Sevan, el lago metafísico

 

Por Antonio Costa

Fotografía: Consuelo de Arco

 

     Tienes que imaginarte cuando lo que ahora es una peninsula era una isla durante siglos, desde mucho antes de que Mandelstam se refugiara allí, mucho antes de que los ingenieros casi acabaran con el lago, Meshrop Mashtots era un sabio que trabajaba en la corte persa, a la que pertenecía Armenia en el siglo IV, y de repente se retiró de todo, se entregó a las privaciones, vivió casi desnudo y se fue a vivir a la isla en el Sevan, allí vio un día a los doce apóstoles caminar por el lago y señalarle el lugar donde debía levantar una iglesia, no se contentó con uno , necesitó a los doce apóstoles en esa exagerada visión, en su particular Pentecostés, y como la lengua persa o las otras no servían para apuntar los sonidos del armenio se puso a inventar un alfabeto basado en el griego, y con ello dio su carta de identidad para siempre a los armenios, evitó que su personalidad se perdiera , hizo que todo lo que ellos eran pudiera ponerse en libros, incluso se tradujeron al armenio infinidad de libros además de la Biblia, y muchos que se perdieron en sus idiomas originales se conservaron en armenio, se supone que antes de dejarlo todo Mesrop tuvo amores con una dama noble de la corte del shah, con esas experiencias conocía el mundo y la humanidad, luego estuvo dando vueltas, viajó por muchos paises, residió años en Constantinopla, tratando de extender sus visiones, pero toda la energía la sacó de aquellos días de soledad en un lago en el Cáucaso donde vio que los enviados de lo divino venían a susurrarle, e hizo que los armenios se metieran en los libros, llenaran de viento y de espíritu los libros, pusieran en ellos todas sus tragedias, sus inquietudes y sus angustias.

     Porque la historia de Armenia en gran medida era llanto, pero siempre recomenzar y volver a intentarlo, Kachatur Abovian, un escritor armenio del siglo XIX, titula su obra más conocida “Las heridas de Armenia”, siglos después de Mesrop, en el VIII, en el comienzo de los Bagrátidas, los que mantuvieron más tiempo independiente el reino de Armenia, la princesa Marian mandó construir junto al templo de los Apóstoles el templo de la Virgen María, que es el más completo e impresionante del complejo, domina desde lo alto todo el panorama del lago y las montañas, en aquella época la capital de Armenia era Ani, junto al lado Van, ahora los armenios acuden a la frontera desde Giumry para ver con nostalgia las ruinas de aquella capital legendaria , y el lago Sevan estaba en un rincón apartado en el Cáucaso, en una zona de soledad adecuada para la meditación, Marian era hija del rey Ashot, el iniciador de los Bagrátidas, y mandó construir esos edificios en un entorno mágico y místico que ahora nos asombran, por ella ahora estamos en mitad de reminiscencias poderosas mirando el agua tranquila después de tantísimos avatares, imagínate cuando aquello era una isla y se llegaba allí para apartarse de todo, igual que Adriano se apartaba en su Teatro Marítimo en la Villa Adriana en Tívoli, pero en Sevan era en mitad de un entorno grandioso en que los atardeceres nos convertían a todos en espectros.

       La primera subida la hicimos la primera mañana, había que subir una serie de escaleras talladas en la piedra, pasando zonas de descanso y roquedales con tiendecitas de recuerdos, nos apartamos en un lugar donde había un monumento a un general soviético que dirigía la marina soviética en el lago Sevan, así como suena, no solo los armenios son fantasiosos, y luego unas plataformas que miraban hacia el pueblo y las montañas y la parte norte del lago y la carretera que venía de Dilijan, y se llegaba al templo de los Santos Apóstoles que era muy pequeño y estaba cerrado, de hecho solo atraía por la figura maciza recortada contra el cielo, las grandes piedras de color oscuro, su aspecto adusto y sólido que creaba un retiro en mitad de la inmensidad, seguimos andando y llegamos a la construcción principal de la Virgen María, era amplia, tenía un patio muy grande y cerrado antes de entrar, el interior era imponente y adusto, había infinidad de velas destacando en la oscuridad, su planta cuadrada y esbelta precursora del gótico destacaba delante del azul del lago, sus muros eran de grandes piedras rojizas o azuladas, había pequeñas cenefas que acentuaban su elegancia sutil, era el colmo de la sencillez y de la grandeza a pesar de sus modestas proporciones, entramos y palpamos las paredes tan macizas, parecía haber un poder telúrico en las grandes rocas de colores oscuros, las tocábamos como para tomar su influencia, mirábamos los mínimos adornos, la estructura proporcionada y elegante que se levantaba , con un toque de silencio místico, de ausencia de palabrería, de concentración, tú hacías fotos por aquí y allá, yo me decía: estamos aquí, estamos aquí, por fin, después de pensarlo y soñarlo tantas veces, después de que hace treinta años yo mirase fotos de este sitio en los libros, de que tratase de informarme todo lo que se podía sobre ese país del que nadie hablaba y a mí me fascinaba, cuando pensaba en escribir una novela sobre un armenio trovador que comete un crimen por una dama y tiene que peregrinar a Compostela a través de toda Europa, cuando trataba de documentarme y tenía muy pocos datos y trataba de sacar de ellos todas las consecuencias, y ahora estoy aquí, me decía, lo que antes era solo una idea ahora es algo concreto y real, y casi no me lo creía, a veces tardo en creer reales las cosas que de verdad son reales, como cuando incendié de niño todo lo que tenían mis abuelos y lo veía y no lo creía, parece que yo floto en otra dimensión.

