Y por fin, Dubrovnik

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No hay sorpresas con Dubrovnik, la Perla del Adriático, como no la hay con Venecia. Uno ha visto mil veces Dubrovnik antes de pisarla, como ocurre con la ciudad de la laguna o la de los rascacielos, así es que mi mirada no es neutra sino condicionada por lo ya visto, leído y oído, pero, sin embargo, no puedo evitar el síndrome de Stendhal ante la más bella y visitada ciudad de Croacia, aunque ponga una férrea resistencia a esa caída estética.

Dejo el coche en el Central Park Hotel, en un barrio de las afueras, en la península de Lapa, a tres kilómetros y medio de la ciudad vieja en donde no hay otro alojamiento que las casas particulares que ofrecen habitaciones a los viajeros. Lo mejor para trasladarse al casco histórico es ir andando, o coger el autobús 6, porque los aparcamientos subterráneos, escasos, tampoco te dejan cerca. Así es que decido que sean mis pies mi medio de transporte y bordeo una carretera que deja al lado el puerto comercial de la ciudad, en donde atracan los grandes trasatlánticos y los barcos deportivos.

 

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La ciudad vieja, amurallada, aparece a mis pies cuando llevo andados dos kilómetros. Tomo entonces varios tramos de pendientes escalinatas que me llevan justo ante una de sus puertas, y entro en uno de los recintos amurallados mejor conservados del mundo, sino el mejor. De nuevo me viene ese axioma a la cabeza: si se les da utilidad a las cosas, se conservan.

Dubrovnik es una ciudad italiana, o latina. La antigua Ragusa pasó a ser Dubrovnik hace muy poco tiempo. Blanca, por la piedra de su suelo, que es la misma que la de las murallas y la de sus casas, Dubrovnik/Ragusa respira arte y belleza por todos sus poros. Las campanas de una iglesia resuenan por la ciudad, y pronto se le añade otra, y otra.

 

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La Perla del Adriático se diferencia de Split en su racionalismo. Si la ciudad romana de Diocleciano era una caótica medina de callejones retorcidos, que muchas veces no tenían salida, Dubrovnik ha sido diseñada de forma lógica con calles rectas, paralelas a la avenida principal, la Placa o Stradum, que va de la puerta de Pile a la Torre del Reloj, en donde están los principales palacios, el  monasterio de los franciscanos y las terrazas de las cafeterías y restaurantes, una vía que fue construida en el siglo XIII. Cada manzana es un cubo perfecto, y cada estrecha calle está utilizada al milímetro.

La Torre del Reloj data de 1506 y tiene una sola aguja. El reloj, como el de las torres de Spliz, tiene forma de sol y aires venecianos. Maro y Baro, dos soldados que el salitre ha convertido en hombrecillos verdes, son los encargados de dar las campanadas.

 

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El Palacio del Rector linda con la Torre del Reloj y es uno de los edificios más hermosos de la ciudad. De estilo gótico renacentista, y una fachada de arcos de medio punto sobre columnas de capiteles corintios, el edificio alberga el museo de Dubrovnik y me recuerda a otro muy similar visto en Spliz. ¿El mismo arquitecto, quizá?

Recorro la Stradum de suelo pulido hasta su otro extremo. Allí, la peculiar fuente de Onofrio, un polígono de 16 lados que debería tener otros tantos grifos con agua manando, pero no los tiene, obra del napolitano Onofrio della Cava, transporta el agua del río Dubrovacka hasta la ciudad desde 1438.

Atardece y la ciudad hierbe de bullicio. Los trasatlánticos han dejado su carga de turistas en las esquinas. Las tiendas de suvenires están tan concurridas como las heladerías. Huele, al mismo tiempo, a pizza y a pescado asado. De cuando en cuando, unas misteriosas ráfagas de aire, que vienen del mar, estallan con violencia y alzan toldos y vuelcan sillas.

