EL UNIVERSO MUSICAL DE THOMAS MANN

LOS MIÉRCOLES 26 DE NOVIEMBRE, 3 Y 10 DE DICIEMBRE
EN LA FUNDACIÓN JUAN MARCH

 

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Coincidiendo con las representaciones de la ópera Death in Venice, de Benjamin Britten, en el Teatro Real, la Fundación Juan March (www.march.es, Facebook, @fundacionmarch, +fundacionmarch) ha organizado un completo acercamiento a El universo musical de Thomas Mann, con un ciclo de tres conciertos, que se inicia este próximo miércoles 26 de noviembre, y continúa los miércoles siguientes 3 y 10 de diciembre; ciclo en el que la interpretación musical se intercala con la lectura dramatizada de textos literarios de Thomas Mann a cargo de tres actores españoles. Además, el martes 2 y el jueves 4 de diciembre, la germanista y traductora, entre otros, de Goethe y el propio Mann, Rosa Sala Rose dará dos conferencias sobre Thomas Mann. Su vida, su obra, su tiempo.

 

El propio Thomas Mann sentenció que “la música siempre ha ejercido un influjo notable sobre el estilo de mi obra. […] Desde siempre, la novela ha sido para mí una sinfonía, una obra de contrapunto, un entramado de temas en el que las ideas desempeñan el papel de motivos musicales”. Esta sentencia inspira este ciclo en el que cada concierto gira en torno a una vertiente de la compleja relación entre música y literatura en la poética creativa de Mann: una selección de canciones cercanas al escritor, los principales episodios musicales de Adrian Leverkühn en Doktor Faustus y la figura capital de Wagner. La interpretación musical se intercala con la lectura dramatizada de textos de Mann que iluminan la profunda influencia que la música ejerció en su universo creativo.

 

*PRIMER CONCIERTO:

Miércoles 26 de noviembre, a las 19:30 horas

“El mundo de la canción alemana”

El barítono Günter Haumer y el pianista Julius Drake ofrecen un recital basado en canciones de Schumann, Schubert, Mendelssohn y Brahms.

Entre la primera y segunda parte del recital, el actor José Luis Gómez hará una lectura dramatizada de la “Declaración de amor de Hans Castorp a Madame Chauchat”, un fragmento de la novela de Mann La montaña mágica.

 

*SEGUNDO CONCIERTO

Miércoles 3 de diciembre, a las 19:30 horas

“Doktor Faustus”

 

El pianista Leonel Morales alternará la interpretación de obras de Bach, Beethoven, Liszt y Schönberg con la lectura de cinco fragmentos de la novela de Mann Doktor Faustus, a cargo del actor José María Pou.

 

*TERCER CONCIERTO

Miércoles 10 de diciembre, a las 19:30 horas

“Tristán”

 

El pianista Stefan Mickisch ofrece, con arreglos propios, fragmentos de óperas de Richard Wagner. A su vez, el actor Tristán Ulloa hará cuatro lecturas: un extracto de Tristán, otro de Doktor Faustus, y otros dos, “A un director de ópera” y “Al director de ‘Common sense’”, pertenecientes al libro Thomas Mann. Richard Wagner y la música.

 

 

 

EL MÚSICO ESCRITOR

Blas Matamoro, escritor y ensayista argentino, afincado en España, crítico literario y musical, autor de varios libros en los que trata de las relaciones entre escritores y música es el autor de la introducción y notas al programa de mano de este ciclo. A su introducción pertenecen estos párrafos.

Thomas Mann se definió como ‘a medias músico’, invocando a la constelación de sus tres astros –Schopenhauer, Wagner y Nietzsche– y describió su literatura como ‘un musicar litera­rio’. En sus Consideraciones de un apolítico es más explícito: ‘o que hago, mis trabajos artísticos son, si se quiere, siem­pre, unos y otros, unas buenas partituras’. En carta a su amigo el escenógrafo Emil Preetorius se define: ‘No soy un hombre visual sino un músico desplazado a la literatura’. La música era, para él como para más de un romántico, un paradigma de todas las artes. La música, ‘esa ambigüedad sistemática’. La música, esencialmente la romántica. No es discordante –nun­ca mejor dicho– que escribiera siempre con alguna melodía en la memoria, silbando o tarareando alguna aria de ópera o hasta menudas canciones populares.

