Tu deseo de verte original termina igualándote con el resto (lo dicen las matemáticas)

 

Modelo matemático explica por que los hipsters o “modernitos“ parecen todos iguales: es tan predecible su intento por diferenciarse que terminan uniformados.

 

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Por: Javier Barros Del Villar

 

Si bien la originalidad ha sido una cualidad valorada a lo largo de la historia, parece que hoy esta abstracción impresa en la posibilidad de diferenciarnos del “resto” está sobrevalorada. Y curiosamente esta obsesión por desmarcarnos en cuestión de estilo de los demás, termina por uniformarnos de manera casi cómica (y nada original).

El anterior fenómeno se derrama por las calles de las grandes ciudades del mundo y materializa en ejércitos de jóvenes barbudos con camisas abrochadas hasta el cuello, y chicas con sombrero, gafas de pasta y una probable chamarra de cuero. Por fortuna la ciencia, a través de una fórmula matemática, ha logrado explicar esta aberración cultural que hoy desfila campante y llena de simulada frescura.

El matemático Paul Smaldino, de la Universidad de Davis California, conjeturó cuatro premisas para traducir la moda que persigue la originalidad al plano de los números:

Postura: el gusto expresado

Información: la conciencia que alguien tiene sobre las reacciones que generará su postura.

Postura ideal: en dónde deseas ser ubicado en relación al gusto promedio.

Regla de ajuste posicional: los cambios que haces de acuerdo a tu ubicación actual y a la ubicación deseada dentro del mapa de estilo personal.

 

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Después de crear un modelo que permite procesar matemáticamente estas conjeturas, Smaldino concluyó que al desear uniformemente distanciarnos de la norma terminamos convergiendo en una nueva conformidad que poco o nada tiene que ver con la rebeldía o rareza que originalmente perseguíamos.  En pocas palabras, si todos deseamos aportar algo nuevo al entorno “estilístico” o identitario, terminamos aglomerados alrededor de un patrón conductual que de forma inevitable, termina uniformándonos –en una suerte de divertido loop.

 

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Una de las premisas que arrojó el modelo de Smaldino, cuyos resultados fueron publicados en el Royal Society Open Science, es que los grupos que sí podrían hacer una diferencia en cuanto a aportar diversidad genuina al sistema social son aquellos radicalmente convencionales y aquellos radicalmente rebeldes. Es decir, solo aquellos pocos que llevan a extremos esta búsqueda por ser original (o anti-búsqueda en el caso del convencionalismo) efectivamente logran romper con el patrón conductual.

En cuanto a la mayor lección que arroja este ejercicio matemático, coincide con la “regla de oro” de la originalidad: si quieres ser original entonces deja de querer serlo. Por eso quizá la franqueza es la mejor, quizá la única, ruta para distinguirnos del resto, sobre todo si consideramos que esta responde a ese diálogo único que surge de la combinación irrepetible de vivencias, circunstancias, particularidades psicológicas y biológicas que conforman nuestro verdadero sello identitario. Relájate, sé tú mismo y los más probable es que, sin darte cuenta, terminarás siendo único.

Y sí, la originalidad es sin duda una virtud, pero una siempre orgánica y nunca estratégica, natural y no intencional, así que mejor dejémosla en paz y seguro florecerá.

 

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