Una visita a Carcasona

La Ciudadela de Carcasona. Foto de Mónica Grimal

La Ciudadela de Carcasona. Foto de Mónica Grimal

 

En muchas webs, revistas de turismo, guías, folletos o programas de televisión se cita a la ciudadela francesa de Carcasona como una de las fortalezas medievales mejor conservadas del mundo. No. No es cierto. No lo es en el sentido de conservación del patrimonio que se tiene hoy.

Cuando se visita Carcasona no se puede decir que se pasea por el castillo por el que andaría Pipino el Breve o el que conoció su hijo Carlomagno para frenar a los musulmanes que ya tenían conquistada la Península Ibérica. Tampoco es exactamente el bastión desde el que los cátaros dominaron toda esta zona del sur de Francia.

Es cierto que aquí se asentaron siglos antes de Cristo los íberos, que luego llegarían los romanos y que mucho después se instalaría la dinastía Trencavel como vizcones de Carcasona, quiénes construirían el Palacio Comtal. Pero de lo que vieron todos esos personajes a lo actual hay múltiples cambios. Entre otras cosas, porque llegó un momento que semejante fortificación carecía de sentido, especialmente ya en el siglo XVII cuando Francia y España firmaron la Paz de los Pirineos.

A partir de ese momento, las torres, murallas, almenas o pasos de ronda que habían resistido en pie, fueron abandonándose y lo que definitivamente caía en la ruina, no se recuperaba. Incluso entre la zona de los dos anillos de murallas, se fueron instalando los habitantes menos pudientes de Carcasona.

Pero en el siglo XIX, llegó el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc. Este encontró el apoyo de un erudito local llamado Jean Pierre Cros-Mayrevieille y  también del inspector de monumentos franceses, un tal Prosper Merimée, quién en sus ratos libres escribía novelas como la famosa Carmen. Juntos emprendieron la restauración de la Ciudadela de Carcasona.

Estamos hablando del siglo XIX, y los conceptos sobre restauración eran bien distintos a los actuales. Hoy en día la tendencia es restaurar el patrimonio histórico con un criterio de respeto absoluto, sin poner una piedra de más. Y si se hace, remarcarla suficientemente para distinguir qué es antiguo y qué es moderno. Sin embargo, en Carcasona eso no se hizo así. Se realizó con criterios decimonónicos en los que la imaginación tenía un papel importante. En realidad, Viollet-le-Duc, basándose en los restos que había, su amplia formación y las posibilidades de su época, hizo una reinterpretación y no dudó en inventarse todo aquello que creyó conveniente para el embellecimiento del lugar y el aumento de su atractivo.

 

Paseando por la turística Carcasona. Foto de Mónica Grimal

Paseando por la turística Carcasona. Foto de Mónica Grimal

 

¿Criticable? Tal vez, hoy en día. ¿Efectivo? Sin duda. Emprender semejante obra es más que admirable. Y el resultado para los habitantes actuales de Carcasona no puede ser mejor. Muchos de ellos viven de la arquitectura del siglo XIII, transformada en el XIX y explotada con las técnicas del XXI. En realidad, al entrar a la ciudad se aprecia su apariencia histórica, pero sobre todo se abruma al visitante con infinidad de museos, exposiciones, actividades, etc… todas inspiradas en el Medievo y todas  a golpe de euros. Y sin ningún pudor, se ocultan fachadas y edificios tras las enormes sombrillas de las terrazas o los carteles de los restaurantes y tiendas de recuerdos.

¿Hay que visitar Carcasona? Salvo que uno sea un estricto purista, por supuesto que sí.
 

 

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One Response to Una visita a Carcasona

  1. Todo Ocio Viajes 24 julio, 2015 at 1:16

    Muy interesante reportaje el cual me ha recordado a la canción de Jacques Brel – Jacky-
    Todo Ocio 🙂

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