 

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En el monasterio de San Francisco, en la Stradum, a la derecha de la puerta de Pile, un edificio religioso de fachada de estilo barroco sobrio e interior blanco decorado en 1860 con frescos de la vida del santo, entra, con solemnidad, una comitiva de una treintena de sacerdotes y cierra el desfile sacro el obispo de la ciudad, báculo en mano. Imposible colarse en la iglesia para ser espectador de la ceremonia que tendrá lugar: un seglar con traje de monaguillo expulsa sin contemplaciones a los curiosos del templo, reconociéndolos básicamente por sus cámaras colgadas del cuello, e impide la entrada de foráneos, así es que me quedo sin ver una de las joyas de esa iglesia convento, su doble claustro, el inferior románico y gótico y renacentista el superior.

 

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Un grupo de música folclórica interpreta frente a las puertas de la barroca catedral canciones italianas. Una mujer de potente voz canta en otra esquina un área de Puccini. Un grupo de turistas chinos siguen a su guía que enarbola una banderita para hacerse visible y no se extravíe ninguna oveja de su rebaño.  Familias enteras consumen helados sentados en las terrazas de la Stradum.

Italia está en Ragusa, evidentemente, más que Croacia. Lo italiano, con su exquisitez y vitalidad, prevalece sobre lo eslavo más austero. Si la belleza de Venecia es mortuoria, en Dubrovnik brilla la alegría de vivir en  cada una de las esquinas y en sus callejones estrechos que corren paralelos a la Stradum o salen de ella para enfilarse hacia la muralla. La proximidad con Venecia hizo caer la ciudad bajo la influencias de los dogos. Pero Dubrovnik es una amalgama cultural, lingüística y étnica en la que se rastrea la historia convulsa y confusa de esta parte de Europa con ciudades estado que eran fagocitadas por los hambrientos estados limítrofes. La política, la historia, las religiones, pasaron por la Perla del Adriático, pero el testimonio de sus bellas piedras, inalterables al paso de los años y los siglos recordado por su reloj, ha persistido a luchas intestinas: la ciudad no ha sido superada por la ciudadanía.

 

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Entro en la catedral, dedicada a la Asunción de las Virgen María, blanca en su interior. La iglesia está catalogada como barroca, aunque yo me inclinaría a definirla como neoclásica por las columnas con capiteles corintios o los falsos frontones triangulares que vuelan sobre sus puertas. Un grupo de esculturas orna la balconada sobre su tejado y una cúpula redonda ilumina su planta de crucero, preciosa, bien ornamentada en su interior, con hermosos altares barrocos enmarcados por grandes columnas de mármol rojizo moteado, en cuyos reclinatorios se postran los fieles de la católica Croacia.

 

El edificio de la catedral, de origen bizantino, sufrió los embates de un terremoto y con él su mestizaje arquitectónico en la reconstrucción. Entre quienes sufragaron la obra encuentro a Ricardo Corazón de León, en gratitud por haber sobrevivido a un naufragio.

 

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El restaurante Excelsior es uno de los más céntricos y bonitos de la ciudad. Además de abrirse a unos de los extremos del Stradum, lo hace al pequeño puerto del Adriático bajo el arco de las murallas que alberga un puñado de embarcaciones de paseo turístico. Me siento a una mesa a ver cómo se balancean las pequeñas barcas sin barquero a solo veinte metros, tras el paseo de piedra que discurre, perfilando la muralla, hasta un moderno faro metálico rojo que parpadea señalando la bocana. Pido pescado a un camarero muy locuaz, y vino blanco, exquisito. Excelente elección, señor, me dice en italiano. Luego regreso a mi hotel yendo de extremo a extremo de esa Stradum cuyo suelo refulge por la noche, y sigo los mismos pasos que en el descenso a la vieja ciudad, fácil porque memoricé todas y cada una de las esquinas en las que giré para que no haya pérdida posible.

