Bardejov, la plaza. Spissky, el castillo

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Bardejov, ciudad patrimonio de la Humanidad según la UNESCO, está en el otro extremo del país, junto a la frontera con Polonia, así es que toca despertarse temprano, desayunar con premura ese buen zumo de naranja, los huevos a la plancha con yema líquida, los calientes cruasanes y el buen café y dejar ese acogedor y cálido apartamento de Bratislava por cuyas ventanas veía la Torre Michalská, el castillo de Bratislava y a los vecinos de enfrente en actitud amorosa, como  James Stewart en La ventana indiscreta, mientras descorchaban una botella de vino blanco en la cocina y luego pasaban al dormitorio, en donde ya no los veía.
 

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Salgo del hotel en manga corta pero rectifico en cuanto llego a la calle Michalská y me pongo el suéter por encima. Ha bajado unos diez grados la temperatura y no hay por qué alardear de sangre caliente. Encuentro el parking a la primera, rehuyendo los atajos después de mis desastrosas experiencias balcánicas circunvalando un par de ciudades, y el coche está en su sitio. Sacarlo a la calle me cuesta 24 euros.

 

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El GPS croata me da indicaciones precisas para salir de Bratislava. El día está turbio, es de esos en los que, si trabajara en una oficina, llamaría al jefe diciendo que tengo fiebre para demorar salir de entre las sábanas. Hay mucho tráfico a las ocho y media y una cola considerable para entrar en la autopista A4; el colapso no se diluye sino cuando dejó Bratislava a veinticinco kilómetros a mi espalda con su Danubio, su ambiente brumoso y su bellísimo centro histórico.

 

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Conduciendo en coche es cómo mejor se viaja si no se cansa uno del volante. Hacerlo en avión es una traslación. Subes al aeroplano con un paisaje y un clima, en la retina y en la piel, y desciendes con otros, muchas veces opuestos en lo visual y climático, sin enterarte de lo que has obviado entre uno y otro punto. Así es que en mi viaje a Bardejov, unos cuatrocientos cuarenta kilómetros, cruzo Eslovaquia de extremo a extremo y disfruto visualmente de todos los paisajes de este pequeño y hermoso país centroeuropeo. La neblina, que difumina los colores del campo, no acaba de alzarse, pero no me importa porque le da a mi visión una pátina de cuadro. Todo es muy llano: suaves colinas, y a veces ni eso sino explanadas elevadas muy verdes que corona una hilera de árboles simétricos recortados sobre el azul pálido del cielo que empieza a despejarse. Más adelante sopla el viento con fuerza y la neblina se desgaja. Cien kilómetros más allá, la autopista desaparece y una carretera escala montañas otoñales y atraviesa tupidos bosques de hayas punteados por algún que otro abeto oscuro. Cuando he recorrido 200 kilómetros, me detengo a repostar. La gasolina en Eslovaquia es más barata que en Croacia, pero menos que en Bosnia y Herzegovina. Y sigo hacia adelante, con el combustible del desayuno en el cuerpo que me hace que aguante las cinco horas hasta llegar a Bardejov.

 

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Dejo la carretera y tomo por unos cuantos kilómetros una autopista que permite una buena panorámica de llanuras hasta el horizonte, por la derecha, y la imponente cordillera rocosa de los Cárpatos, con los picos nevados,  por la izquierda, pero la vía rápida muere y la carretera que sigue es mala, parcheada y peligrosamente peraltada y sin arcén, de modo que si te sales de ella ruedas por un hermoso y verde terraplén dando vueltas de campana.

 

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Cruzo alguna ciudad grande, por su centro, pero, cuando ya sólo faltan cincuenta kilómetros, las poblaciones son pequeñas, las edificaciones, aunque pintadas en colores pastel, pobretonas, y me llama la atención la cantidad de eslovacos de etnia gitana que se ve por todas partes, un 2% de la población total. Por una de esas poblaciones por las que cruzo no veo un solo habitante ario y presumo que son el cien por cien. Los judíos fueron exterminados durante la Segunda Guerra Mundial por los pro nazis que gobernaban el país. De 125.000 sólo quedan 2.000. Hitler encontró en el antisemitismo centroeuropeo el mejor aliado para la solución final.  La triste verdad del Holocausto es que en Centroeuropa a nadie le importó un carajo la suerte de los judíos que fueron exterminados.

