Los setenta años de la muerte de Hitler

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Los últimos días de Hitler, del investigador británico Hugh Trevor-Roper, se publicó en 1947 y hoy es considerado como el libro que inauguró la Guerra Fría: los servicios de inteligencia ingleses detectaron que los rumores sobre la huída del Fuhrer eran promovidos por la inteligencia soviética, y decidieron enviar a Berlín al historiador para consolidar y narrar lo que había ocurrido realmente en aquel búnker el 30 de abril de 1945.

 

 


 

Stalin, convencido del poder del que era capaz de generar ese fantasma escondido en algún lugar del planeta, cuando supo que las tropas del Ejército Rojo habían dado con los restos (no del todo destruidos) del dictador y su esposa, Eva Braun, dio la orden-según cuenta el historiador Anthony Beevor- de no informar del descubrimiento ni siquiera al general Zhukov, quien dirigió la ofensiva final contra el Tercer Reich.

El País  informa que en los noventa del siglo pasado, con la perestroika en marcha, se supo que los soviéticos se habían llevado a Moscú parte de la mandíbula y puentes dentales de Hitler. Ese tesoro fue mandado a destruir por Leonid Brezhnev en los setenta. La ausencia de cadáveres y de restos ayudó a la proliferación de conjeturas. A una industria de conjeturas.

Beevor: El sistema de Stalin necesitaba la presencia de enemigos tanto externos como internos, porque temía rebajar la tensión. Cuando encontraron el verdadero cadáver del Fuhrer, llegaron de inmediato órdenes del Kremlin que prohibían que se dijese a nadie a nadie una palabra sobre el asunto. Resulta evidente que la estrategia de Stalin consistía en asociar a Occidente con el nazismo. En ese momento entra en escena Trevor-Roper.

Algo para no olvidar es que Stalin no sólo había firmado un pacto con Hitler, que los franceses se habían rendido a su máquina de guerra, que los ingleses tenían cantidad de adherentes nazis en la realeza y que los aviones aliados conocían, desde antes de que se decretara la solución final, la existencia de los campos de concentración. Para no hablar de los salvoconductos emitidos por la Santa Sede a criminales de guerra.

Trevor-Roper subraya la reunión del Fuhrer con sus generales, del 22 de abril; la traición de Heinrich Himmler; su matrimonio con Eva Braun un día antes de su suicidio; la huida de Martin Bormann, tesorero del Reich; el envenenamiento de los seis hijos de Joseph Goebbels antes de pegarse un tiro junto a su mujer, y el suicidio del hombre fuerte y de su esposa al otro día, previa orden de incinerar sus cadáveres.

El resto son especulaciones que si tienen algún eco de realidad es sólo porque existe un nicho de consumidores obsesionados por las tramas secretas, las conspiraciones y la verdad que dice que cantidad de nazis consiguieron trabajo y sueldo en múltiples países.

 

TELAM

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