Los ríos y la literatura

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Por Antonio Costa Gómez

   He estado en las orillas de muchos ríos y evoqué lo que se escribió sobre ellos. Estuve junto al Danubio en Budapest y me acordé de cuando la protagonista recorre el paseo al lado del agua mientras se acuerda de amor obligado y amor vivo en “Las cárceles del alma” de Lajos Zilahy. Estuve junto al Drina en Visegrad de Bosnia y me vino a la cabeza cuando Fata en “Un puente sobre el Drina” se tira al agua para escapar de los rigideces de los hombres y del marido al que le han impuesto y que desprecia. Iba en barco por el rio Don en Rostov del Don y había leído hacia años “El Don apacible” donde Mihail Sholojov al contar las peripecias del cosaco Grigori y su familia refleja todas las contradicciones de la vida humana y de la naturaleza junto al río sin que la mano férrea del Gran Gorila Georgiano lo enterrara en hormigón. Los ríos fluyen y no saben de ideologías ni de dogmatismos, y crean remolinos e islas y tiñen de arbustos los puentes a pesar de todos los comisarios políticos.

   Me paseé junto al Rin cerca del castillo de Stolzenfels y reviví la famosa canción de Heine sobre Lorelei que fascina a los viajeros y se los lleva con su canto al fondo del río. Cuántas veces no será mejor dejarse llevar por el río de la vida con sus fascinaciones antes que seguir con las rutinas y los deberes. Y me acerqué al Sar, un riachuelo solitario en las afueras de Compostela, donde Rosalía de Castro hizo salir sus soledades y sus sombras incomprensibles. Y caminé junto al Duero en Soria entre san Polo y San Saturio donde Antonio Machado maceraba leyendas castellanas y visualizaba que la vida era como caminos en el agua.

   Y en el Sena, después de mirar los puestos de libros y los carteles de tantas épocas novelescas y las fotos existenciales bajaba con una botella de vino hasta el borde y recitaba de nuevo las estrofas de Apollinaire sobre que fluye el río y nuestros amores y que es necesario recordar y que la alegría vuelve siempre después de la pena. Y en el Tajo en Toledo me acordaba de las ninfas de Garcilaso cosiendo historias en los manteles, para mostrar como incluso las diosas en la literatura son intimistas y les gusta también a ellas el arte y la imaginación. Y en el Nilo me acordaba de la novela “Las etiópicas” de Heliodoro que empieza contando que unos piratas en la desembocadura del río encontraron al amanecer cadáveres y moribundos, restos de un banquete, un barco sin tripulación amarrado a la orilla y una mujer bellísima coronada de laurel cuidando a un hermoso joven; luego el autor nos explicará como se llegó a todo eso en medio de juncos y cañaverales y nieblas.

   Y también acompañé a lord Dunsany en sus “Días de ocio en el país del Yann”, un río imaginario en el cual encontró a mercaderes que vendían extrañas cosas, llegó a la ciudad de Perdondaris donde todos danzaban en homenaje al Dios Desconocido, los marineros cantaban a cualquier dios que escuchara, en las calles de Mlo los sacerdotes aplacaban con vino y maíz a la Nieve de las montañas. Y me acerqué al Guadalquivir y me vinieron los versos de Lorca : “El río Guadalquivir/ tiene las barbas granates” , porque es un río de embrujo y pasión y ángel. Y en el Arno pensé en los versos del visionario Dino Campana que vendía su propio libro en los bares de Florencia: “Entre sus puentes de diversos colores/ el Arno omnisciente cambia tranquilamente la arena/ Y en sus reflexiones tranquilas apenas rompe/ los arcos graves entre el desvanecimiento de las flores”. Y me asomé al Río de la Plata al que Alfonsina Storni pide que se porte como un caballero con su novio que va a Montevideo porque es un soñador y no le gustan los peces voladores.

   Y el Támesis fue un secreto para mí a pesar de T.S.Elliot lo vio lleno de los restos desordenados de nuestra civilización de la mano del adivino Tiresias con tetas de mujer. Y el Liffey en Dublín evocaba para mi las rebeliones irlandesas tal vez porque Joyce lo convirtió en una diosa viviente : Anna Livia Plurabelle, la de las bellezas plurales. Y en el Mosa jugué con Rimbaud cuando en una barquita simulaba que había tormentas y aventuras que prefiguraban todas las visiones desatadas de “El Barco ebrio”. Y en la desembocadura del Magadalena en Colombia volví a sentir “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez con esos amantes que después de 50 años de contenerse deciden no bajar nunca del barco porque el agua es el sueño y la pasión. Y sobre el puente de Brooklyn en el río del Este rememoré los versos de Hart Crane cuando en su poema “El puente” veía un arpa y un altar sobre el agua incontrolable antes de tirarse él mismo a las aguas del Gofo de México.

