Drogas, racismo y ciencia (I)

“No soy abogado del uso de drogas ilícitas, que 20 millones de adictos en Estados Unidos no  necesitan ninguno”.

“Ochenta a noventa por ciento de las personas no son afectadas negativamente por las drogas, pero en la literatura científica casi el 100 por ciento de los informes señalan lo contrario. Hay un enfoque sesgado de la patología. Nosotros científicos sabemos que podemos conseguir dinero si seguimos diciéndole al Congreso que estamos resolviendo este problema terrible. Hemos jugado un papel más bien vergonzoso en la guerra a las drogas”.

Carl Hart

 

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En lo que es una magnífica y robusta demostración de por qué la guerra contra las drogas, como se la ha hecho hasta ahora, es una perdida, Carl Hart, neurocientífico en la Universidad de Columbia escribe un libro que aparte de ser un viaje a su más que mortificada vida de negro en un barrio bajo de Miami, está lleno de información novedosa resultado de sus investigaciones en el laboratorio, con usuarios de drogas, humanos, no ratones.

El libro arranca con una historia que lo deja a uno al borde de la incredulidad. Un día Hart le ofreció a un adicto al crack escoger entre una dosis o cinco dólares. El muchacho prefirió los cinco dólares. ¿Y cómo es posible eso si, según todo lo que se sabía hasta el momento el crack es una droga que produce adicción inmediata desde el primer momento que se la fuma? Pues resulta que no es así y que entre el 80 y 90% de quienes la prueban no se vuelven adictos. Una cifra que es la inversa a la publicitada en los medios y sostenida por investigaciones en ratones.

Hart dirige un laboratorio que suministra dosis diarias de crack (fumado) y cocaína (aspirada) –ahora también meta anfetaminas– en condiciones controladas, a personas que han sido sometidas a muchas pruebas para establecer un perfecto estado de salud y por otro escoger sólo a quienes son usuarios de las drogas y no a quienes tienen deseo de dejarlas pues no sería ético. Un grupo de médicos y enfermeras controla los signos vitales 24 horas al día y por supuesto todas las tomas son administradas y recibidas sin ningún conocimiento por las dos partes. Los usuarios deben permanecer en el hospital durante 3 semanas. Durante ese tiempo son expuestos a tomar decisiones si quieren, por ejemplo, un día de crack o una compensación. Los resultados son asombrosos y echan por tierra la idea de que quien entra al mundo de las drogas ya no tiene salida. Hart sostiene que jamás vio a ninguno de los participantes gritando o rodando por el piso en busca de más droga. Aquí él señala que, al igual que sucede con los ratones, un entorno seguro y sosegado hace la gran diferencia.

Carl Hart nació en uno de los barrios más pobres y difíciles de Miami. Quinto hijo de  una familia numerosa, con una madre analfabeta y religiosa que paría cada nueve meses  y un padre que aunque trabajador bebía el fin de semana y le daba a la madre palizas, una de ellas casi mortal, el niño vivió una vida de continuos abusos, físicos y mentales.

Sin embargo, con todo y eso, la inmensa familia formada por tíos, primos, abuelos, compartía las miserias y los desajustes, sin drogas de por medio. Hablamos de mediados de los años sesenta. Claro que había robos, cuchilladas, tiempos en la cárcel y Hart y su familia no pudieron escapar; varios miembros de la inmensa familia se vieron metidos en episodios violentos.

Cuando sus padres se divorciaron Hart fue a vivir con la abuela paterna, Big Mamma, quien empezaría a meterle en la cabeza al niño que su única manera de escapar de las miserias era estudiar. ¿Pero cómo hacerlo si la escuela a donde iba trataba a los niños como si tuvieran problemas de retardo mental puesto que eran negros pobres? Hart pensó entonces que tendría que haber algo que lo ayudara pero ese algo tenía que salir de él mismo.

Empezó a esforzarse en las pocas matemáticas que le enseñaban y logró que lo cambiaran a una escuela donde al menos lo trataban como a un niño normal. Luego vinieron los deportes que como es sabido ofrecen a los negros, si son excelentes, alguna posibilidad. “Un negro tiene que trabajar el doble de lo que hace un blanco para conseguir la mitad”.

Así Hart se dedicó a trabajar con ahínco, determinación y una pasión que sus amigos veían como paranoica. Y lo era. Odiaba la escuela y se quedaba dormido en clase –razones no le faltaban si no le enseñaban nada interesante– pero iba a la escuela todos los días porque era su manera de entrenar. Empezó a hacerlo los fines de semana, algo que lo alejó de las prácticas normales del barrio que eran pasar hasta la madrugada, bailando, bebiendo, y teniendo sexo. Entendió que si tenía una mala noche se le arruinaba el día de deporte.

Cuando a duras penas terminó la escuela secundaria, seguía siendo bueno en matemáticas pero lo pasaba fatal con el inglés –luego diría que tuvo que aprender el inglés inglés, diferente al de la calle, y el de la ciencia– algo que le era de mucha ayuda pero que no le alcanzó para lograr ninguna beca para ir a la universidad. Para colmo no pudo conseguir nada con el deporte. En ese momento el padre le dijo que un muchacho tan especial tendría que seguir buscando, contrario a lo que la madre creía que convertía a alguien en una persona de provecho: trabajar, por el salario que fuera y seguir el curso de su destino de negro pobre.

Pasó un tiempo en la fuerza aérea, a pesar de su rechazo a todo lo que oliera a milicia, y fue destinado a Londres, donde por primera vez sintió la diferencia en el trato a los negros. No eran discriminados de la misma forma que en Estados Unidos. Empezó a leer sobre la discriminación racial y poco a poco entendió que si algo andaba mal en su barrio y la guerra a las drogas declarada por Ronald Reagan, más que una política de ataque a las drogas basada en hechos y no en la ficción, era una forma de discriminar aún más fuerte a los negros, basura de la que una sociedad blanca y limpia tiene que prescindir. Mientras más negros viciosos se vayan a la cárcel o sean baleados, mejor.

Se propuso estudiar como fuera la forma de ayudar a los suyos. Para concretarlo habría de recorrer un largo camino, a un alto precio –High Price es el título de su libro– que al final lo llevaría a investigar la biología, la farmacología de las drogas y el entorno de quienes las usan, para con la ayuda de la ciencia esclarecer las verdades por detrás de tantas falacias. Pero la historia es larga y complicada y la acabaremos de contar en la próxima entrega.

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