 

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El Park Hotel es uno de los mejores de este gratificante viaje trufado de lluvia y sorpresas. La habitación es funcional y cómoda y tiene numerosos apliques para leer. La ducha es sofisticada, con un programa de chorros masaje para espalda, glúteos, cintura, si supiera utilizarlo. Me preparo un gintónic, con la soda y un botellín de ginebra del minibar. Me siento a beberlo en mi pequeña terraza que da a un jardín de césped falso. Ya no me gusta el hotel. Tampoco, y eso lo compruebo a la mañana siguiente tras una noche de relax absoluto, el desayuno, con buena presencia visual, responde a las expectativas de refinamiento del hotel. Con la cantidad de naranjas que hay en la zona (he visto miles de naranjos y limoneros por toda Dalmacia), imperdonable ese zumo de naranja que sabe a jarabe, y del bufet se salvan los huevos a la plancha y los cruasanes, porque el resto de los dulces, el pan, el embutido (jamón de york y mortadela) y el queso, una especie de feta que no le llega al griego ni a la suela del zapato, es bastante malo.

 

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Dedico toda la mañana soleada del segundo día a la muralla. Si Dubrovnik a ras de suelo es toda blanca, desde el aire, porque la muralla da una perspectiva aérea de la ciudad, es roja, por las tejas. Ese paseo de más de dos kilómetros, bordeando la ciudad a 25 metros de altura, me permite una visión única de los tejados de teja de Dubrovnik y del mar a los pies, acariciando el acantilado sobre el que está edificada la antigua Ragusa.

La muralla permite atisbar en las casas vecinas, ver las prendas que secan de los tendedores o los pequeños cultivos de sus huertos habilitados en sus patios. Hay colegios pegados a los muros y canchas de baloncesto donde los chavales juegan rodeados por vestigios del pasado en los que se incrustan las canastas. Abundan las palmeras en la ciudad, además de los naranjos y los limoneros, las parras cargadas de uvas y muchos cipreses en las calas de los alrededores, plantados por los antiguos habitantes de Ragusa, eminentemente marineros, que con su recia madera construían sus embarcaciones.

 

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Alzada durante la Edad Media, después de la ocupación normanda de la ciudad y para evitar nuevos asaltos, la muralla consta de dieciséis torres octagonales y tetragonales de defensa y cinco fortalezas, las de Minceta, Lobrijenac, San Juan, Bokar y Revelin con cañones de bronce asomando entre las almenas que miran al mar o al interior. Puede que esa protección sólida librara la ciudad de posteriores ataques que se dirigirían a urbes menos fortificadas. Tampoco los gobernantes de la República de Ragussa, una de las primeras democracias del mundo que los elegía por votación, eran muy beligerantes ya que sellaron tratados de no agresión con los invasores otomanos que se hicieron con el resto del país pero respetaron la muy católica Dubrovnik.

En los dos kilómetros de muralla sólo hay dos establecimientos de bebidas, uno de ellos de zumos naurales de naranja y limonadas. Ha salido el sol, calienta y tengo sed. Busco la sombra de ese establecimiento de aire medieval, excavado en la muralla y cuyas mesas son máquinas de coser Singer, y saboreo una fresco zumo de naranja natural.

 

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La Stradum, cuando abandono la muralla, está abarrotada de gente. En la parte central han colocado una hilera interminable de mesas metálicas y sobre ellas, manteles. La muestra del Good Food se celebra cada año en la ciudad. Los más afamados pasteleros y cocineros de la región acuden con sus mejores especialidades. Los platos que se exhiben son golosos a la vista, lo que no siempre es garantía. Hay toda clase de pastelillos salados, bocaditos, canapés, sorbetes, cremas de pescado, croquetas, pasteles de gambas y de escórpora, langostinos y cigalas, helados, tartas, pastelillos…El ticket para degustación de plato y copa de vino vale 40 kónecs y se destina a beneficencia, según dice por megafonía una periodista de la radio cuya voz estentórea se escucha por toda la ciudad.

Pero mi otro ojo, la cámara, que tiene una total autonomía, como el texto cuando me pongo a escribir, pasa de fijarse en los manjares culinarios al elemento humano que hay detrás de ellos, y así capto tres instantáneas de una camarera, ataviada con el traje típico croata, sombrero tipo birrete incluido, ajena a mi cámara, sorprendida por ella y, por último, posando con la mejor de sus sonrisas, una sucesión de gestos que se produce en una décima de segundo. Dulces y rostros. Rostros dulces como el de una jovencita con acné en las mejillas que pasea del brazo de su distinguida madre.
 