 

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Los carteles me indican ya que estoy muy próximo a Bardejov.  La ciudad moderna es fea, industrial (por el camino he bordeado alguna mina de carbón en plena explotación), y la antigua, rodeada por murallas muy bajas que difícilmente aguantarían  el embate de un ejército, es pequeña, una miniatura. Mi apartamento, aunque tendría que hablar de piso con salón, cocina equipada, un par de habitaciones y cuarto de baño, está en el mismo centro y tengo una plaza para dejar el coche. La recepcionista, una chica joven que maneja al mismo tiempo un bar de copas en el sótano del edificio y los apartamentos turísticos, sabe tanto inglés como yo, pero nos entendemos y consigo que me dé la llave y la clave wifi. Lo primero que hago es abrir todas las ventanas porque la calefacción, de carbón y centralizada, supongo, ha subido la temperatura a esferas tropicales. Uno de los misterios sin resolver: ¿Por qué son tan frioleros los eslovacos? O puede que el raro sea yo.

 

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A las tres de la tarde ya el sol está declinando. A las cuatro, a este paso, empezará a anochecer. Bardejov, ciudad patrimonio de la humanidad según la UNESCO y balneario reconocido desde el 1241, es una plaza. Eso sí, inmensa, hermosísima, adoquinada, más o menos cuadrangular y rodeada de casitas de perfecta fachada pentagonal, góticas y renacentistas, de colores diferentes, que parecen dibujadas, la ilustración de un cuento de Andersen. En su centro, el antiguo edificio del ayuntamiento, un caserón gótico renacentista del siglo XV. Y en uno de sus extremos, la imponente catedral, la iglesia de San Gil, un edifico gótico que se empezó a construir por el 1200, con un campanario con reloj acabado en un tejado negro que recuerda mucho, por los cuatro pequeños falsos tejados picudos de sus esquinas que lo coronan,  a las iglesias de Praga. En mi paseo miro una por una la cincuentena de casas que rodean la plaza, el marco del cuadro, buscando la top ten de todas ellas. Me decido por una cuya fachada está decorada con historiados dibujos y alberga una librería.

 

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El nombre de la ciudad es húngaro. Bard es hacha. Así es que Bardejov es el territorio desmochado de árboles en un día por un hacha. Por cientos de hachas o quizá miles. Bardejov fue importante por su cercanía a Polonia. Su máximo esplendor fue en 1376, cuando la fue ciudad libre, y en el siglo XVI se inicia su declive con una serie de pandemias que asolaron la zona.

 

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Paseo por la plaza mientras anochece. No entro en la iglesia porque hay una ceremonia religiosa cantada y me miran mal los feligreses en cuando oyeron chirriar la puerta principal, así es que me pierdo sus trece altares góticos y busco un sitio para comer. No hay muchas opciones, de la misma manera que tampoco veo panaderías, pastelerías, cafeterías o supermercados para los 33.000 habitantes que el censo afirma que viven en Bardejov. Quizá nadie viva en la ciudad antigua.

 