     Pero lo más alucinante eran los khachkars que había en el patio, estaban extendidos contra las paredes o levantados en el centro como si fueran lápidas , los había de todos los tamaños y con distintos estilos, algunos cubiertos por un musgo rojizo que los llenaba de melancolía, otros con los dibujos casi ilegibles, todos llenos de sugerencias ilimitadas, me senté un rato en el patio mirándolos mientras tú entrabas en una capilla para hacer una ofrenda, montones de personas entraban allí con velas y se respiraba un olor a esperma, como tú dices, volviste al poco rato diciendo que era imposible, había un khachkar de color verde que nos tenía alucinados, tú le hiciste una foto que ahora conservamos, era tan increíble que le pasamos la mano para ver si era pintado, pero era toda la roca macizamente verde, salida de no sé qué yacimientos del Cáucaso, de esas canteras de piedras de colores con que se hacían los templos misteriosos, los había otros de otros colores, amarillentos, azul oscuro, pero el más impactante era ese verde, que parecía roto por una esquina, la mirada se nos iba hacia él como si fuese algo imposible, un disparate, la salida de un sueño, y estaba allí perdido, sin que nadie le diera especial importancia, en el patio de aquella iglesia, las piedras se volvían de colores igual que los sentimientos.

       Al atardecer, cuando destacaban todavía con más misterio las iglesias de grandes piedras oscuras , recortadas en lo alto contra el cielo y el agua y las montañas grandiosas, el agua se mostraba de color turquesa, intenso, misterioso, alucinado, como si fuera un lago de otro planeta, como si sublimara su belleza para alucinarnos, y se notaba inmenso y desdibujado hacia la lejanía, confundiéndose con el cielo, y ese color se apasionaba, se depuraba, sacaba su extremidad delante de nosotros, y podíamos estar en cualquier lugar de la Historia, arrebatados del presente trivial, como si aquella visión nos trascendiera, como si también nosotros ahora pudiésemos ver Apóstoles caminando sobre el agua hacia nosotros, era un lago que tenía mucho de visionario, y nos fuimos hacia la parte norte, yo a veces avanzaba más y me quedaba solo unos momentos mientras tú hacías una foto insólita, querías rescatar un encuadre, fotografiabas el recinto subterráneo donde estuvieron las dependencias de los sabios, y me sentía solo y un poco asustado, y quería compartir aquella sensación rara contigo, aquella especie de clamor metafísico, y en la parte norte el lago era aún más impresionante porque por allí las montañas llegaban abruptamente hasta el agua, y el agua estaba todavía de un azul más oscuro, hipnotizante, era como si una amada desconocida nos estuviera hechizando, como si nos sintiéramos radicalmente solos atrapados en la belleza.

   Hiciste desde allí fotos con las puntas de las iglesias destacándose delante del firmamento como si fueran imágenes abstractas, y según donde nos colocaramos aquello parecía totalmente una isla, nos sentíamos radicalmente en una isla, arrebatados de todo,   nos transfigurábamos, nos convertíamos en seres esenciales, como si fueramos esos seres de Heidegger que de pronto salen de la existencia inauténtica y descubren de verdad quienes son y sienten angustia, así debió sentirse Mesrop cuando vino en el siglo IV y vio que los Apóstoles se acercaban por el agua y tuvo la inspiración para trazar miles de libros y darle voz a un país, y así también se sentiría siglos después Mandelstam cuando descubrió que no podía dejar de escribir poesía, que en lugares como aquel salta la poesía desde lo más hondo de nosotros, y así la princesa Mariam cuando quiso elevar allí un templo a la mujer divina que llevaba su nombre, ese mito nutricio que ha dado tantas sugerencias y tanta poesía, nos quedábamos allí mientras iba anocheciendo, estabamos en nuestro elemento, a pesar de lo extraño que nos parecía, y nos conocíamos mejor allí transformados, y creo que allí me dijiste otra vez, me lo solías decir en todos los sitios cruciales, que teníamos que darnos un beso, había que besarse en el lago Sevan que tanto soñamos, al lado de aquellas iglesias que tanto imaginamos desde lejos, lo de lejos estaba cerca, nosotros estábamos lejos.

 

 

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