Historias y esculturas en L’Ampolla

 

Escultura de Adriano VI

Escultura de Adriano VI

Un sacerdote holandés nacido en Utrecht, por azares del destino, acabó siendo el Obispo de Tortosa en Tarragona a principios del siglo XVI. Poco después, el emperador Carlos V hizo todo lo posible para convertirlo en el nuevo Papa de la Cristiandad. Él, un poco o bastante a disgusto, tuvo que aceptar el cargo. Así que embarcó en el pequeño pueblo tarraconense de L’Ampolla camino de Roma.

Aquel episodio se recuerda todavía en la actualidad con una escultura del Papa Adriano VI en el Paseo Marítimo de la población. No es la única escultura que uno se encuentra mientras camina por este remozado paseo a orillas del Mediterráneo. Otra obra artística de las que se descubren es El Vaixell de la Historia. En ella se evoca un barco de vapor francés que fue hundido frente a la costa de L’Ampolla por un submarino alemán durante la Primera Guerra Mundial.

No obstante, quizás la escultura más atractiva del Paseo Marítimo sea la que se llama El lector. Representa a un tipo leyendo y tumbado frente al inmenso azul del mar. Un plan ideal para cualquiera que visite L’Ampolla, y parece ser que esto era en realidad lo que le hubiera gustado más a Adriano VI, y no irse hasta Roma a servir a Dios y sobre todo a politiquear en favor del Emperador.

 

El Vaixell de la Historia

El Vaixell de la Historia. Foto de Mónica Grimal

 

Hoy si pasara por aquí Adrian Florensz, que era el nombre real del Pontífice, descubriría que aquel pueblo de pescadores se ha convertido en un atractivo foco turístico. Pero que aun así ha sabido mantener su esencia, porque no es un destino masivo, sino todo lo contrario, todavía es uno de esos lugares de la costa mediterránea española que no son agobiantes durante la temporada alta. Se puede pasear tranquilamente, tomarse un poco de pescado o marisco en sus terrazas, sentarse a pescar y bañarse en sus tranquilísimas aguas sin disputar cada centímetro de playa con el vecino.

Y sobre todo es un lugar ideal como base de operaciones para recorrerse el Delta del Ebro. A poder ser en bicicleta. Una inmensa planicie de arrozales donde los reyes absolutos son las aves. Garzas, garcetas, garcillas, flamencos o cigüeñuelas disfrutan de estos arroces, de los cangrejos, ranas o anguilas que viven por aquí y sobre todo de la infinidad de insectos que abundan por el humedal.

 

El Lector.Foto de Mónica Grimal

El Lector. Foto de Mónica Grimal

 

De hecho, moscas y mosquitos acompañan a los turistas en la zona. Es como un pequeño peaje por viajar a esta zona costera amable, curiosa y atractiva. Así que si se visita nunca hay que olvidarse el protector solar para las largas horas de playa o de paseos, ni el repelente para evitar las picaduras de los mosquitos. Solucionado eso, ya solo queda gozar del lugar.

 

 

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