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Noche cerrada cuando entro en el restaurante Parada, que así se llama, no sé si en eslovaco o en castellano, anunciado en la plaza pero recóndito en uno de los pasadizos tras un arco. Un lugar distinguido con mesas regias, buenos manteles, copas de cristal, decoración elegante y música chill out que se repite como un disco rayado y de la que uno acaba algo cansado a la media hora de escuchar la misma melodía relajante. De las mesas se encarga una chica joven, guapa, morena y embarazada. Ella sí sabe inglés en una población en la que casi nadie lo habla porque no recibe mucho turismo al estar tan alejada de Bratislava. La carta es atractiva. Pido una sopa de tomate y un plato de ciervo. Para beber, vino blanco, que aquí tiene un precio razonable, la mitad que en España, como razonables son los precios de los platos a pesar del glamour algo impostado del local. Una madre y una hija comen sendas ensaladas en una mesa cercana junto a la ventana. Una comensal solitaria, que no tiene pinta de viajera, lo hace en otra mesa. Mi plato de sopa de tomate es una simple lata de tomate triturado, sin más, calentado al microondas con un poco de queso rallado y una pizca de perejil. Bien para empezar. El ciervo es correoso y lo mejor es el acompañamiento de unas patatas con bechamel horneadas y la salsa de frambuesas. No hay postres. No hay postres, pastelerías, heladerías ni nada dulce en Bardejov. No veo ni siquiera panaderías en donde comprar un simple cruasán. No llegaron los cruasanes a esta hermosa parte de Eslovaquia en la que en octubre, a las cinco, es noche cerrada y la ciudad no la iluminan mucho que digamos. Así es que regreso a la que será mi casa por un par de días, al apartamento De Luxe, según figura en su puerta, y el calor y el cansancio de la jornada me llevan a la cama y de allí al sueño profundo, al coma del que no me despierto sino al día siguiente, cuando la luz entra por la ventana de mi dormitorio.

 

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En el bar de abajo, que se llama Excalibur y regenta la recepcionista que sabe tanto inglés como yo, un local de copas para jovencitos, me tomo a las nueve de la mañana el peor desayuno de todo el viaje: café con leche y un bollo industrial relleno de chocolate infame. Por mucho que busque otros sitios para desayunar, no los encuentro. Tiene Bardejov cierto aire deprimente que va más allá de esos días tan extraordinariamente cortos y que yo asocio más bien con la precaria situación económica de sus habitantes que se intuye aunque no se vean pobres por las calles. En ningún lugar de Europa veo tantas tiendas de ropa de segunda mano como en esta bellísima ciudad de Eslovaquia, en su misma plaza cuatro, ni tan poca actividad comercial de otra clase. Hay ausencia de escaparates, o escaparates vacíos, u ocupados por cosas que nadie en su sano juicio compraría. Es como si la ciudad estuviera muerta, o no despertara nunca de un larguísimo letargo. Barrenderos gitanos apartan las hojas caídas de los árboles con indolencia y un policía de pelo cano se pasea aburrido, plaza arriba plaza abajo, sin poner ninguna multa a la media docena de coches que han aparcado en su zona peatonal. Ni un solo signo de la época comunista, ni en edificios ni en monumentos, una pesadilla que dejaron en el pasado.

 

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El castillo de Spissky, adonde me dirijo una vez vista la Plaza del Ayuntamiento de Bardejov por la mañana, con un fondo de cielo de pequeñas nubes y obtener del conjunto una fotografía que no lo es sino un cuadro, pasa por ser uno de los castillos medievales más grandes de Europa. No son buenas las carreteras para llegar, y, además, muchas están en obras. Pero antes de ver el castillo, a un centenar de kilómetros de mi ciudad dormitorio, la carretera me lleva a la iglesia de San Jacobo, próxima a la población de Levoca. El edifico religioso, emparedado entre murallas y rodeado de un grupo de casas antiguas pintadas de amarillo pálido, y entre ellas un hotel que barrunto estará cerrado, es románico, a pesar de su considerable alzada, sobre todo de sus dos torres simétricas, aunque se terminó durante el gótico. Una chica me la abre, para que pueda visitar su interior durante un minuto, porque va a haber una boda, pero no me permite sacar fotos, salvo la primera que obtengo antes de su prohibición. Hay tres altares preciosos, espectaculares, con grupos escultóricos y retablos primorosamente bien pintados de principios del gótico, y uno de ellos es el que está considerado el altar de ese estilo más grande del mundo. Entre las esculturas, por supuesto, la del apóstol Santiago. De Levoca salía el peregrinaje a Santiago de Compostela que cruzaba toda Centroeuropa e imagino que duraría años de interminables caminatas.

