Yanina, un sueño de Lord Byron

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Antonio Costa Gómez
Fotos: Consuelo de Arco

Estábamos en Yanina, al norte de Grecia. Allí el albanés Alí Pachá mantuvo un estado independiente a principios del siglo XIX, desafiando al imperio turco. Lord Byron lo visitó y lo enalteció en su “Childe Harold”: “En un pabellón de mármol donde un manantial/ de aguas llenas de vida saliendo de un centro rosado/ cuyas burbujas soltaban una frescura genial/ y unos sofás voluptuosos alentaban el reposo,/ Alí estaba reclinado, un hombre de guerra y de ataques,/ pero entre sus facciones eso no se podía distinguir/ mientras la Gentileza irradiaba en él suavidades/ a lo largo de su rostro venerable de anciano”. Su corte fue un refugio de escritores y de artistas. Los turcos lo capturaron con trampas y le cortaron la cabeza.

     Nos alojábamos dentro del perímetro de las murallas, en un apartamento encantador con vistas a la calle mayor. Ella hacía espaghettis y yo tomaba ouzo después de las comidas. Se lo había comprado a una viejecita que vendía de todo en su tienda y sonreía siempre. Merodeábamos por las calles del recinto interior. Rodeábamos las murallas donde había iluminaciones sugerentes y puertas secretas y esculturas escondidas.

   Fuimos hasta la ciudadela y subimos al recinto empedrado. Vimos la mezquita de Fethiye, construida por los otomanos en el siglo XVII. Al lado estaba la tumba de Alí Pachá, metida en una extraña campana transparente de hierro forjado. Le hicimos un homenaje como símbolo de libertad aunque él tampoco se andaba con historias cuando alguien no le hacía caso. Desde los parapetos se veía el lago con la isla y la distancia hacia las montañas del Pindo.

   Por las calles del centro histórico uno se perdía y se encontraba, aparecían mezquitas abandonadas y palacios ruinosos, había viejas casonas en ruinas, uno se encontraba museos solitarios. En las afueras de uno había piedras inmensas y molinos de épocas clásicas. Se veían frescos borrados y viejas glorias nostálgicas. Había sido una ciudad gloriosa y ahora es una ciudad que nadie nombra. Y tenía ese encanto arrebatador de la inexistencia.

   Junto al lago había un tiovivo cuyos caballos se reflejaban galopando en el agua. Había toda una feria con atracciones infantiles y extraordinarias fiestas secretas. Uno sentía una nostalgia infinita al ver tanta belleza silenciosa. Nos podríamos quedar mucho tiempo en Yanina sin que nadie preguntara por nosotros.

   En medio del lago Pamvolis había una isla alucinante, Nissi, con la arquitectura más mágica de las islas griegas, pero en aquel caso se trataba de una isla que prácticamente no estaba en ninguna parte, no había llegado a ella el turismo ni la vida moderna. Había callejuelas empedradas con casas de piedras encaladas de colores, con galerías y aleros, y con placitas fuera del tiempo. Había bares que daban hacia el puerto donde se notaba el bullicio fantasmal de los barcos callados que llevaban a la urbe. El pueblo estaba fuera de todas las coordenadas, envuelto en un olvido místico, propio para olvidarse de todo.

     Paseamos por la isla y había unas iglesias con frescos bellísimos de estilo bizantino, donde figuras de colores intensos que se humedecían seguían esperando a los increíbles seres que se acercaran allí. En el monasterio de Filantropinon te miraban Aristóteles y Platón. En el monasterio de Pantelimon ejecutaron a Alí Pachá. Le hicieron creer que lo perdonaban. Estábamos completamente solos, un cuidador nos había abierto de manera sonámbula y nos había dejado allí. Parecía que solo existían las figuras en el mundo ilusorio de oros y rojos de las pinturas y todo lo demás se evaporase. Nos acercábamos a la orilla y los jacintos se estaban comiendo el lago y no dejaban acercarse a las barcas. Decían que aquellas plantas amenazaban con ocultar todo el lago. Como en una película de fantasía mágica. Y regresábamos en el barco al atardecer, con el alma repleta de inconcretas nostalgias, y nos recibía la fiesta de las atracciones reflejadas en las aguas. Era algo arrebatador y fantasmal.

   Paseamos un poco por la parte nueva y había una plaza dedicada a la libertad con edificios de estilo nacional griego de la época de la independencia. Los griegos tenían que recordar continuamente que se habían liberado de los turcos. Y al lado había una torre del reloj con primores, y unos palacetes con jardines de palmeras. Nos sentamos en una cervecería con personalidad y vimos pasar a la gente con una cerveza profunda e interminable. Aquello era la gran ciudad antes de llegar a Albania. Al día siguiente tomaríamos un autobús hasta Albania.

Dicen que esa ciudad la fundó Justiniano. Que estuvieron allí los normandos. Que en la época otomana convivían allí todas las religiones. Para nosotros fue algo íntimo y encantador antes de dirigirnos a Albania. Fue como estar en una Grecia sin sobar por los turistas ni por las ruedas de los autocares. Como entrar en la intimidad de Grecia. Cuando Grecia se pone sentimental contigo, y te dice cosas al oído, y te cuenta viejas historias junto a una copa de ouzo.

 

 

 

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