Amantes atrapados por la música

Gustav Klimt, El beso

 

Por Antonio Costa Gómez

Se puede ir a Viena solo para ver ese cuadro. Aunque está rodeado de cuadros muy valiosos, de Gauguin, van Gogh, Egon Schiele, Munch. Uno llega al museo del Belvedere y pregunta donde está “El beso”, de Gustav Klimt. Y ha de meterlo bien en la cabeza, porque no permiten fotografiarlo.

   Hay un jardín de flores intensas que flota en mitad del cosmos. Y sobre él dos amantes se besan. Ella está arrodillada y entrega completamente el rostro. Él se inclina intensamente hacia ella. Él está envuelto en placas rectangulares negras y doradas, ella en círculos con flores dentro. En medio de otros círculos se apretujan flores que estallan. Él le coge el rostro con las dos manos, hunde su rostro completamente en el de ella. A los dos les nacen flores espectrales en las cabezas.

   No se puede expresar mejor el entusiasmo, el olvido de todo. Ya no es solo que ella cierre los ojos, entregue los hombros, tenga los pies desnudos flotando en el cosmos. Que ramilletes dorados le caigan de los empeines. Y le entregue las mejillas para expresar el mutismo de la boca. Es la torsión tremenda de la cabeza del hombre hacia ella, como si nada importara. Es la fusión en color dorado de las dos figuras. Es que los rectángulos se entiendan tan bien musicalmente con los círculos que bailan. En el fondo están ya anunciadas las Composiciones de Kandinsky, la pintura convertida en música, la abstracción apasionada. Es la Música como vértigo, el rapto de la Música.

   Y alrededor de ellos caen infinitas estrellas doradas de todos los tamaños en un fondo infinito. Parece que las estrellas tuvieran también música, que cayeran bailando. Y el fondo es amarillo como en las pinturas bizantinas, para expresar la metafísica y el absoluto. Pero con un toque negro que le da todavía más vértigo. Es como la pasión del cosmos entero en torno a la pasión de los amantes, como el arrebato en torno del arrebato. Y lo curioso es que da una sensación de quietud, como si todo ese entusiasmo se albergara en la calma.

     Había nieve en toda Viena y seguía nevando. Pero nosotros teníamos que ir al Belvedere y ver “El beso” de Klimt. Y caminamos desde el metro hasta el palacio bajo la nieve. Luego mirábamos los jardines nevados desde los ventanales, los estanques blancos, las estatuas cubiertas de blancura. Y al terminar caminábamos bajo la nieve, resbalando a veces, entre las estatuas enigmáticas, hasta el Belvedere de abajo. Todo estaba envuelto en nieve y nosotros íbamos envueltos en la Música Amarilla de Klimt.

 

 

 

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