Heidelberg, Holderlin

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Por Antonio Costa

   Estaba en el puente viejo de Heidelberg y me acordaba de los versos de Holderlin, que la visitó deslumbrado a finales del siglo XVIII : “Hace ya mucho que te amo y quisiera/ llamarte madre y ofrecerte una canción sencilla,/¡ oh tu la más hermosa/ de todas las ciudades de mi patria que he visto¡” El puente dejaba ver la puerta con dos torres como campanas que llaman a la poesía, y en el monte boscoso se contemplaban las ruinas del castillo como la melancolía mas gloriosa. Nada más hermoso como un castillo con una derrota tan elegante como esta, con unas ruinas tan seductoras.

   Iba por el Paseo de los Filósofos en lo alto y me acordaba de los viejos días de gloria del idealismo alemán, mientras los estados alemanes se esforzaban por conquistarse unos a otros, o por escapar de las rigideces de Prusia, o por oponerse a los dictados de Napoleón, y los escritores concebían los mas grandes sueños. Y veía las placas dedicadas a los poetas y me sentaba en los miradores para contemplar la ciudad de tejados rojos y me imaginaba todas las exaltaciones y todos los entusiasmos.

   Visitaba la Universidad y me imaginaba que allí un día de verdad ardía la cultura y se creaban tantas cosas y se leían todos los libros y se escuchaban teorías originales y de verdad el espíritu se movía. Y miraba la fachada de piedra parda con las ventanas góticas y la torrecita verde, y el aula donde se escuchaban verdaderos pensamientos , y la cárcel para estudiantes donde se encerraba a los revoltosos y a los rebeldes que escapaban a las garras de los poderes no cultos. Y charlaba con el león que en la fuente de la Plaza de la Universidad vigilaba que la cultura estuviese de verdad viva y tuviese energía y empuje.

   Iba por la Haupstrasse entre terrazas con jardineras y torres salientes y farolas curvas y muestras comerciales de madera y fachadas llenas de molduras verticales, y me pasaba la mañana entera con estudiantes en librerías mirando libros de arte pesados con láminas enormes donde estaban todas las locuras del expresionismo o del gótico y me entraban ganas de robarlos , y me alegraban aquellos libros que pesaban tanto y me asaltaban los ojos y que se hacían toda una aventura al mirarlos y me arrebataban, no los libros electrónicos de ahora que me aburren los ojos y me cabrean las manos. Y salía a la Plaza del Mercado enorme y caminaba sobre los adoquines auténticos y casi me metía en las fuentes de tazas amplias y adivinaba las buhardillas y contemplaba de nuevo el castillo omnipresente, el castillo que es el fantasma clamoroso de Heidelberg, y llamaba a los contrafuertes altos de la Iglesia del Espíritu Santo y compartía las miradas jocundas de los alemanes tomando grandes cervezas en las mesas bajo la borrachera del sol del norte.

   Me paraba junto a la fuente mirando la silueta desdentada del hermoso castillo dormido y recordaba los versos de Holderlin: “ Pero el gran castillo , que inclinaba su masa / por encima del valle, testigo del Destino/ roído hasta sus cimientos por las tormentas. / Pero el sol eterno derrama/ su rejuvenecedora luz sobre esa vieja mole/ que la hiedra vivaz cubría de verde/ y hasta allí llegaba el grato murmullo del bosque”.

     Subía al castillo y sus muros arruinados levantaban fantasías desgarradas sobre mi cabeza , y me metía entre todos los misterios del bosque y de la historia , y recorría sus pasillos repletos de melancolía y de ocurrencias, y bajaba a las bodegas donde estaba el Gran Barril de no sé cuantas toneladas de vino, que en el siglo XVI tenía una pista de baile encima (remedio para puritanos y calvinistas de todas las épocas), y escuchaba la historia de cómo el Elector Palatino tenía un tubo que llevaba desde el barril hasta su dormitorio y así podía disfrutar la vida tranquilamente sin que lo estorbasen ni las esposas ni los predicadores.

     Estaba otra vez en el puente sobre el Neckar y me acordaba de aquellos días de creatividad y de bullicio y de ideas y de amores que pasaban por el puente y me venían los versos de Holderlin: “Como el ave del bosque vuela sobre las copas, / sobre el río fulgurante que bordea tu orilla/ se eleva el puente, leve y sólido, / resonante de carros y de gente”.   Era una ciudad donde se hacía filosofía y poesía y los estudiantes andaban traviesos inventando visiones del mundo o vuelcos de la Historia y a ratos se emborrachaban y a veces protestaban contra todo, una ciudad que estaba inmersa en las montañas y el bosque y la vida incesante del río y hacía circular todos los espíritus y sudaba cultura. Y aún ahora está dormida para la política o el sensacionalismo pero vive en el sueño maravilloso de la evocación y de la nostalgia y en ella uno puede sentir a Holderlin o puede sentirse sabio con Schelling y puede sentir que se asoma a las palpitaciones del espíritu. Era una ciudad donde la cultura estaba viva y se nota todavía ahora porque es de las más evocadoras de Alemania. Y aun se puede recitar en sus calles a Holderlin : “Las breñas florecían la pendiente hasta el valle/,/donde, reclinadas sobre el muro de la orilla,/ tus alegres callejuelas/ andaban entre jardines perfumados”.

 
 

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