Muerte de Oroza, muerte de la poesía

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Por Antonio Costa

     “Y Poe estaba americando. Y Poe llevaba un bicho que había salido por su boca./ Y era Poe Poe Poe./Poe haciendo ruidos con el agua./Poe besando por el alma de la playa. /Y América estaba crucificada a la orilla”. Es el final apoteósico de “Cabalum”, en el que América simboliza lo genesíaco, lo original, lo que no está desvirtuado.

   Ha muerto en Vigo a los 92 años Carlos Oroza. Es el último ser humano que se ha dedicado solo a la poesía y es admirable, milagroso. Algún gilipollas dice que Rilke no hacia nada porque solo escribía poesía. Intensificar la vida de millones de personas es no hacer nada. En cambio sí “hacen algo” los que cuentan los adjetivos de los poemas de Rilke en despachos universitarios, los que compran acciones para venderlas más caras, los que marean al ciudadano en las oficinas con papeleos infinitos.

   Para él una cosa era la literatura y otra muy distinta la poesía. La primera era simplemente juntar palabras, jugar con ellas. La poesía era revelación , acceder a lo sagrado, provocar las visiones. El poeta era el verdadero místico, el sacerdote original. Para él el poeta tenía la misión ancestral que ha tenido desde los tiempos remotos: el poeta es un brujo, un chamán, alguien que conecta a las personas con la infinitud, con el misterio.

       El pretendía con sus poemas hacer levitar a la gente, no que los académicos contasen sus adjetivos en los despachos. Quería trastornar a la gente como Dylan Thomas, poner los pelos de punta como Robert Graves. Por eso se dedicaba más a los recitales que a los libros, lo suyo era el contacto directo con la gente, echar en la cara el aliento genial. Sus recitales eran como misas poéticas, implicaban todo un espectáculo, había humo, oscuridad, música de Pynk Floid, él como un espectro dando vueltas por la sala, hablando con un tono de ultratumba.

   Nació en Vivero, al norte de Lugo, pero eso estaba junto al mar, en el Cosmos. Durante muchos años fue el poeta de los hippies en Ibiza. En los ochenta estuvo en Madrid y hacía recitales que llevaban a miles de personas fervorosas. Iba por el Café Gijón y Francisco Umbral lo evocó como una sombra asombrosa. Se casó con una hija de Pedro Domecq y se separaron enseguida. Participó en algunas películas. Desde hacía muchos años vivía en Vigo, junto al mar, y leía poemas por la radio. Una vez dio un recital de poesía apoteósico en Compostela y fue como una aparición, todavía se comentaba veinte años más tarde.

   Era como un ente de otro mundo, un esqueleto andante. Con el dinero de un recital de poesía vivía durante años. Siempre estaba invitado por alguien, siempre había alguien que con admiración y estupor lo cuidaba. Fascinaba a las mujeres con sus palabras aunque era más feo que un espectro. Era una especie de ángel huesudo que andaba dando vueltas por la Tierra. Siempre llevaba encima “La experiencia interior” de Georges Bataille. Lo suyo no era una biblioteca erudita, eran un par de libros que lo hicieran vivir con pasión.

   Una vez en Compostela llegué a mi cuartucho lleno de humedad y de hongos y lo encontré tendido en mi cama. No se movía, tenía los ojos cerrados, no parecía respirar. Me dio un susto de muerte. Pero enseguida resucitó y fuimos a dar vueltas por la ciudad como si fuera el Viejo Marino (vivo o muerto) de Coleridge. Y es que en él casi no había fronteras entre la vida y la muerte.

     A poco de llegar yo a Madrid en los noventa, después de una noche de marcha, oigo entre sueños que me llaman por teléfono a las cinco de la mañana. Más tarde puse la grabación y era una llamada interminable de él y mi amigo Corcón desde Vigo: me decían que estaban en la playa mirando las olas, que dejase la ciudad y su ruido y sus falsedades, que fuese a la orilla del mar a escuchar el ruido del cosmos, que regresase a los orígenes y a la música del mundo. Incluso citaban a Meendiño, aquel juglar que habla de una mujer a la que rodean las olas en la isla de San Simón y que siente una soledad pletórica en medio del mar.

