Luces y sombras en el escenario de la calle

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Por: Héctor Anaya, Cassandra Colomar y María Márquez

Su lugar de trabajo es el espacio urbano. Su recompensa son aplausos, y con suerte, algo de dinero. Así es el día a día de un artista callejero. Son músicos, bailarines y malabaristas que llenan de vida las calles, que emplean las plazas públicas para desarrollar un modo de expresión alternativo. Pinturas que adornan las fachadas, acrobacias vertiginosas y acordes de violín mágicos… Todos se reúnen en estos escenarios improvisados.

Florin Albescu lleva media vida en Valencia. Llegó con su violín bajo el brazo cuando tenía 23 años. Ahora tiene 39 y a sus espaldas más de una década dedicada al arte libre. Fue su madre ciega la que le enseñó a tocar cuando no era más que un niño. Florín desde su más tierna infancia acompañaba a sus padres, feriantes y músicos, por las ciudades de su Rumanía natal. Tras pasar varios años montado en un andamio y sirviendo copas, encontró en la música callejera su vocación y su modo de asegurarse el sustento.

En el barrio gótico de Barcelona es fácil oír los cantos de Macarena Tejero. Esta barcelonesa de 53 años lleva tres en las calles de la ciudad condal. Aprovecha su afición y la formación vocal que ha recibido para llegar a fin de mes. “A mí desde siempre me gustó cantar y por cosas de la vida, perdí mi trabajo y en vez de quedarme en casa decidí cantar en la calle”. Macarena, a diferencia de Florín, es una mujer con recursos. Su marido trabaja en unos grandes almacenes y sus hijos estudian secundaria. Macarena lleva la vida de cualquier otro ciudadano medio, con la peculiaridad de que todas las tardes regala su voz a los transeúntes.

Florín y Macarena forman parte del grueso de artistas que hacen de la música su medio de vida. Algunos actúan por gusto, como es el caso de Fernando, un valenciano de 27 años que en sus ratos libres extiende su manta en el centro de Madrid y baila break dance al son de sus altavoces. Otros encuentran en el arte callejero un trabajo del que subsistir, a falta de un empleo mejor remunerado.

En los últimos años se ha complicado la situación para personas que no tienen los nuevos permisos que exigen las distintas ciudades, como Florín y Macarena. Solo en Valencia, se estima que tocan alrededor de 400 artistas callejeros, pese a que la legislación solo da permiso a poco más de la mitad, Las licencias se reparten entre músicos, caricaturistas y bailarines. “No tengo licencia, pero no robo ni hago daño a nadie”, cuenta Florín. Son los propios artistas que se reparten las zonas donde tocar. Aquellos que más tiempo llevan dejan los lugares que no quieren a los nuevos.

El Ayuntamiento de Valencia justifica la decisión de establecer licencias para actuar en la calle en la necesidad de actualizar la normativa. La anterior, que databa de 1989, se había quedado “obsoleta”. Surgió además la iniciativa de reunificar en un texto las distintas normativas sectoriales que habían ido naciendo. Según el concejal Félix Crespo, la normativa es necesaria, ya que “se trata de una ocupación del dominio público y de la realización de una actividad lucrativa”. Aunque si se atiende a lo que señaló el pintor francés Jean Dubuffet, “cuando los gobiernos se encargan de proteger a las artes, es el fin de todo”.

Pero, ¿hasta qué punto debería regularse la actividad de los artistas callejeros? ¿Deben o no pagar por usar el espacio urbano? ¿Han de pagar impuestos por su actividad?
Desde la plataforma Artistas Callejeros Asociados (A.C.A.), abogan por el diálogo y la conciliación ante todo. “Lo ideal sería que hubiera total libertad, pero en la sociedad en que vivimos, en la práctica se generan múltiples problemas que hacen necesaria, mal que nos pese, cierta regulación”. Es en Madrid donde la polémica saltó por primera vez hace dos años, cuando el Ayuntamiento impuso un examen obligatorio para obtener una licencia que permitiera tocar en la calle.

En Barcelona, por el contrario, cada cual es libre de actuar sin permiso. Eso si, siempre y cuando lo haga en uno de los 23 puntos del distrito Ciutat Vella. Andrei, que es acordeonista callejero, trabaja en el Raval, distrito barcelonés de Ciutat Vella. Este artista crea acordes sobre la marcha y reproduce una melodía tras otra. Al final de su jornada, en su gorra extendida sobre el suelo, apenas hay unos cuantos euros. Para él es suficiente, siempre y cuando no se coarte su independencia.

Macarena opina lo mismo. “No se debería limitar nuestra libertad en las calles. ¿Porqué van a tener que condicionarme y limitarme cuando no molesto a nadie?” Otras ciudades reducen las actuaciones del espacio público a dos tipos a través de una Ordenanza Municipal: las que están sujetas a una autorización previa y las que no. Las primeras se otorgan “muy excepcionalmente, y para casos muy señalados y puntuales”. Los artistas no pueden actuar de forma continuada en el tiempo. En cuanto a las “actuaciones musicales libres” que no la requieren, se realizan en un espacio amplio y en determinados horarios.

