Los objetos de existencia

Por Carlos Almira

Cuando pienso, no en la Realidad en sentido fuerte sino en mí aquí y ahora, veo a alguien escribiendo en su ordenador estas líneas, que van apareciendo en la pantalla. En rigor, no veo a Carlos Almira, ni menos aún al hombre en general, sino a ese alguien (yo) que está escribiendo esto. Realmente no lo veo: más bien lo intuyo como algo innegable en su inmediatez. Ese alguien que escribe esto ahora, en su cuarto, junto a la ventana, a diferencia del hombre en general y de Carlos Almira, pero también del “yo”, de la conciencia de que hablaba Descartes, no puedo separarlo del resto de objetos y sucesos que empiezan en esta habitación y siguen más allá, hasta un borde indeterminado, acaso indefinible: la mesa, el teclado, las cortinas, los libros, el paisaje que se extiende tras los vidrios, la mano que teclea… en una trabazón indestructible y fugaz. Esto es lo que llamo los Objetos de Existencia.

Los Objetos de Existencia limitan con la Realidad en sentido fuerte. Pero a diferencia de ella, yo puedo intuirlos y, en la medida en que me siento en todo momento parte inseparable de ellos, inmerso en su inmediatez sin contornos, puedo también, pensarlos.

Tan accidental nos parece una calle a una hora cualquiera como un incendio o el trino de un pájaro. Esta es la parte de las cosas que se nos escapa en todo momento, y en cierto modo nuestro mundo construido es un intento desesperado de asirla, o al menos de reducir su incertidumbre. Y sin embargo, es la realidad última en la que estamos. ¿Puede pensarse el instante?

Si nuestro mundo construido no constituye la realidad primaria pero, a diferencia de ésta, nos permite un cierto margen de intervención y planificación y además aporta su inventario (que será hoy distinto al de un día cualquiera de la antigua Roma), entonces está en nuestra mano y es nuestra responsabilidad, “colorear” lo real; es decir, lo vivido. Somos responsables, para bien y para mal, al menos de una parte del escenario donde se juega lo imprevisible de la vida, el aquí y ahora. Así, aunque yo no puedo anticipar la vida en la que se verá envuelto este arbolito, sí está en mi mano plantarlo en esta calle, etcétera. Y quien dice un árbol, dice un instrumento musical, una creencia, una relación, una costumbre. Somos los tramoyistas de un drama desconocido, y como tales participamos también de su miseria y su esplendor.

Hay gente que nunca se ha mirado las plantas de los pies aunque se sostiene sobre ellas. Así nos ocurre con nuestro aquí y ahora, con los Objetos de Existencia. En este sentido, la vida pasa por encima de su propio saber, como un hombre que salta sobre su propia sombra.

 

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