Eminescu, sueños en Bucarest

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Por Antonio Costa
Fotos: Consuelo de Arco

 

 

   La felicidad es imposible en este mundo. Eso es lo que nos dice el poeta Mihai Eminescu en su poema “El lucero”. “Érase una vez, como en los cuentos,/ érase una vez, como nunca,/ de una gran familia imperial/ una muy hermosa doncella”. Un lucero entra con sus rayos todas las noches en su cuarto cuando ella está más sola y es ella misma. Y ella se enamora del lucero y tienen una relación muy intensa. El lucero incluso se plantea perder su condición inmortal para reunirse con ella. Pero los dioses del firmamento no lo permiten; él tiene que seguir brillando en lo alto inalcanzable. Y al final se lamenta: “Viviendo en vuestro mezquino círculo/ os conduce la suerte,/ pero yo en mi mundo me siento/ tan inmortal como frío” (traducción de Mihaela Giurca, en Cátedra) . También Ernesto Sábato plantea que la plenitud no está en las alturas heladas de las estrellas sino aquí en la tierra esperando la muerte. También los ángeles de “Cielo sobre Berlín” de Wim Wenders añoran la carne y la sangre de las personas que caminan por las calles.

   Una vez Consuelo y yo íbamos en un viaje muy largo por tierra hasta el Cáucaso y paramos un día en Bucarest. Y justo enfrente de nuestro alojamiento, en Lipscani, 19, en un edificio de estilo neorrenacentista, había una placa que indicaba que allí había vivido Mihai Eminescu, el gran poeta de Rumanía. Y me sentí muy emocionado y se lo dije temblando a ella. Entramos en un patio con una fuente y miramos con añoranza las escaleras pero el edificio estaba en obras. Y allí no había ningún museo ni nada parecido. Ella como siempre se planteaba llamar a las puertas, preguntar a la gente si sabía algo de Eminescu, compartir nuestro descubrimiento con ellos. Pero no había nada que hacer, ya era bastante emocionante haber visto aquel muro y aquella placa.

     La calle Lipscani es una de las mas sugerentes en la parte antigua de Bucarest, una de las que no arrasó Ceaucescu para levantar sus edificios mastodónticos y kafkianos. Se llamó así en el siglo XIX por los comerciantes de Leipzig que la frecuentaban.   Cuando nosotros estuvimos aún se veían edificios elegantes y nostálgicos, fachadas neoclásicas, fantasías art nouveau. Y también había muchos restaurantes animados, cervecerías con plantas, bares vibrantes,   cruces llenos de gente,   actividades juveniles, hasta llegar al río Dambovita.

   Allí en la esquina vimos un pasaje cubierto tan sugestivo y literario como los de París, el pasaje Macca-Villacrosse. Estábamos alucinados al caminar bajo aquella cubierta de cristal que serpenteaba y provocaba intimidades, veíamos ventanas con cornisas y arcos, cafeterías con sillas de mimbre, galerías de arte, librerías secretas, negocios antiguos, imágenes de países lejanos, cristaleras con plantas donde meditaban intelectuales, ventanales que se abrían al espacio interior, una vibración oculta de atmósferas y de latidos. Nos quedamos fascinados, evocamos toda una vida de levedad y de pasión, de ligerezas profundas y de honduras pasajeras. El pasaje termina por sorpresa en la avenida de la Victoria y de repente desde la intimidad para hacer declaraciones de amor o inventar poemas se pasa a los grandes espacios para atravesar Europa. La gente está atrapada en tópicos caseros sobre los distintos países , pero a nosotros Bucarest nos pareció una ciudad muy animada y muy entusiasta donde nada estaba muerto, empezando por un transeúnte que se llamaba Horacio y nos dijo al preguntarle algo: ¿en qué idioma quieren que conteste: inglés, alemán, francés, italiano, latín?

     Mihai Eminescu murió a los 39 años en 1889. Nació en Ipotesti, Moldavia y estudió en Viena. En Viena y en Berlín se dedicó a la bohemia y a los amores. Vivió en Iasi como bibliotecario y luego se trasladó a Bucarest como director del diario “El tiempo”. Luchó contra el dominio austriaco y por la integridad de Rumanía.   Era muy pesimista y estaba muy influido por Schopenhauer. Se le ha comparado con Leopardi y en Recanati hay una placa con un busto y un poema suyo. Habla de la infancia , de los bosques que rodeaban su pueblo. Hay en él una nostalgia y un ansia de absoluto. Podríamos decir que tenía saudade como un gallego o un portugués y si nunca escuchó fados tal vez podría escucharlos. Paula Romanescu, que lo tradujo al francés, dijo de él: “Hiperion en el cielo del verbo que conoce la amargura de nuestras lágrimas, es la puerta a la cual nuestros ojos mirarán siempre”.

 

 

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