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No me gustan las aglomeraciones, ni beber vino en una copa de plástico y menos comer en un plato de parafina, de pie o sentado en el escalón de una iglesia, así es que opto por un cómodo restaurante. Pido un risotto mi mare, que ya sé lo que es, una especie de arroz caldoso, junto al pequeño puerto y decido, puesto que quiero ver las murallas desde otras perspectivas, desde el mar concretamente, contratar los servicios de un barquero que me lleve de paseo.

El hombre, un gigante con cabello rizado y espeso bigote, me advierte que el mar estará movido, por el viento que sopla a intervalos con ferocidad, y que me mojaré algo. No importa mientras no nos hundamos.
 

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La barca es pequeña y funciona con un motorcito. Sale de puerto brincando sobre el oleaje y se aleja siguiendo la costa para luego girar en redondo y ofrecerme la panorámica frontal de la muralla que emerge entre un mar espumeante. Luego, mi avezado capitán aproxima la embarcación al acantilado sobre el que está edificada la muralla, en donde el mar se calma milagrosamente, y se preocupa porque unos remeros de kayaks tienen algunos problemas para acercarse a puerto por las fuertes corrientes. Cuando los ve a salvo, el croata solidario me conduce suavemente a puerto sin haberme mojado ni mareado.

Soy consciente de que esas son mis últimas horas en la Perla del Adriático y quiero hacer nuevos descubrimientos, así es que me meto por una de las callejuelas que salen perpendiculares de la Stradum, salvo sus escalones y desemboco en una plaza alta en donde está la iglesia barroca de San Blas tras una escultura del caballero Roldán.

 

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En mi excursión marítima, sobre unas rocas descarnadas cortadas a pico sobre el mar, creí descubrir un bar informal con vistas. Mi intuición lo sitúa a determinada altura de la muralla y que se debe acceder a él por un estrecho pasadizo excavado, así es que a ella me dirijo, por su parte interna, para explorarla. Un letrero rústico y una flecha me llevan directo a él: la más bella vista de la ciudad. Y no sé que la visión va a ser doblemente gratificante.

El bar, una barra, una docena de mesas y el doble de sillas, sobre terrazas naturales en la roca de debajo de la muralla, y barandillas para que la gente no caiga al mar, está bastante lleno de espectadores de la puesta de sol, pero consigo una silla y una porción de mesa suficientes para marcar mi territorio y situar en él una copa de gintónic cuyo precio incluye el espectáculo solar.

 

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El sol se pone y tiñe de rojo el horizonte, el mar y las nubes. La terraza se llena, sobre todo de gente joven, extranjera pero también local, que sigue el ritual con un silencio litúrgico. Pero mientras el sol se ahoga en ese Adriático, de repente manso, del que han desaparecido esas violentas ráfagas de viento, otro espectáculo más próximo concita la atención de la clientela del bar. Una chica rubia se desnuda con naturalidad y desde una roca se arroja al mar que es ahora de un azul intenso tirando a negro. Su cuerpo de sirena se transparenta, parezca que tenga luz, bajo el agua mientras nada y se aleja unos metros del acantilado. En esa agua oscura y profunda aún es más acusada su desnudez mientras nada moviendo brazos y piernas suavemente. Piernas largas, nalgas armónicas y espalda triangular. Una de las sirenas de los remeros de La Odisea a los que Ulises ordenó que se taparan los oídos. La sirena, mientras el sol se pone pero todavía prevalece el rojo en las nubes detenidas en el cielo, como un cuadro, sube a la roca de la que se ha tirado, ágilmente, sin resbalar, descalza, se cubre sin prisas con una camiseta el cuerpo mojado y se demora en subirse las bragas por las piernas. Los espectadores del bar, que han contemplado a vista de gaviota la secuencia, están a un paso de aplaudir, pero se reprimen. Alguno ha inmortalizado a la desinhibida nudista con su cámara. Yo jugueteo con el hielo del gintónic mientras la penumbra desciende sobre ese bar en equilibrio junto al acantilado rocoso de Dubrovnik.

Esta noche me va a faltar un abrazo. La Perla del Adriático no es ciudad para descubrir y gozar en solitario.

 

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