Sao Paulo, el mundo de “Blade Runner”

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Por Antonio Costa
Fotos: Consuelo de Arco

Sao Paulo parece el mundo de   “Blade Runner”. Los taxis aéreos se oyen por todas partes, los helicópteros se posan continuamente en las terrazas. Es una ciudad tan gigantesca y con un tráfico imposible. Solo falta ver a Harrison Ford persiguiendo a los replicantes, enamorándose de Sean Pean, recogiendo el barquito de papel que deja el comisario que les permitió marcharse, entre la música de Vángelis.

El Museo de Arte es un edificio galáctico, pero muestra restos de la sensibilidad y el arte. Una vez encontré allí una exposición sobre el grupo alemán de Worpswede. Estaba el retrato de Rilke que pintó Paula Modershon, uno de los más conocidos de Rilke. En una ciudad masificada como esa encontrar ese retazo de sensibilidad hace perder el aliento. Y eso recuerda que la sensibilidad es inmortal y que la belleza no terminará nunca.

La Filmoteca Brasileña está muy lejos, instalada en unos antiguos mataderos, yo nunca puedo dejar de ir al cine. Una vez vi allí “El beso de la mujer araña” con William Hurt, un transexual ligero, dando la vida sin proponérselo por Raúl Juliá , un revolucionario rígido, y una película sobre un guerrillero contra la dictadura que encuentra tiempo para enamorarse de una compañera.

En medio de la confusión inmensa está el barrio Bela Vista, que tiene el encanto de Nápoles en una ciudad de otra galaxia. Hay calles escalonadas y casas bajas con enredaderas. Hay tabernas italianas y un viejito que tiene en su casa un museo sobre el barrio en otra época, con fotos y recuerdos, con el piano que antaño tocaba su hija, para enseñar a los amigos o a los parroquianos que conoce casualmente. El lirismo continúa incluso en las ciudades más galácticas y futuristas. No sé por qué la gente se imagina que las ciudades galácticas solo tendrán ciencia y tecnología, que no habrá viejos nostálgicos y poetas imaginativos.

En medio de esa megáplis o ese engendro, de esa babel inabarcable, en el parque Ibirapuera las hojas cambian de matiz sobre los bancos, se escuchan nostalgias sin palabras, hay espesuras que conectan con los pasados más secretos.

El Memorial de América Latina, en las afueras de la ciudad, es una audacia de Oscar Niemeyer que celebra la iniciativa y el desembarazo y la creatividad de América. Delfines de acero bailan entre estructuras de cemento y tubos blancos se levantan del agua.

En el metro se agolpan millones de personas y te hacen desaparecer en el infinito. Si alguien se cae a las vías no pasará nada, los millones de androides o seres solitarios seguirán caminando en los pasillos infinitos y las escaleras sin fin. Se pone a prueba la angustia metafísica, el coraje de vivir.

En la terraza del Edificio Italia , a 168 metros de altura, se ve la ciudad en la noche como un hervidero de constelaciones, un runrún de hormigas en un planeta que tal vez venga dentro de miles de años. Y tú estás allí metido, pensando en tu pasado, en todos los pasados, en todo lo que latirá siempre secretamente. Deseando, como el personaje que interpreta Rutger Hauer en “Blade Runner” que los minutos sigan latiendo.

En medio de los prismas de cristal, de las estructuras de hierro, de las avenidas incalculables, el Teatro Municipal muestra una elegancia inveterada, parece como si todavía existiesen las musas griegas, como si el teatro pudiese expresar nuestras inquietudes, como si el destino todavía se escribiese en nuestros gestos, y el carácter se vuelva destino, o al revés, como un día escribió alguien.   Y en el Barrio Japonés uno encuentra una elegancia imposible, toma comida metafísica en mesas de estilo chan y contempla graffiti que dibujan muchachas de ojos redondos.

Puedo decir como en “Blade Runner” : “He visto cosas que vosotros no creeríais, atacar naves en llamas más allá de Orion, rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhauser”. Y he visto Sao Paulo.

 

 

 

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