Anomalisa, la anomalía animada de la mediana edad

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Por Ana María Caballero

Darnos cuenta de que nuestras vidas suelen seguir las mismas pautas sociales y un guión preestablecido parece conducir a la frustración al no poder desasirse de esa consecución de actos (pareja, matrimonio, hijos, affaires y decrepitud). Al menos así lo ve el neoyorkino Charlie Kaufman en Anomalisa, su segunda incursión cinematográfica como director tras Synecdoche New York y que, junto a Duke Johnson, proponen una fábula de animación destinada a un público adulto en la que la soledad, la insatisfacción y el desasosiego inundan un mundo reflejo de nuestra realidad cotidiana.

Anomalisa, convertida ahora en largometraje gracias al crowdfunding, se basa en una obra teatral homónima que el propio Kaufman estrenó bajo pseudónimo en 2005. El filme narra la crisis existencial y de mediana edad de Michael Stone, uno de esos escritores gurús estadounidenses que recogen la fórmula del éxito en un determinado ámbito laboral, en este caso el de los operadores de atención al cliente. Con el objetivo de ofrecer una conferencia, el protagonista aterriza en Cincinnati, una ciudad despersonalizada y desprovista de todo interés.

Kaufman se vale de un escenario que resulta demasiado vívido y vivido por todos: Un hotel, que, aunque elegante y rebosante de servicios y atenciones desmesuradas hacia su protagonista, resulta de lo más deprimente y agobiante. Stone se ve rodeado pues de una realidad poco estimulante, incluso claustrofóbica, una pesadilla de la que intenta escapar recurriendo a una oportuna llamada a una ex amante o bebiéndose todo el mueble bar. Todo resulta anodino hasta que en plena enajenación transitoria conoce a Elisa.

Esta mujer que, a vista del espectador resulta asimismo “normal”, se presenta como un personaje salvador para Stone en tanto que se trata de la única persona que consigue sobresalir sobre esa masa ingente que le rodea, habla con la misma voz y posee rostros similares. Elisa es la anomalía y es su voz (estupenda su interpretación del Girls just wanna have fun) la que logra devolver la esperanza perdida al protagonista de reencontrarse con él mismo en un acto que, todo hay que decirlo, resulta un tanto egoísta.

Es innegable que Kaufman realiza una interesante propuesta formal mediante stop-motion en esta producción animada que lleva- como en otros títulos de su cinematografía – esa dosis de surrealismo y universos angustiosos. Ahora bien, parece que esa representación y deformación de la realidad a través del microcosmos de Anomalisa se convierte en una mera excusa para abordar situaciones, especialmente en el terreno sexual, que tienden a ser censurables especialmente en la cinematografía estadounidense.

El conjunto resulta más bien un mero experimento audiovisual, meritorio pero emocionalmente insuficiente ya sea porque en esas secuencias citadas valdría con cambiar esos muñecos por personajes de carne y hueso y el acto resultaría un tanto intrascendente, por su marcado retrato generacional o porque precisamente ese aspecto formal crea un muro que no logra acercarse del todo a sus personajes. Kaufman hace que lo diferente o inusual del continente acabe diluyendo un contenido reflexivo sobre la existencia humana pero poco conmovedor.

 

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