El barrio misterioso de Nápoles

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Por Antonio Costa

Fotos: Consuelo de Arco

   El palacio de Doña Ana se mete casi totalmente en el mar. Las olas parece que entraran a veces en las salas de estar e inundarán las tazas de café de las damas. Se dice que en ese palacio la dama Anna Caraffa en el siglo XVII amaba todas las noches a un pescador escogido y por la mañana lo tiraba al mar. Y ahora sus fantasmas dan vueltas por los pasillos sin fin del palacio. Tal vez no hacía falta que los tirara, tal vez aquellos hombres después de una experiencia tan desmesurada se quedaran sin vida como fantasmas. También se dice que una vez en el salón representaron una ópera y su marido el virrey y una joven interpretaban los papeles de amantes y lo hicieron con tanta intensidad que al día siguiente la joven desapareció para siempre. Y que a veces se ve su figura nostálgica asomarse a las ventanas.

   El barrio de Posillipo, en las afueras de Nápoles, empieza en el puerto de Mergelina y la iglesia de Santa Maria del Parto. La iglesia barroca de San Antonio de Posillipo , que tiene un campanario octogonal, está al comienzo de la Vía Julio César, poco después de la plaza Sannazaro. Es el barrio que más se asoma al mar, realmente es una serie escalonada de calles escalonadas en paralelo al mar que permiten disfrutarlo abiertamente. Enfrente se ven Ischia y Capri y al anochecer con sus luces parecen ciudades de leyenda que se levantan del agua para hablar con las estrellas.

   La Vía Posillipo es una sucesión de ventanales y precipicios que van bordeando el mar y se llenan con toda su fantasía. Mas arriba, en Via Petrarca, parece que se ven los edificios con terrazas que salen del agua. Se suceden los miradores y los apartados para disfrutar del mar. Todavía más arriba discurre Alessandro Manzoni con palmeras y palacetes.

   Gerard de Nerval vio desde allí en el otoño de 1843 la erupción del Vesubio y escribió: “Pienso en ti, Posillipo altivo, de mil fuegos brillantes”. Y la experiencia le quedó para siempre, lo asombró más incluso que las visiones de su “Viaje a Oriente”. Situó allí varias de sus atormentadas y visionarias historias de “Las hijas del fuego”. Y en su poema más enigmático “El desdichado” pidió la intensidad más honda : “Tráeme el Posillipo y el mar de Italia”.

   A principios del siglo XX, cuando ser gay era todavía un secreto ardiente, estuvo en Via Posillipo, 37 Oscar Wilde con su amante Alfred Douglas. Escapaba de los tradicionalismos ingleses con los apasionamientos de Nápoles y los volcanes al acecho. Los dos mirarían por las noches la bahía incendiada y las islas llenas de promesas mientras tomaban champán y le sacaban chispas al lenguaje y a sus cuerpos.

   En lo alto del barrio, en Niccolo Ricciardi, 7, vivió en los años 50 Sandor Marai, el escritor húngaro exiliado que encontraba en los respetables burgueses secretos volcánicos que estallaban al final de sus vidas, o pasiones increíbles que se mostraban en noches interminables, o amores inconscientes que ni siquiera sabían su nombre. Consu y yo visitamos esa casa hace unos años. La vivienda estaba completamente abandonada, los pisos derrumbados sobre una escalera, los frutos pudriéndose en un jardín. Solo una placa recordaba su presencia en una casa vecina y unos hombres lamentaban que el ayuntamiento no hiciera un museo. Pero yo me imaginé los paseos que daba todos los días aquel hombre callado y de costumbres que llevaba dentro de sí mares y tormentas profundas. Pensé como miraría el mar aquel hombre que hablaba de secretos llenos de vida que se mantenían subterráneos y estallaban en reuniones decisivas.

     El barrio se abre con la tumba de Virgilio al pie de la estación de Mergellina y de la iglesia de Santa Maria de la Gruta. Estaba en un parque cerrado a la entrada de un túnel interminable y no dábamos con ella. Cruzamos el túnel en medio del estruendo dantesco de los coches y nos atenazaba el miedo y la soledad. Y luego tuvimos que cruzarlo otra vez. La tumba estaba en un jardín solitario, detrás de unas rejas adustas y silenciosas. Y entonces me acordé de aquel poeta que pone pasiones misteriosas en mitad de un gran poema propagandístico, que pone misterio etrusco (y tal vez celta según algunos) en medio de la epopeya latina, que al final de su vida pretendió destruir el poema para replantearlo con más autenticidad y murió de unas fiebres en Brindisi ( tal vez asesinado por Augusto,   que no quería que cambiara el poema), tal como cuenta Herman Broch en “La muerte de Virgilio”. Y también en ese parque está enterrado Leopardi, el hombre de la angustia perenne, el que no estaba contento con nada , y que buscaba amistad con las estrellas. Los dos angustiados estaban allí en Posillipo, que en griego significa “el lugar donde se calma el dolor”. Parece que todos, los vivos y los muertos, van a buscar una vitalidad misteriosa al barrio de Posillipo. Y el escritor gallego César Antonio Molina lo convirtió en emblema de los lugares más vitalizadores del mundo en su libro “Lugares donde se calma el dolor”.

   La Via Posillipo va serpenteando por la costa rocosa llena de entrantes y salientes, de pequeños refugios, de miradores secretos. Y como no va a calmar el dolor aquel lugar. Ya hace miles de años lo experimentaron los griegos. Luego, al final de la antigüedad, aquel barrio cayó en el olvido, y sus ruinas y villas quedaron enterradas. Hasta que mil años después las gentes que sintieron el encanto de aquel lugar empezaron a desenterrarlas y a vivir su vibración misteriosa otra vez. Y es que hay un misterio de pasión y vitalidad en aquellas avenidas como serpientes.

 

 

 

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