Juicios de terceros corroboran esta insistencia. Su hijo Klaus: “La música, más que otro atributo, parece pertenecer esen­cialmente a su ser”. Y Bruno Walter: “La música siempre ha sido, sobre todas las demás, tu musa. Ha estado presente en tus encuentros con las otras musas” (en carta al escritor, 1947).

 

Sus obras, en efecto, admiten analogías con estructuras musi­cales. Se ha querido ver en Doktor Faustus, su última gran no­vela (1947), una fuga con sus dos temas, su divertimento y su remate. Su serie novelesca José y sus hermanos es una tetra­logía como la wagneriana. La montaña mágica y Tonio Kröger aceptan tener estructuras sinfónicas. Los Buddenbrook algo similar: una miscelánea sinfónica mahleriana, con su adagio fúnebre final. Muerte en Venecia vale por una rapsodia y Su Alteza Real, por una opereta vienesa.

En sus narraciones el tema es recurrente y muy definitorio. Así, en Horas difíciles (1903): ‘¿No había nacido un poema en su alma como una música, como una pura imagen primordial del ser, mucho antes de que tomara prestados del mundo de las apariencias su semejanza y su ropaje? […] Palabras, con­ceptos, su patria estaba en las profundidades órficas: apenas unos toques dados por su arte, haciendo resonar las notas de un oculto cordaje…’. En El pequeño señor Friedemann (1897) la música sirve para aproximar al hombre que toca el violín y la mujer que lo acompaña al piano. El payaso (1897) toma su título de la ópera de Leoncavallo. La montaña mágica (1924) es la obra más emblemática de Mann y la que, tal vez, decidió el favor del Premio Nobel. En ella se cuenta la historia de un joven internado en un sanatorio de tuberculosos donde reci­be las enseñanzas de distintos personajes magistrales, entre ellos de Settembrini, un italiano liberal y racionalista que le previene sobre el peligro que contiene la música, arte irracio­nal. Hacia el final del libro, Hans, el protagonista, pasa largo tiempo escuchando unas músicas que le permiten recordar y vivenciar episodios de su existencia. Entre ellos, su amor por una mujer, que asocia a ‘El tilo’, la can­ción de Schubert, que va cantando, al volver curado a su tierra, mientras marcha hacia la batalla donde habrá de morir.

 

Wagner, desde luego, hace su aparición en otras narraciones. Tristán (1903) presenta a otra enferma parecida al anterior que cae hechizada por el relato que le hace un compañero de internación acerca de la ópera homónima, en especial su dúo de amor en el segundo acto. La emoción estética agudiza su mal y muere. En De la estirpe de Odín (1906) el primer acto de La valquiria estimula a un par de gemelos, llamados como los de la ópera, a cometer un incesto que, si bien no ocurre en el texto, queda sugerido en su final. Más importante es Wagner en Los Buddenbrook (1901), la novela juvenil que lo lanzó a la fama y en la cual se ha querido ver una historia en clave de la propia familia Mann –una lectura reduccionista que no comparto–, sin ignorar que muchos de sus elementos están tomados, justamente, de crónicas familiares. Hanno, el hijo de la última generación, tiene un profesor de música quien, al contrario que su madre, es un apasionado detractor de Wagner. El niño, siguiéndola, se impresiona por la obertura de Die Meistersinger von Nüremberg (Los maestros cantores de Núremberg) y, más fuertemente, por Lohengrin, que lo con­mueve al punto de agravar un cuadro mórbido y provocarle la muerte.

