SHAKESPEARE EN CALATAÑAZOR

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Por Antonio Costa
Fotos: Consuelo de Acro

 

Cuantas cosas hemos visto, dice Falstaff en “Campanadas a medianoche” de Orson Welles, que se rodó en parte en Calatañazor. Incluso escuchamos las campanadas a medianoche, dice su acompañante. Y es que en la noche ocurre lo más vibrante, lo más libre, lo más revelador. Incluso las campanas que avisan y sacuden y trastornan. Y nosotros fuimos de noche. Y todo estaba secreto, en claroscuros, confidencial.

Íbamos en dirección a Soria buscando el desvío que dijera: Calatañazor. Y trepamos por la montaña en dirección al castillo. Y entramos en las ruinas aventureras y melancólicas. Y tomamos una infusión en casa de una viejecita y su hijo que vendían mieles y setas gigantes y tisanas. Y vimos las casas de piedra con entramados de madera carnales, sabrosas y llenas de tiempo. Y nos acercamos a la iglesia de santa María con su arco mágico en medio de un alfiz musulmán y sus hechuras de torre. Y bajamos por las terrazas escalonadas del restaurante Casa del Cura hasta llegar a la penumbra con lámparas y mesas de piedra donde no había nadie.

Entramos en un mesón y pedimos embutido y queso de cabra con vino de la casa. Un tipo dijo: qué horror, aquí no funciona el móvil. Y yo pensé : coño, ahora tendrás que hablar con la persona que tienes al lado. Porque lo más sencillo se ha convertido en algo precioso y legendario. Pero el tipo siguió mirando su móvil todo el tiempo. Pero yo brindé por Orson Welles que hizo resucitar en este poblachón castellano a Shakespeare. Y él mismo encarnó a Falstaff, el personaje más simpático, vital y auténtico. En “Campanadas a medianoche” hay una escena en que su compañero de francachelas se vuelve rey y no quiere saber más de la libertad y la vida. Falstaff no se lo cree y dice más o menos : bueno, estuvo bien como broma, pero ahora, amigo Harry, vamos a la taberna. Pero el rey habla demasiado en serio. El gran Alfonso Sánchez escribió que esa secuencia era sublime. Y yo lo creo.

Paseamos por el pueblo de noche y descubrimos rincones. Entramos en una taberna con unas mesas de hierro abandonadas en un jardín y eran de un alojamiento del siglo XVIII. Vimos una casa redonda con un patio secreto. Nos metimos por callejones en que las galerías se acercan para charlar unas con otras y casi se hacen el amor. Fuimos por el barrio judío y vimos una posada de hace siglos y casas pegadas a la base del castillo. Y alucinamos otra vez con el castillo y sus rasgaduras en la noche. Y en la extraña plaza mayor vimos la Picota y yo me coloqué como en vergüenza pública y pedí que todos me insultaran y me escupieran. Y al lado había una fuente que parecía un retrete antiguo con dos agujeros. Y en un rectángulo se escondía una piedra de veinte millones de años de antigüedad, así dice el cartel explicativo, con fósiles de líquenes de aquella época, y la miramos con estupor y la tocamos con las manos por si se nos pegaba algo de su persistencia.

Imaginé a Falstaff caminando medio borracho por las callejuelas, diciendo fanfarronadas y fantasías, soltando desenfados, haciendo de su vida una novela, diciendo atrevimientos jocundos a las mujeres. Me acordé del propio Orson Welles retozando sin miramientos con Jeanne Moreau. Querido Orson, dando vueltas por el pueblo, quien no puede alegrarse de estar en el mismo sitio que tú, de sentarse en las mismas piedras carnosas. Dicen que tenía que sentarse en dos sillas porque no cabía en una sola. Me imagino como transmutaría el pueblo con su envergadura, bebiendo vino tinto con queso y soltando parrafadas de Shakespeare. Y me acordé de ese niño (que en la realidad era la hija de Orson Welles) sentado con desolación en unos escalones de Calatañazor contando que Falstaff ha muerto de tristeza.

Esperamos un tiempo y sale la procesión de personas vestidas de musulmanes que bailan con música medieval llevando antorchas en las manos. Y entonces aquello se convierte en “Las mil y una noches”. Porque hace siglos aquellos eran los enemigos pero ahora como no están nos fascinan porque son el Oriente y son lo distinto. Dice la leyenda que Almanzor, aquel caudillo musulmán azote de los reinos cristianos, que se llevó las campanas de Compostela después de arrasarla, al que no había manera de vencer, fue derrotado finalmente en Calatañazor en el año 1002, aunque más bien murió tranquilito en Medinaceli. “En Calatañazor / perdió Almanzor el tambor” dice un estribillo secular. Pero ahora nos sirve para poner un poco de acción en la noche de un pueblo y para intercambiar culturas en la noche. Incluso se ve su busto en piedra en el suelo de una calle, como espiando en silencio nuestras locuras.

También en Calatañazor se rodaron secuencias de “El doctor Zhivago” de David Lean. De modo que de algún modo también estuvo en el pueblo Boris Pasternak. Y yo me acuerdo de él en la noche. Amigo Boris ¿nos tomamos unos vodkas para celebrar tus amores? Sí, me apetece en esa noche recordar ese amor profundo de Zhivago y Lara ( “se amaron porque así lo quiso todo lo que les rodeaba: la tierra a sus pies, el cielo sobre sus cabezas, las nubes y los árboles”) que va más allá de los aplastamientos con que nos aprisiona la Historia. Y quiero ver Calatañazor de noche, porque de noche escapo de la Historia, de las vulgaridades, y siento que me alienta en la cara ese pueblo secreto.

 

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