, eso demuestra que en Nueva York pocas cosas son solemnes, todo tiene la vitalidad del aire y del pop, la vida está al nivel de la calle, parece el retrato mismo de la vulgaridad pero algo en ella emociona y seduce, tal vez es esa sexualidad tan elemental bajo la prenda chillona, tal vez es su toque de cow girl que se para en la ciudad repleta de gente como una exploradora de las praderas, tal vez es su tocar la guitarra de modo patético como si fuera una juglaresa que va por los ferrocarriles, y en esta ciudad llena de trasiego y de viaje su música ligera la evapora y la convierte en leyenda.

En la noche destacan los carteles de Virgin, las distintas escalas de luminosidad, los variados niveles de altura y de distancia, el semáforo te hipnotiza, la luces como pequeños latidos te asustan, las pulsaciones intimistas en la oscuridad te convencen , la noche lo vuelve todo visionario y frenético, todas las imágenes quieren atraparme en su apasionante ligereza, y me toca la sincera emoción de los cristales.

Tenía que estar de noche en Times Square y dejarme capturar, mirar los cuartos iluminados en lo alto, imaginarme que estoy en ellos con alguien sintiendo que la luz es una voz escondida, flotar en este mar de pantallas porque todos somos enigmáticas superficies.

Me pregunto qué hace Kevin Spacey mirándome desde arriba con su boca inteligente, desde niño me fascinaban los prospectos de las películas y mi hermana y yo llegamos a coleccionar quinientas, aquellos prospectos en unas pocas imágenes mezcladas sugerían la atmósfera de toda una historia, la vida parecía tan intensa en ellas, las miradas o los gestos sintetizaban formas de ser o destinos, y eso mismo pasa en Times Square, un rascacielos parece la iluminación de una galaxia, en otro hay una escalera de lirismos incandescentes, figuras humanas se pierden como interrogantes en la noche fantástica y efímera, somos como las visiones de Orión de las que hablaba el replicante de “Blade Runner”, hermosos y malditos como diría Scott Fitzgerald.

 

FOTOS: DANIEL MATEO

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