Albania, el Tíbet de Europa

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Por Antonio Costa

Fotos: Consuelo de Arco

       Albania está en Europa pero se conoce menos que el Tibet. Es la noche de Celine, el “corazón de las tinieblas” de Conrad. Su soledad es su independencia, su cualidad de indómita , su resistencia. En “Remando al viento”, de Gonzalo Suárez, Byron lanza a sus el canto de las montañas de Albania, que es un grito de la naturaleza. En sus montañas hay castillos, ciudades medievales, valles remotos, iglesias pintadas bizantinas, ríos profundos, lagos increíbles, santuarios sufíes. En sus costas hay ruinas ilirias y griegas y romanas, playas vírgenes, acantilados impresionantes, castillos colgando del agua, colonias de pelícanos.

     “Abril quebrado” de Ismail Kadare o “Piel de perro” de Fatos Kongoli fascinan. El “Ciclo de los paladines” es antiguo y mágico como los cantos homéricos. Skanderberg contuvo a los turcos y fue cantado por Ronsard, Voltaire o Vivaldi. Ernesto Sábato se enorgullecía de su madre albanesa y exalta a Skanderbeg en “Abbaddon el exterminador”, y recogió con emoción el premio Albania en Tirana, y un hombre fue a decirle que resistió las cárceles de la dictadura gracias al recuerdo de sus libros. Los malos de Harry Potter se refugian en ella. Tintin salvó a Sildavia/ Albania de ser anexionada por Borduria.

     Hace unos años Consu y yo visitamos Albania. Queríamos ver países que no salen en las guías, que no han pisoteado millones de turistas con bermudas, que no están en la industria del turismo. Nos atraía Albania escondida detrás de sus acantilados. Entramos en ella desde el norte de Grecia por carretera.

   En Girokaster (que significa “el castillo de plata”) subimos al castillo , recorrimos las mil escaleras, espiamos las casas tradicionales. Fuimos a la casa donde Doña Pino, el personaje de “Crónica de piedra” de Ismail Kadaré, que siempre decía “esto es la hecatombe”, cosía sus vestidos de novia hasta que los nazis la colgaron por sabotaje al ver sus agujas.

   En Berati observamos las mil ventanas, vimos la iglesia colgada sobre el río que casi es inaccesible, visitamos mezquitas donde no hay tanta solemnidad como en otros sitios, subimos al castillo fantástico, apreciamos en los frescos de las iglesias el color rojo de Onufri, que ponía a sus personajes una mirada misteriosa que se ha comparado con la de la Gioconda.

     En Tirana nos gustaba la torre del reloj, la mezquita pintada donde a Consuelo le pasaron los dolores de cabeza, el humilde puente de los curtidores. Visitamos el Bloque, el barrio donde antes vivía la Nomenclatura del régimen de Enver Hoxha, y ahora había un vértigo de pijería y diseño en los bares y restaurantes como no se puede imaginar nadie en España, parece que quieren resarcirse de todos los años de puritanismo y rigidez, era como si fuera la movida madrileña de los años ochenta. Las casas pintadas de colores chillones , que querían olvidar el gris hormigón de los años de estalinismo angustioso, nos parecían infantiles y grotescas. Pero había bares y librerías por todas partes, y terrazas, y exposiciones. Y vimos la mansión del Innombrable, y parece mentira, pero mis pisadas de despistado borracho de literatura y de heterodoxia y de infamia pequeñoburguesa, que sería carne de persecución para todos los comisarios del pueblo, podía darse vueltas por allí.

     Fuimos al puerto de Durres en un tren patético, pero que a mí me tenía más gracia que estos trenes supersónicos donde todo está cerrado y no se capta nada del exterior y ni da tiempo de hablar con nadie, que parecen aviones con ruedas. En Durres Catulo iba de marcha hace dos mil años, en un poema lleno de procacidades sexuales y de insultos a sus adversarios le llama “la taberna del Adriático”. Era un lugar lleno de vida, allí empezaba la Vía Egnatia que conectaba Roma con Constantinopla, una especie de Gran Vía del imperio, por donde iban las mercancías, las putas, los vagabundos, los borrachos, las ideas platónicas.   Nos tomamos una cerveza mirando por una tronera en la antigua Torre Veneciana. Y nos bañamos en agua muy limpia en el Adriático, después de dejar de lado algunos de los miles de búnkers de cemento con los que Enver pretendía defender a su régimen paranoico de las amenazas del mundo entero, y encerrar a todo el mundo en el miedo y en la voz de los muertos. Ahora los usaban muchas parejas para follar , o colgados para trazar pintadas y escuchar música loca.

     Sí, el agua estaba limpia. A Albania todavía no han llegado las hordas de turistas y de especuladores. Y sin embargo son el cielo para algunos albaneses, aparte de tirarse al mar y tratar de llegar a nado a Italia. Y algunos también sienten nostalgia del universo de hormigón de Enver. Pero sigue ahí la Albania de las canciones, de los lagos sublimes y remotos del norte, de los santuarios donde se trazaban pinturas prodigiosas. Tal vez no tarden mucho los turistas , pero ojalá Albania siga siendo un secreto. Y se quede en sus montañas y acantilados donde la amaba lord Byron.

 

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