Contra la desesperanza.

En un libro desmentido por los hechos, el autor de estas líneas comparaba la mal llamada “primavera árabe” con la Revolución Francesa y, en general, con el proceso histórico que permitió, en los siglos XVIII y XIX, la superación del Antiguo Régimen por las revoluciones liberales burguesas. Esta comparación, siendo excesiva, puede arrojar acaso, aún alguna luz sobre los acontecimientos políticos actuales.
La segunda década del siglo XXI parecía llamada a democratizar al bando vencedor de la Guerra Fría, del mismo modo, y con el mismo resultado final decepcionante, que las décadas de 1980 y 90 parecieron abrir una primavera de libertades y derechos en el mundo comunista. Hechas dos salvedades: la primera, que las revueltas sociales y políticas en el antiguo mundo comunista (aun aquellas que fracasaron, como la de la Plaza de Tiananmen), crearon la apariencia de una verdadera liberación social, cuando en muchos aspectos fundamentales, sólo cambió la forma en que los menos, casi los mismos, mandaban y explotaban al conjunto de la sociedad; y la segunda, que la primavera política en el llamado occidente triunfante empezó por la periferia, en el seno de los regímenes autoritarios árabes, antes de trasladarse al centro, a raíz de la crisis de 2007, con la aparición del llamado movimiento de los indignados.

 

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En todos los casos el resultado, sin embargo, aun siguiendo caminos muy distintos (guerra civil en Siria, Estado fallido en Libia, Dictadura militar-parlamentaria en Egipto, régimen pseudoliberal en Túnez, fraude gubernamental y decepción en Grecia, Islandia, etcétera), las esperanzas, las espectativas de buena parte de la sociedad civil, que se echó a la calle y ocupó las plazas como un primer paso fallido hacia la Democracia, se han visto defraudadas.
En un espacio intermedio, a efectos de análisis, el caso de Ucrania combinaría un movimiento civil interno, de aspiraciones similares a las mencionadas (democratización del estado y la sociedad), con una lucha descarnada y soterrada entre dos imperios, occidente y Rusia, por los despojos periféricos del bloque soviético, lo que habría degenerado en una situación única, a medio camino entre la guerra civil y la guerra internacional.
En todos los casos, las esperanzas de la sociedad civil se han visto defraudadas. En esto al menos, el resultado ha sido idéntico al de la primavera de los años 1980/90 en el mundo comunista, que desembocó, por ejemplo, en el capitalismo de mafias de Rusia y la antigua Europa del Este, por no hablar del modelo Chino de Partido único y mercado libre. Parece como si la Historia diera la razón a los fatalistas y a los resignados. No hay nada que hacer. Desde que el mundo es mundo, la historia y la política son el terreno del engaño, la fuerza, la violencia y el cinismo. El ser humano es un lobo o, en su defecto, un borrego. No hay nada que hacer.
El último episodio de esta historia de desesperanza ha sido la traición del gobierno de Grecia, no sólo a sus propios principios e ideales, y al amplio sector popular de aquel país (que demostró en el referéndum estar dispuesto a todo menos a perder su dignidad), sino a las esperanzas de numerosos movimientos sociales y políticos en Europa, que esperaban, esperábamos, ingenuamente, que la crisis griega sería el primer paso de la democratización. Han ganado los de siempre. ¿Es que podía ser de otra manera?
El pensamiento es el último refugio de la decepción. El lunes, cuando supe que el gobierno de Tsipras malvendía todas estas ilusiones, recordé el verso inmortal de Li Bai: “Todo lo que veo me entristece”. Sin embargo el pensamiento, aun, sobre todo en las causas perdidas, es el último baluarte necesario.
¿Por qué han de ganar siempre los mismos? Porque son los más fuertes. ¿Por qué hemos de amoldarnos a sus preferencias, a sus deseos y sus necesidades, todos los demás, pueblos, individuos, partidos y gobiernos? Porque ellos son los más fuertes. Es decir: porque los demás somos incapaces de imaginarnos un mundo sin ellos. Basta con que nos cierren los cajeros automáticos una semana (¿pero qué pasaría si inutilizasen todos nuestros teléfonos móviles, no una semana sino sólo dos días? ¿Qué índice de suicidios, divorcios, vandalismo sin freno, etcétera, se desataria a escala planetaria, en nuestras pacificadas sociedades? Los que mandan no son los ricos, ni menos aun los gobiernos, por amplia que sea su mayoría parlamentaria, sino aquellos que tienen en sus manos, distantes, invisibles, la posibilidad de trastocar nuestro mundo cotidiano. Ellos son quienes definen los límites de nuestra vida, de nuestra realidad.

 

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¿Siempre? No: Uno puede también salirse de este mundo, por la vía individualista, radical, filosófica o religiosa de un san Francisco de Asís o un Diógenes de Sínope (¡ay, el papa Francisco!). Pero también puede sumarse, con la reflexión y saliendo a las plazas, a la inmensa minoría que cada vez es más capaz de imaginarse o incluso, sufrir (el 60% de los griegos que votaron en el referéndum de la dignidad, lo ha puesto de manifiesto), un mundo con los cajeros automáticos cerrados y los móviles sin señal.
Para ellos, para mí mismo, escribo. Sólo viviremos una vez.

 

 

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