Antonio Palacios inventó Madrid

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Por Antonio Costa
Fotos: Consuelo de Arco

 

     O al menos una parte de él. Una parte importante. Hay edificios suyos por todas partes que dan su perfil a Madrid. Le gusta la monumentalidad , los vestíbulos enormes, las columnas gigantes, los cuerpos superpuestos, la articulación de elementos, el dinamismo, el movimiento, el expresionismo. Mezcla a su modo lo tradicional con lo moderno, lo gallego con lo centroeuropeo, la audacia con la reminiscencia, el granito con el hierro y el cristal. Menudea los adornos, pero sin perder la solidez y la estructura, y le encarga a su amigo Angel García Díaz que llene de esculturas secretas todos los rincones. Sus obras fueron siempre polémicas, pero acabaron imponiéndose, solo lo gris y aburrido no tiene resistencias, y ahora ¿quién se imagina Madrid sin el Palacio de Cibeles?

     Nació en Porriño, la capital del granito de Galicia, en 1876. Estudió Arquitectura en Madrid. Admiró a Viollet Le Duc y a Gaudí , pero también a Otto Wagner y los arquitectos de Chicago, y a los canteros gallegos. Levantó una iglesia en Carballino (Orense) que asombra tanto como las catedrales románicas y un teatro en Vigo que dio su personalidad a la ciudad del Atlántico. Soñó un ensanche para Vigo que, como piden algunos humorísticamente, ponía la ciudad en el campo. Le gustaba escribir artículos y leía mucha literatura. Murió en Madrid en 1945 y pidió que lo cubrieran en su pueblo con una losa de granito sin labrar.

   En 1904 ganó el concurso para construir el Palacio de las Comunicaciones, hoy Palacio de Cibeles o Ayuntamiento. Le llevó quince años levantarlo. Y era un proyecto tan llamativo que le llamaron Nuestra Señora de las Comunicaciones o la Catedral de Correos. Lo retranqueó con brazos abiertos como San Pedro de Roma para recibir a las multitudes ansiosas de enviar cartas. Le puso un vestíbulo enorme detrás de una escalinata , al que se asoman todos los pisos. Le puso torres en distintas alturas, pináculos, columnas y pilastras enormes, sinfonías de ventanales, cornisas audaces separando los cuerpos, un arco de entrada como de una catedral. Como para deslumbrarnos a todos, como para que no se olvide fácilmente. Y le encargó a su amigo Angel Díaz que tallase un montón de esculturas secretas que nadie mira, algunas porque están en rincones, otras porque no pueden verse dónde se encuentran, pero llenas de recuerdos románticos o mitológicos u oníricos. Y ahora mucha gente que solo tiene dos horas en Madrid se pasa ante todo por el Palacio de Cibeles antes de tomarse un bocadillo de jamón.

     En 1908 le encargan el Hospital de Jornaleros de Maudes, hoy cerca de Cuatro Caminos. Aquí repite algunas ideas todavía con más audacia, con torres y pináculos y galerías en lo alto y pilastras altísimas y cornisas salientes. Pero además se acuerda del granito salvaje de Galicia y lo deja en gran parte sin pulir para que tenga más fuerza expresiva y recuerde la vida del campo y la naturaleza y los ancestros. Se acuerda de los hospitales del Renacimiento pero les pone una valentía expresiva y aldeana y sinfónica. Y no hay nadie que no se fije en él en la calle Fernández Villaverde. Vamos, como para que pase inadvertido.

     En 1911 empieza a construir el Banco Español del Río de la Plata, donde ahora está el Instituto Cervantes. Y ahora las columnas se vuelven locas de pura verticalidad desmesurada, y encima hay una cornisa que casi se marcha del edificio, y los capiteles despiertan su profusión corintia, y las cariátides flanquean la puerta con expresión exaltada, como si fueran las sacerdotisas del dinero, o como si presintieran que después vendría la Cultura, que les resulta más adecuada. Uno se queda pasmado ante esas columnas larguísimas que llevan como un vértigo hasta la altura, como si nos quisiera arrebatar del suelo de la calle de Alcalá en la esquina con la calle Barquillo. Y ahora a veces con las luces de noche parece una fiesta de sombras y cristales.

     Luego le encargaron construir el metro, igual que Guimard fantaseó las estaciones de metro de París. Y su huella está en la estación fantasma de Chamberí que ahora se ha convertido en museo, en las paredes de azulejos, en las curvas de las escaleras, en las formas elegantes y movidas. Y también en el pabellón que había en el metro de Red de San Luis que ahora llevaron para su pueblo en Galicia . Había un cuerpo de granito gallego tosco y sincero y encima una marquesina de cristal atrevida y paredes almohadilladas con bolas.

   En 1926 se puso a construir el Círculo de Bellas Artes y tuvo más problemas que nunca, porque él tampoco era rutinario o discreto. Quisieron pararlo varias veces, él mismo quiso dejarlo. Se burlaron del edificio Valle Inclán y Lorca, pero no son infalibles. En él Antonio Palacios se acerca a la Secesión vienesa, con sus líneas rotundas, su desenvoltura, su desembarazarse de los adornos que reblandecen, y puso variedad de cuerpos, sorpresas de composición, movimiento, una torre asimétrica en una esquina , sus ventanales enormes (tras uno de los cuales se disfruta el culo grandioso de una diosa de mármol), sus largas columnas, trozos sorprendentes de entablamento, ruptura de líneas. Todo es personalidad y decisión y decir : ahí queda eso. Y todo se apoya asombrosamente en una sola columna en una esquina. Y pone de nuevo su gran vestíbulo como para acoger generosamente a la gente en la cultura antes de repartirse en departamentos, igual que los fieles entran a la nave de una iglesia antes de separarse en capillas. Como templo de la Cultura no se podía hacer nada más dinámico y vivo. Y mi querido Valle Inclán se equivocó de plano, tenía que haber estado yo con él tomando unas copitas en el Café de Levante antes de que opinase sobre eso. O es que los años veinte estaba tan ajetreados de conflictos y amenazas que uno ya ni se daba cuenta de lo que veía.

   Y luego hizo la casa Palazuelo en la Calle Mayor, donde las líneas de los pisos se curvan casi como en Borromini (para asomarse al hueco amplio que pone siempre en su generosidad con el espacio) para animar a la gente para que no se aburriera cuando iba a asuntos comerciales. E hizo la casa Matesanz en la Gran Vía , otra vez con sus grandes columnas, su superposición de galerías que crean el vértigo en una esquina , sus grandes ventanales, sus torres orgullosas o novelescas.

   De modo que una parte importante de Madrid la inventó el gallego Antonio Palacios ¿o no? Y muchos que han vivido Madrid, que han besado en ella, o han esperado a sus amantes, o han proyectado negocios, o han esperado el autobús en días únicos , lo han hecho acompañados por Antonio Palacios, que se ha metido en su sangre, en su memoria, en sus sueños. ¿Quién puede hacer una película sobre Madrid en la que no salga de algún modo algo de Antonio Palacios? ¿Y quién puede ir en cámara subjetiva por Madrid (como decía Manuel Vázquez Montalbán en un poema) en cualquier estación del año, sin que algo de Antonio Palacios se convierta en sustancia misma de su vida?

 

 

 

 

 

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