Encuentro con Heine en Rivadavia

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 Por Antonio Costa Gómez

Una vez fui a Ribadavia, un pueblo medieval de Orense a orillas del Avia, un río que desemboca en el Miño, estuve en un bar tomando copas de aguardiente y preguntándome cosas, cogí en un hostal una habitación con una balconada que daba al río,   paseé por las calles estrechas con soportales, estuve visitando el Centro Judío que hablaba de la vida de los judíos en Galicia en la Edad Media,   tomé ribeiro en los bares de la Plaza Mayor , vi en la iglesia de la Magdalena ahora desacralizada   una exposición muy interesante de esculturas sobre manos de un tal Suso Lobino, eran esculturas con los dedos en muy distintas posiciones, simulando ternura, ofreciendo delicadeza, insinuando fuerza, sintiéndose aplastados, abriéndose tímidamente, cerrándose con miedo, pensé en hacer un libro con fotos comentadas de manos al lado de tazas de ribeiro, mostrando manchas de vino en los manteles, glosando las distintas formas de las manchas, el cuerpo del vino sobre las mesas, la ternura del vino al lado de las manos, tal vez así lograría captar sutilmente el espíritu del Ribeiro , mientras paseaba la dueña del hostal me preparaba el plato que en Galicia consideramos glorioso, como lo consideraban los celtas (según la mitología irlandesa los dioses se llevaron al otro mundo dos cerdos, uno crudo y otro cocido) y le componían poemas y leyendas, cabeza de cerdo, para nosotros no hay nada más sublime, con todos los sabores diferentes y recónditos que tiene.

Le expresé a la señora de diferentes maneras mi admiración, después de comer me instalé en una galería con sillones de mimbre que daba al río, estuve pensando sobre los judíos y la importancia que tuvieron en Europa, me dije que me extrañaba que los hubieran perseguido y despreciado tanto de un extremo a otro del continente, desde Rusia hasta España, los masacraran, les pusieran trabas, los arrinconaran en guetos, les prohibieran profesiones, los sometieran a todas las humillaciones, y con todo eso habían hecho grandes aportaciones y cantidad de grandes escritores y científicos eran judíos, los perseguían los fascistas y los comunistas,   en el este y en el oeste, los de derechas y los de izquierdas, eran los malditos y los vagabundos por excelencia, esa unanimidad era extraña, me dije que atacaban a los judíos los patanes y los paletos, los que solo veían el terruño y estaban atados a él como los arbustos, los que nunca querían salir de su pueblo, los judíos les parecían los extraños por excelencia, los otros, los que no eran de ningún país, los que lo cuestionaban todo, los extranjeros, y eso a los paletos les daba miedo, por eso había un montón de leyendas absurdas sobre ellos, igual que en mi infancia me decían que los gitanos comían niños y cosas así, todavía ahora hay idiotas que dicen que los judíos son intrínsecamente peligrosos, que provocan el fin del mundo y estupideces como ésas.

Y sin embargo, como dijo Joseph Roth cuando empezaban a perseguir a los judíos en Alemania, ellos eran los que mejor representaban el espíritu europeo, los que representaban el espíritu en general y la cultura, los que estaban por encima de las aldeas y las cerrazones, y judíos eran los más grandes escritores de Europa, como Kafka, Elias Canetti, Bruno Schulz y tantos otros, y judío era el lirismo de Marc Chagall con sus leyendas infantiles sobre Rusia, tal vez hay en ese odio a los judíos, me dije, un fondo de envidia, un resentimiento de los patanes porque veían que eran los cultos por excelencia, como el resentimiento de ese cabo austriaco que no pudo pasar de cabo, que no pudo ingresar en la Academia de Bellas Artes al mismo tiempo que Oskar Kokoschka, que era un patán impotente y quiso imponer su potencia de ignorante al conjunto de Europa, los judíos, me dije, habían hecho aportaciones incalculables,   tal vez ellos estaban en la esencia de Europa, en ese buscar unas leyes apasionadas, en ese estar por encima de los estados y las naciones, en ese tener como fondo un libro que es toda una literatura.

Desde el río me arrastré hacia la casa y esperaba la cena calladamente, los restos de la cabeza de cerdo, oyendo el murmullo del agua a lo lejos, escuchando sonar las campanas de las múltiples iglesias, como si nuestros cuerpos (el de la señora y el mío) fueran recuerdos de otros cuerpos, después mientras cenábamos la señora me habló de la Fiesta de la Historia, decía que tenía que acudir algún día, contaba como se había vestido de posadera medieval y le pagaban en maravedíes, como asistió a una boda judía, como su sobrino se había vestido un año de juglar y había ido por las plazas recitando el “Romance de don Gaiferos”, después de cenar salí otra vez a caminar a la orilla del Avia, desde el puente de piedra hasta el puente de hierro, todo estaba callado e iba entre los reflejos de las galerías colgantes, me senté junto mirando al agua y me dije que estaba en un secreto de Europa,   en aquel rincón cerca del Atlántico donde se mezclaba lo céltico con lo judío, el vino con la nostalgia, la libertad con la comida, quizá si aprendía a hacer el caldo como lo había hecho aquella señora podría conocer aquel secreto, y me recité los versos jocundos y nostálgicos de Tirso de Molina: “Adiós, fregona, cuyo amor me agravia,/ gallega molletuda, adiós, Dominga,/ que aunque lo graso de tu amor me pringa/ siento más el dejar a Ribadavia”.

Y subí desde el puente de San Francisco por la calle del Progreso y me metí en el café Aljama   y pedí una botella de Ribeiro, y saqué de un bolsillo un libro que encontré en la habitación , eran las “Noches florentinas” de Heinrich Heine,   leí algunos trozos y me dije entusiasmado que Heine podría considerarse un símbolo de Europa, admiraba a Napoleón en su idea de llevar el código civil del Atlántico a los Urales , era apasionado como un alemán y humorístico como un francés, era muy alemán y admiraba a Francia, sus libros de viajes y sus historias estaban llenos de humor e imaginación, representaba la unión de todos los aspectos de Europa, incluso en su poema más famoso comprendía el norte y el sur, la palmera que añora el abeto y el abeto que añora a la palmera, tenía esa nostalgia general que según ella era Europa, Europa es una leyenda, me repetí, es un poema, y Heine representa lo popular y lo culto, el intimismo más etéreo y la revolución, lo pagano y lo cristiano, el mar y las montañas, incluso aquel poema en que dice que llega el fin del mundo y él y su novia siguen besándose como si no pasara nada representa esa pasión y esa intrepidez que es admirable en Europa, estuve con unas copas de aguardiente charlando en la sala con la señora del hostal , finalmente me fui a dormir a la habitación que daba al río, en mitad de la noche desperté y me quedé   sentado y me dije: tal vez Heine estuvo aquí, tomó este ribeiro y dio vueltas por estas calles liberales , y contempló este río saudoso entre los dos puentes, y pensó en un pino de Orense que se acordara de un olivo de Grecia, y él mezclaba como los gallegos la sorna con el romanticismo, tal vez fuera en realidad un judío gallego, y así como escribió unas traviesas y fantásticas “Noches florentinas” tal vez aparezca un día el manuscrito de sus “Noches junto al Avia”.

 

 

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