   Pero también quiero ver otros puentes y ver como el río deshace los conceptos y anima la literatura en otros muchos lugares. Estar en el Misissipi donde Mark Twain hacía que sus adolescentes Tom Sawyer y Huck Finn se escaparan con sus amigos negros que representaban la vida prohibida y la espontaneidad y el hablar antiacadémico. Y en el Yang Tse donde el gran Li Po se pasó la mitad de su vida y sobre cuya garganta Wu escribió: “Hay un perfume húmedo que roban una hilera de flores rojas/ y una niebla a través del corazón de la colina mágica de Wu”. Y en el Ganges del que dijo Borges: “Desde esta casa de un remoto puerto/ de América del sur te sigo y sueño/ oh tigre de las márgenes del Ganges”.

   Y también quiero recorrer el Congo hasta lo más profundo llevando “El corazón de las tinieblas” de Conrad o “Mal de luna” de Simenon para ver si esa entrada en la fiebre y la oscuridad no es también una entrada en nuestra fiebre y oscuridad de europeos inveterados. Y quiero estar en el Jordán donde murió Rachel Bluwstein , la poetisa más querida de Israel, que quería refugiarse en el agua y decía : “Solo un árbol mis manos han plantado/ Las riberas del Jordán están tranquilas/ Solo un sendero mis pies han marcado”. Y quiero estar (a pesar de todas las guerras de los humanos atrapados en la Historia) en el Éufrates, donde en el “ Poema de Gilgamesh” el gigante Enkidu tiró una puerta de madera a las aguas como ofrenda a no sé qué dios para un templo futuro. Y quiero estar en el Tigris del que el místico Ibn Arabi escribió : “En el lecho fluyente/ en los márgenes del río Tigris/ el arrullo triste de una paloma sobre una rama balanceante/ me ha puesto triste/ era como la canción de la reina de las reuniones”.

   Y en el Volga , donde se desarrolla casi toda la larguísima novela “Vida y destino” de Vasili Grossman, y Ludmila cuando va por el río de noche al escuchar la corriente tiene una lucidez única y reconoce todos sus defectos y fallos y está dispuesta a combatirlos con tal de que no haya muerto su hijo Kolia. Y en el río Charles en Boston al que una noche Dámaso Alonso dice: “Yo me senté en la orilla/ quería preguntarte, preguntarme tu secreto;/ convencerme de que los ríos resbalan hacia un anhelo y viven ; / y que cada uno nace y muere distinto ( lo mismo que a ti te llaman Carlos)”. Y al río Murray en Australia en el cual Alison Clark intuye un bacalao en las profundidades: “Escribir hace a uno sentirse vacío/ como si las palabras quedasen como agujeros/ a no ser que en las agua profundas/ se evidencie el paso de criaturas invisibles”.

   Y deseo con furia estar en la desembocadura del Mekong donde Luis de Camoens salvó el manuscrito de su gran obra “Os Lusiadas” pero perdió a su amante china. Y en el San Lorenzo en Canadá del que canta Leonard Cohen : “Suzanne te hace bajar a su refugio junto al río/ Puedes oír como pasan los barcos/ Puedes pasar la noche junto a ella/ Y sabes que está medio loca”. Y el río Curueño en León del que escribió Julio Llamazares en “El río del olvido” : “Pozos, rabiones, gargantas, torrenteras, minúsculos sifones y cascadas se suceden y se encadenan sin descanso”. Y en el Indian River de Florida del que habla Wallace Stevens : “El alisio hace sonar los anillos en las redes alrededor de los bastidores en los muelles/ Es el mismo tintineo del agua entre las raíces de los palmitos en las riberas/ Es el mismo tintineo del petirrojo entre los naranjos y los cedros”.

   Y no dejo de pensar en el rio Han en Seúl del que escribe John Thiong: “Río Han/ las lágrimas, los juguetes/ y todas las exaltaciones”. Y en el Pactolo en Turquía en el cual según Herodoto se purificó el rey Midas de su maldición de convertirlo todo en oro, porque ni siquiera podía comer, y en ese río deberían bañarse muchos de nuestros salvajes financieros buscadores de oro. Y en el río Níger al que alude vagamente una tabla de un barco que se queda mirando el enigmático náufrago Manfred en la novela “Desciende rio invisible” de Rafael Argullol.

     Los ríos son inquietos, turbulentos y cambiantes como la literatura. Los ríos tienen todos los estados de ánimo, son amistosos y terribles, son salvajey caseros como la literatura. No entendamos como un tópico muerto la metáfora de Jorge Manrique : los ríos son la vida no porque vayan al mar y la muerte sino porque están vivos, porque fluyen y cambian y se desmienten y lanzan mil imágenes y son inatras pables y se adaptan a todo y son siempre ríos. Por eso los ríos alimentan la literatura y a los escritores les fascinan los ríos. Y yo deseo con toda el alma recorrer todos los ríos del mundo y convertir cada uno de ellos en una novela interminable.

 

 

 

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