DANZIG, LA VISION DE SCHOPENHAUER

 

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Por Antonio Costa

   Una vez, hace más de veinte años estuve en Danzig. Recorrí la Vía Real desde la Puerta Dorada hasta la Puerta Verde en el puerto. Eran espléndidos aquellos edificios solemnes de la ciudad hanseática que comerciaba con todos los puertos. Me asombré con el Viejo Ayuntamiento y el reloj negro con rayos dorados. Me quedé asombrado con la Fuente de Neptuno con su gran reja y sus jarrones en las esquinas. Y detrás estaba la Casa de Arturo con sus balaustradas y sus remates orgullosos. Y me encantó la vertical Casa Dorada que tenía un concilio de figuras esbeltas apoyadas en las columnas.

   Y al llegar a la Puerta Verde me llamó la atención el largo muelle enfrente de la Isla de los Granos. De allí salían barcos poderosos para todas partes. Me quedé espantado con la Grúa más grande del mundo y su armazón desmesurada que aún conserva el mecanismo para levantar mercancías. Pero allí instalaron hace tiempo un Museo del Mar. Y delante en la isla hay más artilugios para soñar con el mar.

   Y luego me fui por la calle Mariacka hasta la catedral de Santa María. Las agujas increíbles destacaban entre los árboles, parecía que sirvieran para hacer encajes en lo alto. Era una construcción de ladrillo gigantesca con una torre rodeada de contrafuertes. Me pareció que había un nido de cigüeñas en lo alto de la torre, tal vez era una alucinación. No sería extraño, me dolía la cabeza todos aquellos días, y creí que me iba a morir. Cuando piensas eso , aunque sea absurdamente, miras las cosas con mucha más intensidad. Sientes la extrañeza de estar en la tierra. Al lado de la catedral estaba la Casa Inglesa con sus fachadas en forma de grandes gabletes.

   Schopenhauer nació en el número 45 de la calle Swietego, paralela a Mariacka, en 1788. Su madre se quejaba de que la ciudad decaía desde que la habían ocupado los prusianos, pero aún tendría mucho que decir en la Historia. Fue tan deseada que hasta la nombraron Ciudad Libre y se convirtió en pretexto para iniciar la Segunda Guerra Mundial. La casa del filósofo estaba muy cerca de la Gran Grúa y supongo que jugaría delante de ella. Y pasearía por el gran mercado en el que acaba la Vía Real y correría por la Isla de los Granos y ya adulto tomaría salmón en el restaurante Lososiem del siglo XVI. Y vería llegar y salir los barcos con todas las riquezas del mundo. Tal vez se le ocurrió que el mundo era esencialmente Voluntad cuando vio el dinamismo tremendo de aquella ciudad y aquel puerto que tenía toda la vitalidad del Báltico y de todos los mares.   Para él el mundo era voluntad y representación, la esencia de todo era la voluntad , y se manifiesta en innumerables representaciones. Las primeras emanaciones de la voluntad son las ideas platónicas, que son vivas y creadoras, no son abstractas y muertas como los conceptos. El arte da a conocer las ideas, pero la música, que es el arte más profundo, da a conocer la voluntad misma. Es una visión del mundo torrencial y arrebatadora, y lo perenne destaca sobre lo pasajero, como el arco iris sobre la cascada. Los grandes genios llegan a captar con sus visiones ese arco iris. Recuerdo cuando leí esa visión apasionante , “El mundo como voluntad y representación” , a los veinte años en Lugo, lo devoraba con pasión, me parecía asistir a un gran espectáculo, la vida se me hacía más interesante que nunca. Y también lo era aquellos días en Danzig.

   Desde el puerto regresé a la Puerta Dorada y visité el Museo del Ámbar, que es esa vitalidad de hace millones de años guardada para nosotros para siempre, insectos raros y hojas de otoño metidas en resinas fósil para recordarnos tan viejos tiempos. Es como el lirismo de otras eras traído hacia nosotros, como si la tierra se pusiera confidencial para nosotros. Había tiendas de ámbar por todas partes, con collares y colgantes y broches de todas clases, y me quedaba mirando encantado, como si fueran músicas silenciosas metidas en formas variadas de color de miel. . Pero si un día vuelvo me meteré en el pub Fantasma , en la calle donde nació Schopenhauer, para meditar sobre el tiempo y la supervivencia al lado de un piano polvoriento y dibujos de apariciones.

   Tal vez Schopenhauer concibió el mundo como voluntad al ver su ciudad voluntariosa donde todos querían hacer algo. Era una ciudad que quería constantemente algo y él debió de quedar alucinado ante aquel espectáculo. Y más tarde debió de desengañarse, dijo que la voluntad es frustración constante, siempre queremos sin fin, lo mejor es no querer nada como los budistas , y centrarse en el quietismo estético, en la contemplación de todo a través del arte. Sin embargo no se ciñó mucho a ese programa, su personalidad fue combativa hasta el final de su vida y no tenía pelos en la lengua. Y tampoco Danzig, donde surgieron artistas y escritores. También allí nació Gunter Grass muchos años después e inventó en “El tambor de hojalata” a aquel niño Oscar que con su tambor desatado iba rompiendo cristales. Siempre fue algo desmesurado y bullente Danzig. Y todos la quisieron, y jugó a no ser de nadie un tiempo, y a ser la capital del mar, como si la ciudad se fuera por el agua. Pero ahora la tienen los polacos. Y en realidad no se llama Danzig, se llama Gdansk.

 

 

 

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