Como se ve, la música aparece vinculada con un erotismo infrecuente, la marginalidad, la bohemia, la enfermedad y la muerte, muy cerca de ciertas connotaciones que pueden ob­servarse en la obra de Wagner. Con todo, la novela donde la música es hegemónica resulta ser Doktor Faustus (1947), la última de las mayores, escrita en el exilio norteamericano durante los años de la segunda guerra mundial y un cáncer de pulmón que pudo superar gracias a una intervención qui­rúrgica. El desastroso derrumbe alemán juega como telón de fondo de una historia que es la biografía de un músico ficti­cio hecha por un amigo escritor, o sea que se da la típica aso­ciación de Mann entre las dos artes. Adrián, el protagonista, cumple un pacto diabólico por medio del cual será un artista consagrado a su disciplina a cambio de renunciar al amor. Así, resultará muy seductor, pero todas las personas que pueden considerarse seducidas por él serán alcanzadas por la muerte: enfermedad, suicidio, crimen. El pacto conduce al músico a componer una obra extensa, rica de géneros y compleja de lenguaje, pues se atribuye nada menos que la invención de la dodecafonía. Esto motivó una protesta de Arnold Schönberg, el compositor que realmente había ideado el sistema atonal y serial, de modo que Mann debió añadir una pequeña aclaración al respecto en la intro­ducción del libro.

El serialismo se vincula, en otro sentido, con una visión filo­sófica del mundo. La música tiene una base matemática y, en consecuencia, el orden universal, conforme a la tradición pi­tagórica, es de naturaleza numérica y musical. Pero las claves de dicho orden solo se revelan de modo esotérico al artista, que cuenta con el apoyo del Demonio, y pagando el precio ya referido. Al deshacer el orden tonal instaurando el atona­lismo, el músico revela el desorden que yace en el fondo del todo. La música atonal es simbólica del caos y la destrucción, acaso también porque el propósito diabólico consiste en ani­quilar la obra de la Creación.”

 

 

CICLO DE CONFERENCIAS

 

THOMAS MANN: SU VIDA, SU OBRA, SU TIEMPO

 

La germanista y traductora Rosa Sala Rose da, en la primera semana de diciembre, dos conferencias sobre la vida, obra y tiempo del que quizás sea el escritor en lengua alemana más importante del siglo XX, Thomas Mann, el autor de La montaña mágica, entre otras cumbres de la narrativa en alemán. El martes 2 de diciembre, se ocupa de “Thomas Mann: la vida desde la barrera” y el jueves 4 de diciembre, sobre “El espíritu de Alemania en la obra de Thomas Mann”.

Sobre la primera conferencia, escribe Rosa Sala Rose: “Thomas Mann logró la proeza de equilibrar una tensión heredada del romanticismo y que parecía imposible de resolver: la de vivir simultáneamente como burgués y como artista. A costa, eso sí, de renunciar a la sensualidad y a la vida: lo que él llamaba elocuentemente “los perros encadenados en el sótano”. Las inevitables tensiones que producía ese equilibrismo forzado afloran una y otra vez en su trayectoria vital, pero Thomas Mann supo sublimarlas en su literatura. A ellas les debemos lo mejor de su extraordinaria obra, tan imbricada con su vida como en su día lo estuvo la de Goethe, de quien Thomas Mann se creía legítimo sucesor”.

Y sobre la segunda conferencia: “Al entender el arte como incompatible con la vida, el Thomas Mann escritor se convirtió en un virtuoso del distanciamiento. A diferencia de la escritura a menudo fragmentaria y arrebatada de sus coetáneos expresionistas, la obra de Thomas Mann se construye a base de una férrea disciplina diaria, una capacidad de observación extraordinaria y una ironía perfectamente calibrada. Pertrechado con estas cualidades, Mann logró convertir en literatura de dimensiones épicas la materia prima de su propia vida y de quienes le rodeaban. Curiosamente, aunque no creó escuela y su figura se erige como un fenómeno único en el panorama literario alemán, su obra es considerada la quintaesencia de la alemanidad. Una idea cultivada por el propio Mann, quien dijo en 1938, desde el exilio americano: “allí donde estoy yo, está Alemania”.

 

 

 

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