Son este tipo de medidas las que han provocado una gran indignación en los comediantes desde que empezaran a aprobarse. Florín, como muchos otros, está disconforme con la concesión de licencias en Valencia o Barcelona para poder tocar en parques y plazas o con el examen que deben superar. “Yo no lo sabía hasta que vino un día la Policía, creo que es tontería.”

El debate no solo es jurídico, sino político. Enfrentamientos como el del PP con los artistas en Palma este pasado mes de mayo son recurrentes. El Gobierno actual, aprovechándose de la mayoría absoluta, aprobó una ordenanza cívica que incrementa el poder de decisión de los agentes de la Policía, que a fin de cuentas, son los únicos responsables de decidir si multan o no. Biel Huguet, Portavoz de Padrins y Padrines flautes de Mallorca, fue uno de los primeros en sumarse a la protesta. “Esta normativa es un regreso a las cavernas, y a nuestro colectivo nos afecta directamente porque si nos reunimos más de dos en la calle, podemos ser multados”.

Marcos Rodríguez tiene 29 años y se dedica a pintar caricaturas tres tardes por semana en el parque de Viveros (Valencia): “me parece una gran estupidez estas decisiones políticas, el arte es el arte y da igual que se cuelgue en museos o en los parques. Yo tengo mi trabajo y esto lo hago porque me gusta y me ayuda a ganar un dinero extra”.

Tras tantos encontronazos con la ley, estos artistas se han reunido de manera natural en torno a colectivos que les prestan su apoyo. Asociaciones como Artistas Callejeros Asociados, Asociación Española y Comunitaria de Estatuas Vivientes y Teatro o la Asociación de Músicos de la Calle persiguen un mismo fin: ayudar a Macarena y otros artistas libres a defender sus derechos y a luchar por una condiciones de trabajo dignas, en la que se encuentren protegidos y amparados por la ley, no amenazados.
Son asociaciones que se encargan, a lo largo del territorio, de difundir y promover el arte callejero a través de actividades como teatros al aire libre, body art, exhibiciones de estatuas vivientes, conciertos, etc. La Asociación Española y Comunitaria de Estatuas Vivientes y Teatro se esfuerza día a día para dar voz a los artistas madrileños. Se puso en marcha con el objetivo de dignificar su trabajo y darles visibilidad a los que actúan en las calles, las plazas, los parques… Otro de sus objetivos es el de promover los espacios de uso público como foros generadores de arte para desarrollar su creatividad libremente.

Cuantas más leyes les restrinjan, más protección y reconocimiento exigirán ellos. Ya son más de un centenar de miembros. Otras asociaciones, como la catalana Músicos de la Calle ha logrado la regulación de las actuaciones musicales en el metro de Barcelona. Además, la plataforma ayuda a los músicos asesorándoles sobre aspectos legales y jurídicos referentes a las actuaciones en la vía pública.

Estas asociaciones, creadas en su mayoría por artistas, no tienen ánimo de lucro y están financiadas a través de donaciones. El dinero que reciben proviene de empresas o personas que se interesan por el arte en general, o por alguno de sus proyectos en particular. La asociación Titirilandia organiza teatros de marionetas por los parques de Madrid. Es uno de esos grupos que lucha por acabar con los tópicos que rodean la profesión. No por trabajar con una gorra extendida sobre el suelo se convierte uno en mendigo.

Muchos de estos artistas no solo pagan un alquiler, sino que son personas formadas en escuelas y academias de arte. Macarena recibió formación en solfeo y canto, ya que la música es una pasión que siempre ha llevado dentro y que, durante años, compaginó con su empleo.

Marcos no se considera un necesitado. “Tengo mi trabajo, mi familia, mis amigos, aunque vivo en casa de mis padres por la situación económica. Para sacar unos euros, me gusta aprovechar mis estudios de arte y mi pasión por el dibujo. Pero no tengo necesidad de hacerlo, solo me gusta compartir mis cuadros y hacer caricaturas”.

Parte de esta visión se debe al papel de la industria del entretenimiento. Durante décadas, esta se ha encargado de dirigir al público hacia formas más institucionalizadas del espectáculo, productos creados por grandes corporaciones y alta tecnología. Los músicos o los bailarines callejeros parecen personajes anacrónicos sacados del siglo XX, sin embargo, son tan reales como el arte que muestran y como los transeúntes que logran emocionar.

Es difícil entender por qué en algún momento una persona se convierte en un artista de la calle. Uno se pregunta por qué alguien con la posibilidad de llevar un estilo de vida más coherente dentro de la sociedad, se enfrenta a una elección de vida de este tipo. Estos testimonios nos responden: el hecho de estar en la calle no significa ausencia de talento o de formación, sino, tal vez, solo falta de oportunidades. Figuras tan conocidas como la cantautora francesa Edith Piaf, los españoles Macaco o Camaron o el cantante de jazz Louis Armstrong comenzaron sus andanzas profesionales en calles y plazas.

Mientras estos temas vuelven una y otra vez a las páginas de los diarios, Florín, Fernando, Macarena o Marcos siguen su camino: se levantan, ensayan y se preparan para salir a las tablas un día más. Porque como dijo el escritor mexicano Doménico Cieri, “Allí está, el fastuoso escenario de la vida para los que saben mirar un poco”.

 

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