PASEANDO POR LA EAST SIDE GALLERY DE BERLÍN

East Side Gallery. Foto de Mónica GrimalEast Side Gallery. Foto de Mónica Grimal

 

En 1979, el rocoso jefe absoluto de la Unión Soviética, Leónidas Breznev, le daba este pico al presidente de la RDA, Erich Honecker. Aunque casi sea un morreo, ellos lo llamaron beso fraternal para rubricar con saliva la unión entre los dos países. Unos diez años después, el artista ruso Dimitri Vrubel lo recordaba en los restos del Muro de Berlín, y lo rebautizaba como “beso de la muerte”. Esta imagen tal vez sea una de las más emblemáticas de la East Side Gallery, en la que se reconvirtieron los poco más de 1.300 metros de Muro que resisten de los aproximadamente 45 kilómetros de tapia infranqueable que separó el Berlín este del oeste.

A orillas del río Spree se mantiene este tramo de Muro, mientras que por el resto de la ciudad se puede ver su trazado marcado por adoquines. Se ha conservado poco más de un kilómetro como recuerdo de aquellos tiempos, y todavía resiste a los ataques urbanísticos. Si bien, de vez en cuando suenan amenazas de derribo, porque su ubicación entre los barrios de Friedrichshain y Kreuzberg, es muy golosa para los constructores ávidos de negocio.

Sin embargo, ahí resiste en pie como lección del pasado. Pasear a su lado es agradable y revelador, tanto de acontecimientos del pasado como del presente. Así lo piensan los miles de turistas que llegan hasta aquí y se esquivan buscando fotos novedosas del colorido de las pinturas que recubrieron la vergüenza gris del hormigón. Tampoco es extraño que esos turistas, y también los berlineses, además de fotos quieran dejar su impronta en el Muro en forma de ridículas firmas, grafitis y testimonios tipo “yo, fulan@, estuve aquí con mengan@ ayer”. De hecho, los murales de la East Side Gallery tienen que ser limpiados de este tipo de leyendas constantemente, e incluso se llamó hace unos años al propio Vrubel para que repintara su obra.

 

El Muro de Berlín. Foto de Mónica GrimalEl Muro de Berlín. Foto de Mónica Grimal

 

Lo dicho. Una kilométrica lección de historia y de presente. Se recuerdan tiempos no muy lejanos en los que la gente se jugaba la vida por ir de un barrio a otro de Berlín, quizás solo a reunirse con su hermano. También se evoca a políticos que dan besos opresores. Además, si uno se informa se descubre como el urbanismo más capitalista, que busca la inmediatez del enriquecimiento y poco le importa aprender del pasado,  sigue acosando a este triste símbolo comunista. O se comprueba como los grafitis alcanzan la categoría de arte urbano, olvidándose de sus orígenes para calificar de vándalos a los grafiteros que no cobran.

 

Noticias Otros Medios

Deja un comentario