Delirios junto al Tajo

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Por Antonio Costa
Fotografía: Consuelo de Arco

Le propuse a un banco que me patrocinara un viaje a lo largo del Tajo, tras el cual escribiría un libro ilustrado con fotos. La cantidad que le pedía para pernoctar en pensiones baratas, desplazarme en autobuses y comer en restaurantes con menú, durante veinte días, era irrisoria. Pero el banco no quiso saber nada de nada. Los bancos prefieren pagar millones de euros a consejeros, dar tarjetas blancas a macarras con corbata, que les roben el dinero truhanes elegantes.

Y sin embargo yo haría un libro apasionado, lírico y atractivo , con unas fotografías inolvidables de Consuelo, que dignificaría la imagen del banco, que lo convertiría en algo humano, como esos burgueses del pasado que sufragaban edificios maravillosos, estatuas a caballo de héroes míticos o puentes de hierro que dibujaban el cielo. Y a veces, aunque parezca mentira en estos tiempos, hay personas que se mueven más por una imagen o una frase que por unas explicaciones de dividendos. Ya no escribiré ese libro nunca, pero al menos puedo contar humildemente mis pequeños amores con el Tajo.

He seguido en algunos sitios ese río que atraviesa el corazón de España y Portugal, dramático y salvaje, que atraviesa sierras y precipicios, romántico muchas veces, que rara vez ayuda a la agricultura, pero cuyos desniveles han propiciado grandes embalses, que abunda en rápidos y cascadas, que empieza en la sierra legendaria de Albarracín y se entrega al océano gloriosamente en Lisboa.

Cuando estaba en Albarracín, esa ciudad remota que parece un cuadro impresionista, me acordaba del reino de Taifas que hubo allí, evocaba los lujos sutiles y los poetas que había en aquella corte, pensaba en la independencia rebelde de aquel reino escondido, y me acordaba de que cerca de allí, en Frías de Albarracín, en la Fuente García, nace el Tajo como un hilo de agua, en medio de muchísimas fuentes, y me prometía leer lo que dice sobre ese lugar   Alain René de Lesage en su “Gil Blas de Santillana”.

Cerca de allí, un poco más abajo, cuando fui a visitar varias veces el pueblo de una amiga, Villanueva de Alcorón, que está en la comarca del Alto Tajo, bajé a una cueva enorme e intimidante que se llama Sima de Alcorón,   pasé por Zaorejas donde se recuerda a los gancheros que bajaban troncos con peligro de la vida sobre el río como cuenta José Luis Sanpedro,   me acerqué a Huertapelayo, un pueblo al que se entra por un agujero en una roca, colgado sobre el Tajo bravo,   que fue un secreto durante siglos y en él se escondían los fugitivos de la Inquisición, contemplé las estrellas en un silencio tremendo en la plaza desnuda del pueblo.

Una vez pasé por Sacedón, a la salida del embalse de Entrepeñas , el Mar de Castilla sobre el Tajo , que tiene un monasterio cisterciense y varias iglesias barrocas, y me acordé de que ese pueblo aparece en “Viaje a la Alcarria” de Camilo José Cela y en “El río que nos lleva” de José Luis Sanpedro, y veía los barcos sobre el embalse y las casas de recreo, y me acordaba de la película “Un verano para matar” de Antonio Isasi Isasmendi en que ese embalse parecía tan novelesco como los lagos de Canadá.

Consuelo se empeñó muchas veces en ir a Fuentidueña del Tajo, que tiene el castillo de Santiago, la torre del Reloj, la fuente de doña Urraca, las casas cueva, el puente de hierro, y allí hablamos de que John doss Passos habló de este pueblo en “Rocinante pierde el camino”, Joris Ivens rodó en él “Tierra de España”,   Ernest Hemingway puso la voz para ese documental.

En Aranjuez hace muchos años, me tiré una vez en verano a descansar en el césped al lado de la carretera, y escuché que un niño pijo hablaba a sus amigas de “ese pobre vagabundo tirado” , y siempre desprecié esta ciudad dieciochesca y trazada con regla, pero cuando vi el Palacio Real, la Casita del Labrador, los jardines, cuando comimos Consuelo y yo en el restaurante El Rana Verde por encima del agua, cambié bastante de sentir, y también me afecta que allí escribió Joaquín Rodrigo el “Concierto de Aranjuez”, que Santiago Rusiñol pintó los jardines, que Rubén Darío la evoca en “Cantos de vida y esperanza”, que Peter Handke escribió “Los días hermosos de Aranjuez”

Toledo es para escribir infinidad de páginas, para sentir infinitas vivencias, desde que fui allí la primera vez a los veinte años porque allí había estado Rilke, y pasé allí veinte días en un hostal que ya no existe, y miré infinitamente las cadenas colgadas de San Juan de los Reyes de que hablaba Rilke, y me hice amigo del san Cristóbal de la catedral de que hablaba Rilke, y vinieron a mí todas las vidas sobre el puente de San Martín, y luego volví allí muchas veces, y una vez hicimos un recorrido por los lugares profundos de Rilke, que dijo que era “una ciudad del cielo y de la tierra”, pero tampoco puedo olvidar todo lo que me hizo sentir Bécquer en sus leyendas, y como me asomé a los precipicios con sus palabras en la boca, y tampoco puedo olvidar que las ninfas de Garcilaso de la Vega se bañaban allí y cosían historias, o que Fray Luis de León puso allí anticipaciones en “Profecía del Tajo”.

Nunca me he parado en Talavera de la Reina, pero pasé por allí muchas veces en tren, y pensé en su cerámica, y en que su poeta Joaquín Benito de Lucas escribió “Canto al Tajo”, en que Fernando de Rojas fue su alcalde y tal vez escribió allí “La celestina”, un poeta actual visionario , Miguel Angel Curiel, escribió allí “Visiones en el regreso”, el arcipreste tunante   la evoca en “El libro del buen amor”.

No estuve en Albuñol, el castillo de los templarios en mitad del río que fascinó a los románticos, que aparece en el “Palmerín de Inglaterra” y en “El Quijote”, ni en Santarem, con su fuente del siglo XIV, a donde organizó Almeida Garrett en “Viajes en mi tierra” un viaje de unos pocos kilómetros desde Lisboa tan detallado como si fuera la Odisea de Homero . Pero desde luego estuve infinitamente en Lisboa, y sentí otra vez la saudade, y escuché fados en tabernas cutres del Chiado, y me perdí por la Alfama, y miré los chafarices llenos de historias que evoca Castelo Branco en “Amor de perdición”, y leí las pintadas macarras de la estación de Santa Apolonia (“soy Pichabrava y voy a espantar a todos los gilipollas de Lisboa”), y sentí desasosiego y desorientación con Pessoa en el bar A Brasileira, y tomé cerveza en el Bar Inglés de Casi do Sodré donde los relojes funcionan al revés, y todos los vientos me desordenaron el pelo junto a la torre de Belem, y tuve un orgasmo sublime en la “Antiga Casa dos Pasteis” de Belem, y sentí lo que se siente en “La ciudad blanca” de Alain Tanner, en “Lisboa Story” de Wim Wenders, en “El invierno en Lisboa” de Muñoz Molina, en los poemas de Byron, en las noches del Pavillao Chinés.

 

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