El puente que parece un arpa

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Por Antonio Costa

   En una escena de “Los Soprano” dos mafiosos charlan plácidamente bajo el puente como una de las delicias que quieren saborear. En “Érase una vez en América” de Sergio Leone se ven los arcos del puente al final de una calle enmarcando la vida de unos mocosos que aprenden a ser gángsters. Marilyn Monroe quiso tirarse desde allí cuando sintió que su soledad y la incomprensión (nadie entendió nunca su exquisito talento) ya rebasaba los límites tolerables.

   Le encargaron a John Roebling en 1870 que diseñara el primer puente colgante del mundo, pero enfermó de tétanos y nunca pudo verlo. Su hijo Washington Roebling prosiguió el trabajo, pero enfermó al bucear bajo el puente, y su mujer dirigió las obras. El día de la inauguración en 1883 alguien gritó que se hundía y en la estampida murieron doce personas.

   El poeta Hart Crane en “El puente” lo comparó con un arpa y un altar, por su cuerdas y sus cables. Lo convirtió en símbolo de todas las audacias, de que todas las tierras pueden conectarse, de que se puede latir por encima del mar. Te paseas por él y te balanceas como si estuvieras en un inmenso columpio sobre el agua. Caminas al atardecer, sobre las ensoñaciones del mar, y ves al otro lado las luces alucinadas de Brooklyn. Te cruzas con paseantes como tú que son también soledades apasionadas. El puente te lleva al barrio que un día fue una marisma, te demuestra que se puede ir a cualquier parte.

   Te paras al lado de los arcos neogóticos y ves una ciudad que es una fantasía de luces sobre el mar, un parpadeo de edificios hormigueantes, un bullir de seres increíbles sobre la Tierra. Entre sus cuerdas ves parejas, figuras que se han parado a amar extrañamente su ciudad, siluetas que tiemblan igual que tiemblan las sombras sobre las olas. Es lo más poderoso y lo más delicado, es el sueño del hierro y la poesía de la ciudad. Y te provocará nostalgia en cualquier parte.

   Tú también eres extraño, te ensalzas y te elevas sobre la locura del mar. Concibes una calma inconcebible, una infinidad de facetas y de miradas. Una dosis ajustada de vértigo te da la densidad que necesitas en tu vida. Cualquier otro ser que se cruza contigo lleva la misma emoción clavada en su rostro, el mismo asombro silencioso, la misma pasión oscura entre el océano y los hombres. Sobre el puente puedes superar los dolores subterráneos como Meryl Streep en “La decisión de Sophie” o con él a la espalda puedes tener conversaciones precarias de amor como en “Manhattan” de Woody Allen.

   Al pasar por el puente te convertirás en novela dentro de los ojos de otro que pase. Puedes decir con Hart Crane :”Umbral terrible de la promesa del profeta, / de la oración del paria y del gemido del amante”. O puedes exclamar con Walt Whitman: “Solo en la oscuridad es tu sombra clara”. O puedes sentir con Lorca en “Nocturno de Brooklyn Bridge”: “No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie./ No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie”.

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