Una palabra

 

Kane niñoPor: Gloria Serrano Solleiro (@gloriaserranos)

Por contradictorio que parezca, en este mundo de excesos a veces todo el latir de nuestras vidas se expande y se contrae en una sencilla palabra: amigo, hogar, atardecer. Sin importar la ciudad donde nos encontremos, los supermercados exhiben anaqueles repletos de alimentos perfectamente empaquetados o enlatados, siempre listos para ser adquiridos por millones de personas, habitantes de países como México, donde el 75 por ciento de la población adulta sufre problemas de obesidad, ¿no es un exceso? Sujetos densos en sociedades líquidas, son los días del hiperconsumo. Sin embargo, en este mundo de excesos a veces todo el latir de nuestras vidas se expande y se contrae en una sencilla palabra: salud, mujer, libertad. Actualmente el 40 por ciento de la población mundial tiene acceso a internet, la red a la que nos conectamos para socializar sin necesidad de escuchar una voz humana. Juego avieso de contrapuestos. Quizás el filósofo Slavoj Žižek tenga razón y estos sean los tiempos globales en que “tocar a alguien, mirarlo demasiado…” resulte peligroso, por eso “igual que queremos pasteles sin azúcar queremos a un prójimo descafeinado”. Un escenario polivalente donde un tú y un yo ocupan el lugar de privilegio frente al nosotros; el teatro del absurdo de una complejidad en ocasiones insoportable, que no necesariamente nos genera momentos felices, de esos al más puro estilo de la poesía comprometida, de los versos necesarios de Gabriel Celaya: “cuando el día ha terminado / y con el día digo su trajín, su comercio, la busca del dinero, la lucha de los muertos / y cuando así cansado, manchado, llego a casa, me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos, y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi y la música reina, vuelvo a sentirme limpio, sencillamente limpio y pese a todo, indemne / ¿no es la felicidad lo que me envuelve?” Sin embargo, en este mundo de excesos a veces todo el latir de nuestras vidas se expande y se contrae en una sencilla palabra: música, serenidad, belleza. ¿Cuándo lo central se convirtió en periférico? “Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo / pasar por un camino que huele a madreselvas; beber con un amigo; charlar o bien callarse / sentir que el sentimiento de los otros es nuestro / mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha / ¿No es esto ser feliz pese a la muerte?”. Este 2015, en mayo, se cumplirán cien años del nacimiento de Orson Welles, aniversario que podría servir de pretexto para ver, de nuevo o por primera vez, la cinta El Ciudadano Kane (1941) considerada la obra maestra del prodigio de Wisconsin. Pienso ahora en Charles Foster Kane, un individuo que lo tuvo todo, que contabilizó la cantidad necesaria de propiedades, empresas, obras de arte, automóviles, adulaciones y reconocimiento público, para poder pronunciar con todas sus letras la palabra exceso. Charles Foster Kane, el magnate agónico que al despedirse de un mundo de excesos, todo el latir de su vida se expandió y se contrajo en una sencilla palabra: Rosebud. Sístole y diástole en siete letras que el niño Kane nunca olvidó. Rosebud, un trineo y la sutil metáfora de una infancia perdida.

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