Amber, el palacio de la diosa blanca

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Por Antonio Costa

 

Amber fue capital de un estado poderoso en Rajasthan. El maharajá Bihar Mal casó a su hija con el emperador mogol Akbar y recibió a cambio grandes honores. Su nieto Man Singh levantó en una montaña sobre un lago una de las fortalezas más impresionantes de Rajasthan. Las pinturas de las paredes eran tan exquisitas que hubo que taparlas con cal para no enfadar con celos al emperador mogol.

   En Jaipur le pido a un taxista que me lleve a Amber y éste me pasa como siempre a un amigo suyo con un coche renqueante. De camino pasamos por el Jal Mahal que está hundido en el lago Sagar. Era el pabellón de caza de Madho Singh, pero ahora parece el lugar para los encuentros románticos más oníricos que puedan inventarse. Como para besarse dos amantes en cada una de las cuatro torres galería reflejándose en el lago.

   Cuando empezamos a ver la fortaleza-palacio nos impresiona cada vez más. Es en diciembre pero hace calor como si fuera verano en Europa. El conductor me dice que hay varias maneras de subir: en elefante, en jeep, o con el autobús 62. El autobús 62 significa subir las interminables escaleras. Opto por esta última posibilidad. De todos modos el conductor se acerca y me espanta a todos los menesterosos incansables que quieren ofrecerme sus servicios.

   En primer lugar está el Salón de Audiencias Públicas. Hay columnas con capiteles en forma de elefante y galerías con celosías arriba. Siempre en la India hay que dejar que entre el universo y la atmósfera. Las fortalezas son potentes pero los palacios son gasas de piedra. A la derecha está el templo de Kali, la diosa terrible o fascinante que provocó los arrebatos místicos de Ramakrishna y que se parece a la Diosa Blanca de Robert Graves. La diosa ( protectora del lugar) mandó a Man Singh que fuera a buscarla al fondo del mar, el maharajá cumplió , y allí la tenemos tallada en un solo bloque.

   Luego se ve el Salón de la Victoria. Sus paredes están llenas de incrustaciones y de diminutos espejos y de lámparas de aceite. Las puertas dan a las habitaciones privadas con sombras secretas. Después está el Salón del Placer. Hay una puerta de sándalo y marfil y un canalillo de agua fría que atraviesa la habitación y va a dar a los jardines. Los tipos no dejaban de pensar en nada, le sacaban a la vida todas las exquisiteces. Y ahora los parias alucinamos con ellas y disfrutamos también un poco. Incluso las disfrutamos en la memoria al ponerlas en palabras.

   Las Estancias de las Mujeres son un montón de cámaras independientes que dan a un pasillo. El maharajá podía visitar a cada una de ellas sin que se enterasen las otras. Cada cámara tiene un pequeño mirador que casi sale volando. Todas dan a un patio con un pabellón en medio que parece que acaba de posarse. Y en lo alto se ven como en otros palacios los pabellones acampanados aéreos como caligrafía en el cielo. De todos modos los maharajás no pasaban allí mucho tiempo porque hacían campañas por toda la India, y Man Singh incluso se planteó conquistar Ceilán.

   El Vestíbulo de la Gloria era la Sala de la Música. Los indios siempre dieron mucha importancia a la música y la música los podía llevar a todos los estados del ser. Un señor se podía arruinar por organizar un concierto, como se ve en una película hermosa y melancólica de Stayajit Ray. Hay una pantalla de mármol con agujeros para que miraran las chicas y un techo lleno de espejos y láminas de oro. Por el balcón se ven los jardines exuberantes donde se contemplaban las danzas. ¿Por qué las películas indias son todas musicales? Porque la música allí es tan esencial como el aire, no se concibe un sueño sin ella. Y cuando el maharajá volvía de sus viajes las mujeres le tiraban flores desde la Sala de la Música.

   En una montaña más alta se divisa la fortaleza Jaigarth, construida en el siglo XI, y reconstruida por Jai Singh en el siglo XVIII para guardar sus tesoros. Dentro hay un cañón construido en el siglo XVIII, dicen que es el cañón más grande del mundo instalado sobre ruedas. Hay un museo con armaduras, cofres, cerrojos, una pipa decorada con alas de insectos, un templo a Visnú, un teatro de marionetas con música, una fundición de cañones. Hay un Camino de las Mujeres que llega a Jaigarth. Poca gente lo recorre y yo tampoco lo hago.

   Cuando estoy borracho de ver el palacio de Amber ya puedo regresar a Jaipur, que está bastante cerca. Le digo al conductor que el autobús 62 ha sido agotador pero magnífico. Ya puedo pasar junto al Palacio de la Ciudad, puedo orillar fugazmente el Palacio del Viento con sus Mil Ventanas para que mirasen las mujeres, puedo atravesar las calles llenas de motos ahumadas y elefantes, puedo recibir cien mil ruidos y olores, me puedo meter el cine Raj Mandir, el Palacio del Cine similar al palacio de un Maharajá que construyeron unos millonarios aficionados al cine.

 

 

 

 

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