El sufismo en Marvao

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Antonio Costa
Fotos : Consuelo de Arco

Unos textos dicen que el castillo de Marvao, un nido de águilas en las montañas del Alentejo, lo construyó Ibn Marwan, un sufí al que llamaban El Gallego y que fundó el reino de Badajoz. Cuando quería olvidarse de todos los problemas y practicar el sufismo se retiraba a su castillo a mil metros de altura. Los textos portugueses dicen que fue el visir de Coimbra el que levantó el castillo.

Lo cierto es que en Marvao es fácil practicar el sufismo. Por sus callejuelas envueltas en una muralla como una cinta apenas se oye un ruido, solo los zapatos sobre las piedras. Se ven placas de poetas que vinieron a inspirarse aquí. Las calles tienen escudos de piedra y chimeneas que parecen pequeños graneros. Hay iglesitas con arcos góticos, chafarices que sacan con gracia agua de los muros. En un pelourinho en mitad de la antigua plaza mayor uno piensa que avergonzarían a los delincuentes delante de escasos vecinos. El antiguo ayuntamiento tiene una torre extraña con facetas y desde ella una campana indica el tiempo con fuerza en todos los rincones. Si uno toma algo en la pousada mirando la llanura infinita allá abajo toma cada segundo como si fuera un pastel portugués.

Pero lo más visionario es el castillo. No es un castillito de nada en ruinas o restaurado, es un recinto enorme con varias construcciones, donde se desarrollan todo tipo de actividades en una calma suprema. Los bastiones vigilan todos los lados de la infinita llanura. Allá abajo se ve Portagem, por donde pasa el río y por donde pasaba el tren cuando por aquí se iba de Madrid a Lisboa. Julio Camba recuerda como cambia el sentido del tiempo al llegar a Marvao. En la cisterna hay un juego de arcos que se reproducen en el agua, con una abertura de luz, y hay una barquichuela solitaria para pasear por ella. En el inmenso Patio de las Caballerizas hay higueras y pinos y suben escaleras a las plataformas. En el Patio de Armas desde un tinglado recito poemas de José Regio y una niña se pone a bailar. En lo alto de la Torre del Homenaje el mundo es mío por unos momentos. Por la Puerta de la Traición salimos a otro patio secreto y unos bastiones que se asoman audaces. Delante hay un peñasco tremendo donde seguramente anidan las águilas y a lo lejos se divisa España como una leyenda.

Pero volvemos al anochecer y entonces sí se practica del todo el sufismo. El castillo se convierte en una insinuación de muros de sueño, sale del fondo de la oscuridad. A lo lejos el sol se pone de mil matices antes de morirse y tiñe el mundo entero de revelación y agonía. Uno siente así que se puede conectar con pasión con lo ilimitado sin encerrarse en doctrinas, que uno mismo se convierte en intensidad violeta. Las coloraciones del horizonte nos dicen de la fantasías del mundo y encienden un silencio metafísico. Somos seres solitarios destacados en un infinito de sombra. Hay un fotógrafo profesional con todo su equipo en lo alto de una torre porque allí se reúnen todas las sugestiones del mundo. Y luego bajamos y hay unos jardines lunáticos llenos de hortensias con una fuente ovalada. Desde su borde en acantilado se ve el castillo como una aparición imposible. Y seguimos bajando y oímos las horas y pasamos por plazas espesas. Y nos sentamos en el bar El Castillo donde nos habla el loro Don Dinís y vemos hamacas bajo las palmeras y se sincera el firmamento con una cerveza Sagres en las manos.

Sí, es fácil hacerse sufí en Marvao. Esas intensidades sin límites no permiten encerrarse en doctrinas. Se podría escribir algo como la “Noche oscura” de San Juan de la Cruz o “El viaje de los pájaros” de Nureddin El Attar. Este castillo fue construido como una defensa contra España. Pero pasado el tiempo de las guerras ahora se vive como una subida al silencio y la intensidad.

 

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