 

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Una carretera estrecha, entre prados y tierras roturadas por las que anda un tractor, me lleva hasta las cercanías del castillo de Spissky. El castillo medieval es una gigantesca ruina encaramada a un risco impresionante que domina Levoca sus pies y todos los alrededores. Quien corta la entrada al castillo, que adquiero en la taquilla al precio de seis euros, es un joven español. Hablamos un rato bajo el sol que ha hecho subir la temperatura y me obliga a anudar el suéter de lana a la cintura. Lleva un año viviendo en Eslovaquia, en un pueblecito muy próximo, y la causa de su destierro es sentimental: se enamoró de una eslovaca. Ya tienen un niño. Le doy la enhorabuena y sigo, pero he visto en el muchacho un halo de tristeza y depresión, sobre todo en la mirada, que me hace sospechar que echa muy de menos el sol mediterráneo. Es un país bonito, le digo. Sí, asiente, para el que le guste el paisaje y la tranquilidad. Quizá un exceso de tranquilidad en la zona.

 

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Un paseo de ronda me permite recorrer la muralla y sus barbacanas. Un camino, empedrado y resbaladizo, me sube a la zona superior. Falta el techo de casi todos los aposentos y echo de menos una restauración integral del edificio. Un pequeño museo me descubre piezas de artillería con esas pelotas redondas de hierro oscuro que eran las balas que descalabraban a los soldados a pesar de sus cascos y armaduras. Hay espadas, sables, puñales, alfanjes, cotas de malla armaduras enteras, pero diminutas, por lo que colijo que los antiguos eslovacos, al contrario que los dálmatas, eran pequeños de estatura; pero bárbaros, en cuanto paso a una sala de torturas en la que las pobres víctimas de esa práctica tan enquistada en la humanidad eran lentamente descuartizadas a hachazos, colgadas en jaulas a la intemperie, descoyuntadas en el potro o marcadas con hierros ardientes en tablones de madera en donde eran inmovilizadas con argollas en pies y manos para que el verdugo operara a sus anchas. Y enfrente a las mazmorras y cámaras de torturas, la iglesia, apenas un altar gótico con una talla de Cristo y dos hermosos cuadros renacentistas a sus lados, y esculturas góticas colgadas de sus paredes, la del apóstol Santiago entre ellos, pequeño y con aspecto de cazurro o bobalicón.

 

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Busco aire fuera de ese pequeño museo de los horrores y una angosta y empinada escalera de caracol de piedra me lleva hasta lo alto de la torre principal de la fortificación medieval. Desde allí arriba, a vista de águila, el señor del castillo dominaba sus dominios. Un simple soldado apostado en esa escalera, que no permite el acceso de las tallas XXXL puede bloquear el ascenso a la torre y hacerla, de ese modo, inexpugnable.

 

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En Levoca, terminadas mis visitas culturales, localizo un restaurante. Tras mucho vagabundear por la población, y hacer alguna foto, encuentro uno, en el segundo piso de una casa antigua, que se llama Kastela. No admiten tarjetas. No la admiten en muchos establecimientos de la zona, ni en el restaurante glamuroso de ayer que hube de pagar con cash riguroso. El camarero, un chico rubio y con barba, sabe inglés y es muy amable. La sopa que me trae está a medio camino entre el cocido madrileño, por el sabor intenso a chorizo, y el caldo gallego, por las patatas y col que lleva. Disfruto con ese potaje y pediría más si me lo ofrecieran. La carne del segundo plato es correosa, las patatas fritas que lo acompañan, con piel, buenas, el tomate y el pepino me aportan vitaminas en un viaje gastronómicamente muy calórico desde que he dejado la dieta de pescado en Croacia, y el huevo frito tiene la yema seca. Pido un strudel de postre y acierto.

 

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Son las tres de la tarde y ya declina el sol cuando entro en un establecimiento que creo que es un supermercado. En esta zona no se estilan los anuncios exteriores, tampoco los escaparates, todo está como muy oculto, accesible para el lugareño que lo conoce, y ante el que pasa de largo el foráneo.  Compro un queso que parece emmental, unas galletas crackers, una bolsa de patatas y una botella de vino blanco Chardonay de la zona con la que pretendo emborracharme en mi piso de Bardejov ya que no aspiro a compartirla con ninguna eslovaca.

 

 

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