En defensa de la lectura: apuntes

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Un país de pocos lectores, es un país de poco desarrollo.

Por: Gloria Serrano Solleiro (@gloriaserranos) / Fotografía: Gabriel Pliego G.

 

Leo para no olvidar.

Como recordartorio de que la Shoá o el Apartheid sucedieron.

Leer es el cimiento para mi memoria, una batalla personal contra el olvido.

La búsqueda permanente de saber quién soy y quiénes me han forjado.

Leer para dar sentido a lo que ha pasado y a lo que hemos visto.

Y como el poeta, para escuchar con mis ojos a los muertos.

 

Leo para sentir.

Para pasar las emociones, todas, por la escritura.

Leo cuando no sé qué hacer con las lágrimas.

Cuando “el amor es más laberinto”, cuando el sentimiento pelea contra la razón.

Leer para advertir la hermosa belleza de lo humano.

Y para no volverme incapaz de mirar hacia adentro.

 

Leo para aprender.

Para conocer una pequeña parte de todo lo que hay.

Leo porque los seres humanos no podemos dejar de narrar ni de narrarnos.

Ya lo dijo el Gabo: “La crónica es la novela de la vida”.

Leer para comprender el inmenso rompecabezas que es la realidad.

Y para no apostar por la involución.

 

Leo porque sé que hay casi 800 millones de personas que no pueden hacerlo.

Porque México encabeza la lista de países no lectores en Iberoamérica con un 73 por ciento.

Por el contrasentido que me provoca saber que en la tierra de Nezahualcóyotl, Sor Juana Inés de la Cruz, Rosario Castellanos, Octavio Paz y Carlos Fuentes, se leen menos de 3 libros al año y en Finlandia un promedio de 47.

Leo porque, al igual que Vargas Llosa, aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida.

Y porque no concibo un mundo sin letras.

 

Leo cuando necesito un cómplice lúcido, recursivo y audaz.

Cuando la vida sencillamente sobrepasa los 140 caracteres.

Cuando el corazón me da tumbos en el pecho.

Cuando un apretón de manos se hace urgente.

Cuando mi entorno se vuelve menos expresivo que una roca.

Y cuando necesito apuntalar mis argumentos.

 

Leo las plumas temerarias y transgresoras de escritores como Fumaroli y Žiẑek.

A los clásicos como Shakespeare y a los nuevos clásicos como Faulkner, Camus o Saramago.

A escritores de lejanas latitudes como Amos Oz y David Grossman.

Leo y releo a mis imprescindibles narradores: Alberto Salcedo Ramos, Martín Caparrós, Leila Guerriero, Miguel Ángel Bastenier, Tomás Eloy Martínez y Juan Gossaín.

Y sí, también me gusta la poesía.

 

Poco importa el género… Leer es siempre una especie de nirvana.

 

Leo para que mi existencia no se parezca a la de Sísifo.

Para saber que Hopelchen significa “lugar de los cinco pozos” en lengua maya.

Para combinar polvo y asfalto con otros saberes.

Para encontrar distintas formas de estar juntos.

Para hacerme preguntas necesarias.

Para no ser uno más de los que se sienta a ver cómo crece la hierba.

Leo para poner un ladrillo de futuro a ese Orbe Novo que es apremiante construir.

Y para sentir el ventarrón de felicidad que traen consigo las palabras.

 

Leo con fruición. A veces somnolienta y otras crispada; algunas apacible, bastantes estremecida y, por lo general, dispuesta. Pero leo, constantemente leo.

 

Leo versiones impresas y digitales de libros, periódicos y revistas. Leo blogs, fotocopias, frases sueltas y textos completos. A fin de cuentas todos tienen un mismo génesis: la palabra.

 

Leo a los amigos, a los colegas y a algunos con quienes discrepo.

 

¿Lo más difícil? leer entre líneas, revelar las palabras faltantes. Eso no sucede con la imagen, que es más bonachona y condescendiente con el que la observa.

 

Apuntes finales:

En esencia, mi modo de pensar y de ser se lo debo a los libros. Probablemente lo mismo le ocurrió a la escritora sudafricana Nadine Gordimer, quien en 2006 llamó a “defender la palabra ante la hegemonía de la imagen” durante una conferencia magistral que ofreció dentro de la Cátedra de Literatura Latinoamericana Julio Cortázar.

Gordimer no es la única testaruda. En noviembre de 2013, correspondió al impresor y tipógrafo Juan Pascoe presentar la muestra Grabados y Libros del artista italiano Fulvio Testa, en la extraordinaria Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada de la Ciudad de México. Fue entonces cuando tampoco dejó pasar la oportunidad para expresar su sentir: “No me importa, voy a seguir haciendo libros. Cuando a ustedes se les acabe la electricidad y no puedan cargar sus celulares o tabletas, por favor vengan conmigo y con Fulvio porque les vamos a proveer no solamente de libros, sino de experiencias redondas, humanas y estéticas”.

¡Enorme defensa!

Nos leemos pronto…

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