     En cierto modo parecía un sonámbulo, seguía sus obsesiones, igual que un profeta antiguo, o que alguien que habla desde los sueños. Un día fuimos tres amigos a leer poemas a Vigo y él nos dejó dormir en el reducto donde dormía : el espacio de un edificio bajo el tejado, que no estaba dividido en habitaciones, eran varios colchones sobre un suelo de cemento. Estaba hablando con una furia iluminada : porque son unos zafios, porque no aman la cultura, porque no tienen espíritu, son todos unos burgueses panzudos…. Me quedé dormido unas horas y cuando desperté él seguía : Porque son unos zafios, etc. Y si pasaban veinte años te seguía preguntando por aquel recital en Compostela, por aquella frase que dejó interrumpida una noche. Como si no existiese el tiempo normal para él.

   En Cabalum escribía : “Necesito algo que no sea humano,/ algo verdaderamente inocente e imposible”. Y eso es lo que consiguió en su libro: hallar lo inocente (como quería Rimbaud), lo no contaminado, lo no manoseado. Alcanzó lo imposible, fue más allá de la realidad adocenada y miserable, de la vulgaridad de todos los días. Escribió versos en pie, poderosos y cruzados de alma y de savia, versos largos sostenidos prodigiosamente en su plenitud. Tomó la puerta que abría Luis Cernuda en “Donde habite el olvido” y nos llevó al país del olvido donde somos abismalmente nosotros mismos.

   Antes en “Elencar” hablaba de un hombre que se cae y si no existiera el suelo se salvaba. Porque para él el suelo es la realidad inhumana que hemos fabricado, es lo que nos limita, es lo que nos impide flotar. El quería que flotáramos llenos de vida, que fuéramos espíritus luminosos y visionarios. Y para eso inventó el verbo “evar”, que es algo así como elevar, o intensificar, o enloquecer, o apasionar. Y le decía a una mujer mítica y traspuesta : “Évame, évame, / évame si me transito”.

   Decía que el industrialismo y el consumismo son responsables del deterioro del paisaje humano, esta civilización lo empobrece, lo controla, lo explota todo, echa cemento sobre lo natural y lo indómito. Y con su poderoso ritmo verbal ( similar al de las músicas africanas, a los ritmos tribales) hacía pedazos las mallas que impiden la percepción. Y con su inagotable imaginación (inventando palabras, arrancando imágenes, saliendo de todo lo rutinario) retornaba con fuerza a la creación ancestral.

   Su poesía era un delirio que revelaba y liberaba. No era cultura en el sentido erudito y vacuo, para llenar papeles o archivos. No era para que la estudiaran los doctos en sus gabinetes. Tenía un líquido devorador y corrosivo, proporcionaba visiones a los agotados por las trivialidades del tecnologismo, abría ventanas para manos aprisionadas. Invitaba al misterio y a la vida y al infinito. Era una mística pagana y era una liberación de la mezquindad. Y nos llevaba a una América salvaje e insumisa, donde todavía a Poe le salen bichos muy vivos por la boca.

   La “Antología de la Beat Generation” que publicó Marcos Ricardo Barnatán en Plaza y Janés (Barcelona, 1977) lo pone a él como ejemplo de beat español. Y de verdad tenía mucha conexión con los beat, con Allen Ginsberg y Jack Kerouac. También para él la poesía quería ser una experiencia, un revulsivo, una visión, no mera literatura. También los beat vivían lo oral y lo carnal en aquellos pisos iluminados de California. Asimismo salió en la antología “Ocho Poetas Raros”, Ardora Ediciones (de la que dice Enrique Vila Matas : “parecen haberse instalado en pequeñitos jardines en la nieve del país de nunca jamás”). Había gente fervorosa en el mundo entero que lo admiraba con pasión. Uno podía hablar de él con fiebre en Ámsterdam, en Bogotá o en Nueva York. Eso le producía a veces altanerías ingenuas: decía que los de Pynk Floid lo copiaban.

   Fue el último que vivió por y para la poesía. Y yo lo admiro por encima de todas las cosas. Es algo mucho más admirable que rellenar impresos en las oficinas o cobrar millones por dar consejos a los bancos. Y digo como él : “Y expresaba las cosas de un largo instante./ La Marlaría en el mar de las auroras de plata y la agonía./Los espejos profundos de sus cuencas proyectaban la escena de un poroso aliento./ Y las figuras devalaban sedosas por el área de los sonámbulos y de los ingrávidos”.

 

 

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